Un beso de los tuyos CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Yo me coloco en la tumbona de al lado de Nadia, pero mi cabeza está ahora más descolocada que nunca. Si su intención es calentarme para dejarme con las ganas, lo está haciendo muy bien. Que, a ver, no es que me esté calentando, pero sí provocando. Y mareando la cabeza, eso lo que más.

Cierro los ojos para disfrutar de la sensación placentera que se siente al secarse la piel al sol, pero no puedo evitar abrirlos y mirar de reojo a Nadia en varias ocasiones.

Ahora está con las piernas dobladas y mi mente se va a otro planeta muy lejano en cuanto se pregunta cómo sería abrírselas y explorar lo que hay entre ellas.

Empieza a subirme y bajarme el pecho de manera acelerada porque estoy sufriendo una taquicardia solo por imaginármelo.

Mi cuerpo ya está seco, pero ahora empiezo a sudar y no es precisamente por el sol.

Me levanto de la tumbona, me siento en el borde de la piscina y meto las piernas dentro del agua para rebajar la fiebre que se me acaba de subir.

Y para no verla. Juro por mi propia vida que nunca había sentido esta atracción sexual tan fuerte.

Siempre me ha sido bastante complicado que me atraiga alguien, pero lo que me pasa con Nadia es de película de ciencia-ficción.

Se levantan África y Mía para preparar la comida; dicen que somos sus invitadas y que tenemos prohibido trabajar.

Yo me pongo a maquinar cualquier excusa para irme a la cocina con ellas para no estar aquí, pero si se han empeñado en que no trabajemos, la única manera de conseguir que me acepten allí sería decirles que Nadia me pone tan burra que no puedo estar cerca de ella, y no tengo tanta confianza como para soltarles algo así.

— Pues oye, yo podría venir cada finde a un sitio como este, se está de lujo — dice Marina, y automáticamente pienso que yo no. O sí, pero sin Nadia.

— Vamos a decirles a las chicas que tienen las sesiones de veterinaria y peluquería canina gratuitas si nos invitan cada semana — habla ahora Julia y se ríen — y de fisioterapia.

— A mí dejadme tranquila

— ¿Se puede saber qué te pasa ti ahora? — me pregunta Marina.

— No me pasa nada.

— ¿Y por qué has contestado así?

— Porque aún no ha probado a Poseidón — le contesta Julia por mí y se ríen las tres. Sí, Nadia también.

— Pues mira, ahora que lo dices, es verdad, voy a probarlo.

Me levanto y me siguen las tres con la mirada, anonadadas. ¿De verdad se habrán creído que voy a hacerlo? Bueno, que piensen lo que quieran, lo importante es que de momento la excusa para alejarme de ellas la tengo, me falta la excusa para poder quedarme en la cocina.

— Chicas, vengo a tomar una cervecita aquí que se está más fresquito, que me estaba muriendo de calor. ¿Puedo ayudaros en algo? — les digo al entrar en la cocina.

— ¡No! — contestan las dos al unísono.

— Pues sí que estáis compenetradas — las hago sonreír a las dos con mi tontería y yo abro la nevera — ¿queréis una?

— Sí — contestan también al unísono y sonreímos las tres. Saco las cervezas y le entrego una a cada una.

— Gracias — me dice África — y quería darte también las gracias por rescatar a Lexi. Le salvaste la vida a ella e, indirectamente, nos hiciste felices a las tres.

— Muy bien, amor — le dice Mía, le da un beso cariñoso en los labios y yo muero de amor al verlas porque me parecen tremendamente adorables.

— No tienes que darme las gracias, yo solo evité que siguiera abandonada, pero las que le habéis salvado la vida habéis sido vosotras y las veterinarias.

— ¿Toby puede comer de todo?

— Sí, pero poca cantidad porque es un pozo sin fondo, no tiene fin para comer y se llena tanto que después vomita. Por cierto, ¿por qué le has dicho “muy bien”? — le pregunto a Mía en referencia a África.

— Porque me ha dicho que lleva queriendo agradecértelo desde que has llegado y no se atrevía a decírtelo, así que estoy orgullosa de que lo haya hecho.

Ya sospechaba que África es tímida, así que muero más de amor al comprobar que es cierto y que Mía se encarga de hacerle saber que está orgullosa de ella.

Los humanos a veces tenemos poca tendencia a hacer cumplidos, a veces pensamos cosas positivas sobre las personas, pero no las decimos en voz alta, y lo que ha hecho ella, aunque parezca algo sin importancia, es una acción muy bonita y seguramente muy importante y motivadora para África.

No me dejan ayudarlas en la cocina, pero sí a sacar platos.

Han preparado cosas frías para picar como ensaladilla, montaditos, carpaccio, langostinos…

cosa que, con el calor que hace, se agradece.

Si tuviéramos que comer un plato de lentejas o de cocido, terminaríamos todas en el hospital por hipertermia.

De las tres que seguían en las tumbonas, Nadia es la primera en llegar a la mesa.

Se sienta justo enfrente de mí y yo pienso que corro un grave peligro de atragantarme.

¿No podría ponerse una camiseta? No necesito ver las tetas tan bien puestas que le hace ese bikini.

Si termino en el hospital será por hipertermia con atragantamiento.

Porque lentejas no vamos a comer, pero a mí la temperatura me está subiendo igualmente.

***

Un par de horas después de comer y ya estando algo más alegres por haber bebido unas cuantas cervezas desde que hemos llegado, África conecta el ordenador a unos altavoces que hay colgados en la pared cerca del techo y lo cuales yo ni había visto, pero tienen potencia.

Nos pone una lista de reproducción con temazos que van desde los noventa hasta la actualidad y, poco a poco, vamos viniéndonos más arriba todas.

Terminamos haciendo las tontas dentro de la piscina, ahogándonos unas a otras, bailando, cantando y riendo con ganas.

Eso sí, Marina y África nos demuestran que son las únicas cuerdas aquí porque son las que menos la lían.

Marina también es tímida, no tanto como África, pero yo sé que no se siente excesivamente cómoda con gente con la que no tiene confianza.

Decidimos salir de la piscina porque está empezando a caer el sol y eso significa que afuera ya no hace tanto calor y que va siendo hora de empezar a preparar la barbacoa.

Decidimos ir duchándonos las que no vamos a preparar la barbacoa porque somos seis mujeres con el pelo largo y hay dos baños; si tenemos que ducharnos todas después de cenar, lo tenemos jodido.

Yo hace rato que no bebo cerveza, así que me quedo en el sofá del jardín catando un vino de Bodegas Benavides que acaba de abrir Mía mientras Nadia y Marina van a ducharse.

— ¡Toby! — escucho gritar a Nadia desde la terraza del primer piso. Yo me levanto del sofá como un resorte porque me asusto por si ha pasado algo, y miro hacia arriba — ¡Iris! ¡Coge a tu perro!

— ¿Por qué? ¿Qué pasa?

Casi antes de que termine la pregunta, sale Toby disparado por la puerta de la planta baja hacia el jardín, como si se tratase de una flecha lanzada por el mejor arquero. Corre como si la vida le fuera en ello y me doy cuenta de que lleva algo en la boca.

— ¡Toby! ¡Ven aquí!

El perro me ignora completamente, sigue a su puta bola, y se le une Lexi.

Lo que faltaba…que ahora se pongan a perseguirse.

Envidio la felicidad de los perros, en serio.

Y lo mejor de todo es que nos partimos de la risa todas viendo el panorama.

No sé qué es lo que lleva en la boca, pero es algo que creo que a Nadia no le hace mucha gracia que le haya robado.

Cuando por fin consigo que me obedezca, se lo quito y son unas bragas. Unas bragas que me hacen babear al pensar en Nadia con ellas puestas. O quitándoselas.

— Iris, vas a tener que espabilar, que tu perro le ha quitado las bragas a Nadia antes que tú — me dice Mía, y se ríen todas a carcajadas. Yo me río también porque no puedo negar que tiene razón.

— Tienes suerte de que no tengo demasiada confianza contigo, si no, te diría que eres muy cabrona.

Subo a la habitación y llamo a la puerta antes de entrar porque si las bragas las tengo yo en la mano, no sé en qué situación puedo pillarla a ella.

— Entra.

Abro y entro. Ella está vestida de cintura para arriba y con una toalla alrededor de su cintura, cubriendo la parte inferior.

— Creo que esto es tuyo — estiro el brazo cogiendo las bragas desde una puntita con el pulgar y el índice — están bastante mojadas, no sé si eres tú la que las ha mojado o si ha sido el perro — aprovecho para pincharla igual que ha hecho ella conmigo cuando estábamos en la piscina.

— No he llegado a usarlas, así que no he sido yo. Estaban limpias, las babas son de tu perro, no mías — intenta cogerlas, pero yo aparto el brazo.

— Espera…estás muy seria. ¿Te estás avergonzando porque Toby ha paseado tus bragas?

— No. Devuélvemelas — me hace un gesto con la mano para pedírmelas.

— Quiero saber qué es lo que te está avergonzando.

— Que seas tú en concreto la que las tiene en la mano. ¿Contenta? Devuélvemelas.

— ¿Por qué yo en concreto?

— Porque corro el riesgo de que algún día me apetezca que las tengas en la mano, pero en otras circunstancias.

Levanto una ceja y la miro sin entender nada. Yo no sé cómo se las arregla, pero esta chica tiene una facilidad asombrosa para descolocarme.

— ¿Estás diciendo que puede ser que algún día te apetezca que te las quite?

— Más o menos.

Me acerco a ella casi que todo lo que puedo.

Mi cuerpo queda a pocos centímetros del suyo y puedo notar cómo se tensa.

Pongo una mano en el punto de la unión de su toalla para sujetarla, para asegurarme de que no se le vaya a caer con lo que voy a hacer.

Llevo la mano con las bragas al nivel de su abdomen y se las introduzco lentamente por dentro de la toalla, asegurándome de que mis dedos rocen su piel.

Las dejo ahí y me acerco a su oído para hablarle.

— Pues ahí tienes las bragas que seguramente nunca te quitaré porque quizás cuanto te apetezca a ti, ya no me apetecerá a mí.

Ella no contesta nada y yo salgo de la habitación sin mirar atrás.

En parte, me arrepiento ya de lo que acabo de decirle porque le acabo de dejar claro que yo sí que se las quitaría, cosa que no quería confesarle tan directamente.

Y, además, no puedo exigirle a alguien que tenga ganas de acostarse conmigo, eso es algo que ella no puede elegir, igual que yo no puedo elegir que se me vayan las ganas que le tengo, y le he hablado como si ya le guardase rencor por no querer nada conmigo.

He quedado fatal, pero…ya está dicho. A lo hecho, pecho.