Un beso de los tuyos CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Cuando salgo al jardín, miro a la derecha y veo que Julia, Marina y África están en las tumbonas tomando el sol, cada una acompañada por una cerveza, pero todas la tienen en el suelo y a la sombra.

Miro a la izquierda, y veo a Mía sentada en el sofá con el ordenador sobre las piernas y hablando con Nadia, que tiene una mano apoyada en la mesa de ping-pong y la raqueta en la otra.

— ¿Quieres una cerveza, Iris? Te la traigo — me pregunta Mía

— Sí, pero no te levantes, la cojo yo si te parece bien.

— Desde que habéis aparcado el coche estáis en vuestra casa, así que eres libre de hacer lo que quieras.

— Gracias. ¿Te traigo una? — le pregunto a Nadia.

— No, gracias, de momento no quiero.

Voy a la nevera, cojo una cerveza y vuelvo a salir.

Me quedo de pie en la puerta, observando, y me río al ver que Toby se acerca lentamente a la piscina, la huele y da unos pasos rápidos hacia atrás.

Y vuelve a lo mismo. Le tiene pánico al agua, yo estoy segura de que si lo lanzara ahí dentro podrían pasar dos cosas: o saldría corriendo por encima del agua o le daría un infarto.

— ¿A Lexi le gusta nadar? — le pregunto a Mía.

— ¡Qué va! Ella ni se acerca. Créeme si te digo que Toby está siendo mucho más valiente de lo que lo es Lexi.

— No sé si lo que hace Toby se puede considerar de perrito valiente — me río y provoco risa en las dos con mi comentario.

— Bueno, no quería romper tu momento romántico mirando a Toby, pero… ¿te apetece jugar una partida a algo que vas a perder? — me pregunta Nadia mostrándome la raqueta de ping-pong.

— ¿Perder? ¿Yo? No sabes con quién estás hablando tú — me acerco a ella, le cojo la raqueta que tiene en la mano y me dirijo a la parte opuesta de la mesa.

— ¡Oye! ¡Esa raqueta es mía!

— Ya no — le sonrío malévola y ella me desafía con la mirada.

— Perdonad que esté aquí a mi rollo con el ordenador, pero es que tengo que terminar unos aburridos Excel sobre las bodegas — nos dice Mía.

— Está bien que estés ahí, así podrás comprobar con tus propios ojos cómo pierde esta — señalo a Nadia con la raqueta.

— ¡Uh! No sabes dónde te estás metiendo, chavala.

— Estoy deseando meterme para saborear mi victoria y, por lo tanto, tu derrota.

— Y yo estoy deseando ver tu cara después de la paliza que voy a darte.

Mía pasa la mirada de una a la otra, como si ya hubiésemos empezado la partida, pero sin pelota. Se ríe y nos saca de nuestro estado de gilipollez, así que empezamos a jugar.

Mantenemos la pelota sin que llegue a caerse al suelo ni chocar con la red durante largo rato.

En verdad, es buena la cabrona, pero gano yo la primera.

Quedamos en jugar hasta que alguna de las dos llegue a veinte puntos y, cuando llego a quince, tenemos una pequeña discusión, pero yo no me bajo del burro y al final me da la razón para que me calle.

De reojo puedo ver cómo Mía se ríe de nosotras gran parte del tiempo y a mí también me apetece hacerlo, pero soy tan competitiva, y mucho más si mi contrincante es Nadia, que me río menos de lo que me gustaría porque estoy demasiado concentrada en ganarle.

Llegamos al momento más tenso de la jugada ya que cada una de nosotras tiene diecinueve puntos.

El siguiente será el que proclamará como ganadora a alguna de las dos.

Le toca sacar a ella y veo que le da un beso a la pelota.

Durante un segundo deseo ser esa puta pelota para saber cómo se siente cuando los labios de una mujer como ella te tocan y, además, deseo sentirlos en varias partes de mi cuerpo.

Borro de un plumazo esos pensamientos impuros porque no puedo permitirme desconcentrarme ahora, pero ya es tarde, reacciono con apenas una milésima de segundo de retraso y la pelota me pasa de largo. ¡Joder!

— Lo siento, Iris, pero te había advertido — dice mostrándose claramente orgullosa de sí misma y con una sonrisa de oreja a oreja. Ganar era lo único que le faltaba para que se le subiera más el ego — aunque debo admitir que no juegas nada mal.

— Mañana quiero la revancha, esto no se quedará así.

— Por supuesto, no te tengo miedo — deja la raqueta sobre la mesa — voy a darme un chapuzón, que me estoy muriendo de calor.

De calor me muero yo cuando veo cómo va quitándose la ropa de camino a la piscina, así que decido sentarme en el sofá al lado de Mía. No creo que sea sano para mí estar cerca de ella en bikini.

— No sois pareja, ¿no? — me pregunta Mía.

— ¿Nadia y yo? No.

— ¿Y cuál de las dos es la que no se lanza?

— ¿Qué quieres decir con eso? — la miro extrañada.

— Hay una tensión entre vosotras que creo que hasta me la habéis transmitido a mí — se ríe simpática — así que si no estáis juntas es porque alguna de las dos no se ha lanzado, o ninguna.

— No sé qué decirte…es complicado.

— Lo mío con África también era complicado y míranos ahora; llevamos meses juntas y estamos súper felices.

— ¿Por qué dices que era complicado?

— Creo que África fue la primera chica que me gustó, pero en aquella época me pareció más fácil ser gilipollas que ser lesbiana, así que le hice bullying — en cuestión de segundos, pasa de ser una mujer segura de sí misma a parecer la más frágil del mundo, como si ahora pudiera romperse fácilmente por confesar algo así, y yo la miro expectante — así que me odiaba a muerte.

Pero poco a poco conseguí ganármela, conseguí demostrarle que no soy esa gilipollas con la que compartía clase en el instituto.

Tuvimos varios altibajos al principio, lo pasé bastante mal, pero, hoy por hoy, puedo asegurarte que la quiero con todo mi corazón y que ella siente lo mismo por mí.

— Vaya…lo siento por el proceso, pero me alegro mucho de que estéis tan bien ahora. Y Lexi seguro que también.

— Te toca.

— ¿Qué?

— Que te toca confesar tu “es complicado”, no te pienses que se me ha olvidado — me mira divertida, como si estuviera disfrutando con esto.

— Es que no sé ni qué decirte. Me atrae y me descoloca a partes iguales.

Me quedo agilipollada cuando me mira, pero cuando habla, a veces le cerraría la boca de un puñetazo.

La conozco poco, pero me da la sensación de que se lo tiene muy creído, sabe el efecto que causa en mí y solo quiere jugar conmigo, no tiene ningún interés más allá de eso.

— ¿Lo habéis hablado?

— No.

— Entonces no puedes saber lo que piensa, no sabes si también le atraes.

— Nunca ha intentado nada conmigo.

— ¿Y tú con ella?

— Tampoco.

— Ahí ha llegado la respuesta a mi pregunta. No estáis juntas porque ninguna de las dos os lanzáis, pero seguro que si lo hiciera alguna, eso cambiaría — cierra el ordenador y se pone en pie — ¿vamos con ellas?

— Vamos — le contesto dubitativa porque yo sigo sin tener claro si debería acercarme donde está Nadia.

Justo hay seis tumbonas. África, Julia y Marina ocupan las tres primeras, en la cuarta está la ropa de Nadia, y Mía se va a la sexta.

Eso quiere decir que ha dejado para mí la tumbona que está al lado de Nadia.

Lo que me faltaba…otra Julia, otra alcahueta.

Ya solo falta que esta noche entren a la habitación a hacer que nos metamos mano.

Me quito la ropa para quedarme en bikini y me acerco al borde de la piscina para tocar el agua con el pie. Se me congelan hasta los párpados, pero pienso que debería decidirme a entrar porque es verdad que hace mucho calor y si no lo hago, voy a morir si me pongo a tomar el sol en la tumbona.

— Venga, tírate — me dice Nadia desde dentro de la piscina.

— Tírame tú — le digo totalmente de broma.

Automáticamente empieza a nadar hacia la escalera y yo me pregunto si es lo que parece.

¿Estará viniendo a por mí? No, seguro que no.

Con mi tono de voz ha quedado claro que no estaba hablando en serio.

Pero…sí, camina hacia mí, sin dejar de mirarme y con una sonrisa malvada, así que empieza a no quedarme ninguna duda de que sí que es lo que parece.

— Espero que no tengas pensado acercarte a mí así — le advierto señalándole el cuerpo mojado y caminando hacia atrás, pero de manera paralela a la piscina, por el borde.

— Tú me lo has pedido, y tengo que reconocer que estoy deseando con todas mis fuerzas tirarte para hacerte sufrir.

— Recuerda que soy tu fisioterapeuta, puedo provocarte más dolor del que te provoqué.

— Tú ya tuviste tu momento de gloria, ahora me toca a mí — tuerce más la sonrisa malvada y, en un movimiento rápido, me coge en brazos, como el príncipe a Blancanieves.

— ¡Joder! ¿Estás loca? — le digo con la respiración entrecortada por la sensación al notar el contraste de mi temperatura a la suya — ¡Estás mojada y fría!

Me abrazo a su cuello porque no me gustaría caerme y darle la oportunidad de burlarse de mí. Oigo risas a mis espaldas; estamos siendo el centro de atención, estoy segura, no creo que se estén riendo de otra cosa, pero las ignoro.

— Eso es un poco contradictorio, ¿no crees? Lo normal sería estar caliente y mojada — me dice al oído, consiguiendo que se me erice la piel no solo por el frío que me trasmite su bikini y su cuerpo mojado, sino por sus palabras.

— ¿Tú estás caliente alguna vez? ¿O solo te gusta calentar a las demás? — le hablo también al oído porque nuestro tema de conversación no es apto para que lo oigan las demás.

— Sobre todo me gusta calentarte a ti, para que después te quedes con las ganas.

— Engreída — le digo con cierta rabia dentro de mí.

— ¿Qué me has dicho?

— Que eres una engreída.

Y ya no oigo ni veo nada más. En cuestión de segundos, estoy sumergida en el agua con ella.

Muevo con rapidez los brazos y las piernas para salir a la superficie lo antes posible porque no me esperaba que fuera capaz de tirarnos y no he llegado a coger mucho aire.

Tengo unas ganas tremendas de ahogarla, pero tengo demasiadas testigos, no me libraría de la cárcel y, con la mala suerte que tengo, seguro que no habría ni presidiarias ni funcionarias que puedan alegrarme la estancia.

Me acerco a la zona baja de la piscina, en la que hago pie, pero que nos cubre hasta el cuello, y ella viene por detrás.

— ¿Te has enfadado? — me pregunta.

Me doy la vuelta para quedarme de cara a ella, doy dos pasos para que quedemos cerca, llevo mi mano a su espalda y ahora soy yo la que, con un movimiento rápido, le desabrocho el sujetador.

Está de espaldas a las demás y yo no dejo de mirarla a los ojos porque evidentemente no tengo intención de mirarle las tetas sin su consentimiento.

Y, además, el agua me impediría verlas con claridad, así que lo he hecho porque sé que nadie puede verla.

— ¡Cabrona!

— ¿Te has enfadado? — le hago la misma pregunta que me ha hecho ella a mí.

— Sí — vuelve a abrocharse el sujetador.

— ¿Y puedo saber por qué?

— Porque no las has mirado.

Y sale de la piscina dejándome con cara de tonta.