CAPÍTULO 10
Estoy lista y esperando sentada en el sofá.
Quedamos en que iríamos a la casa de campo hoy sábado a primera hora para no ir con prisas el viernes; todas trabajamos y cada una termina a una hora diferente, así que tendríamos que esperar unas a otras y al final llegar a mala hora.
Acordamos ir las tres con un coche porque sería tontería que cada una vaya con el suyo, claro, sobra decirlo.
Me escribe Marina que ya están abajo esperando, yo cojo mi mochila, la de Toby, a él mismo y le doy un beso a Oliver, que nos mira con cara de: “mirad a ver si podéis volver lunes en vez de domingo y así pasaré más tiempo tranquilo”.
Al salir a la calle, busco con la mirada el coche de Julia, pero no lo encuentro. Busco el de Marina porque yo había dado por hecho que íbamos con el de Julia, pero ninguna me ha dicho que sea así.
Y no me equivoco. En cuanto llego al coche, veo que la conductora es Nadia. Si no fuese porque me muero de ganas de ver a Lexi feliz, daría media vuelta, volvería a meterme en mi casa y no saldría de allí en todo el fin de semana.
Me quedo de pie sin moverme, como un pasmarote, y veo a Nadia salir del coche. Se me corta la respiración al verla con su larga melena negra recogida en una coleta, gafas de sol, camiseta de tirantes y un vaquero corto que deja a la vista sus largas y morenas piernas.
— Buenos días — me sonríe, consiguiendo con ello que mis pulmones sigan sin funcionar.
— Buenos días.
— Puedes dejar las cosas en el maletero — lo abre y se agacha a saludar a Toby — Hola, guapetón, ¿cómo tienes la patita? — él mueve la colita con entusiasmo y la saluda como si nunca le hubiera hecho daño quitándole una espiguilla.
— Ya de maravilla — contesto yo, porque él de momento no está capacitado para hacerlo.
— Después le echaré un vistazo.
— ¿Este coche no es muy nuevo para subir a un perro?
— Entre Marina y tú hay una camita para él y un cinturón.
— Vaya… ¿eres tan apañada para todo? — le pregunto sin segundas intenciones, que conste.
— Intento serlo — vuelve a sonreírme y ahora es cuando pienso que este fin de semana va a ser un sufrimiento para mí porque, aparte de derretirme por su culpa y no por el sol, mi corazón y mis pulmones no van a poder funcionar con normalidad en ningún momento.
Cierra el maletero y sube al coche. Yo hago lo mismo con Toby y, en cuanto lo dejo en la camita y le pongo el cinturón, veo que Julia está girada tal y como puede desde el asiento del copiloto, entregándome una caja.
— Toma, amiga, espero que lo disfrutes. Yo lo llamaría Poseidón.
Se me cae el mundo al suelo cuando veo la imagen de la cajita: es el Satisfyer que creí que no sería capaz de regalarme y, si yo lo he visto, ellas también.
Puedo afirmar que nunca en mi vida he pasado la vergüenza que estoy pasando ahora.
Si estuvieran solo Julia y Marina me daría igual incluso decirles que en cuanto lleguemos a la casa de campo quiero que me dejen cinco minutos a solas con Poseidón, pero que Nadia esté también presente es lo que me mata.
La miro durante una milésima de segundo y puedo comprobar que se está riendo. Me sube un fuerte ardor a las mejillas, tiñéndolas de color rojo intenso. No puedo verme en un espejo, pero no necesito hacerlo para saber que no me equivoco.
— ¡Oye! — Julia agita la cajita — ¡O lo coges o me lo enchufo yo!
— Gracias — es lo único que mi garganta puede pronunciar en esta situación de bochorno. No me sale ni bromear ni echarle una bronca.
— ¿Vamos? — pregunta Nadia aún risueña después de partirse la caja con esta situación, y nunca mejor dicho.
— ¡Vamos! ¿Puedo hacer de DJ? — se viene arriba Julia, como si nos fuéramos a un festival.
— Toda tuya — Nadia hace un gesto señalando la pantalla del coche.
— Esta va por ti — le dice Julia.
Busca en Spotify “Ojos así”, de Shakira. Conozco la canción, sé que parte de ella la cantan en algún idioma árabe y que hablan de Beirut. Julia sabe perfectamente el origen de Nadia, la muy puta, y no me lo quiso decir.
Miro a Nadia a través del retrovisor central, ella se quita las gafas de sol y hace lo mismo conmigo: mirarme a través del retrovisor. ¿Sabrá el efecto que causan en mí sus ojos con sus preciosas pestañas? Sí, claro que lo sabe, y me está mirando a conciencia.
Intercala miradas hacia la carretera y hacia mí mientras Shakira canta cosas como “Y conocí tus ojos negros y ahora sí que no puedo vivir sin ellos yo. Le pido al cielo solo un deseo: que en tus ojos yo pueda vivir” y “Fui desde el norte hasta el polo Sur y no encontré ojos así como los que tienes tú”.
— Julia — digo al terminar la canción
— Dime, bollito.
— Eres una puta.
— ¿Yo? ¿Cómo osas decir eso sobre mí?
— Sabes muy bien por qué lo digo, igual que sabes que tengo razón.
Se gira hacia mí y me sonríe traviesa. Y tanto que lo sabe.
La segunda canción que pone es “Cuando zarpa el amor”, de Camela. ¿También la estará poniendo por algo?
— Venga, chicas, alegría, que estoy deseando llegar y tomarme una cerveza como una casa.
— ¡Pero si son las nueve y cuarto de la mañana! — le dice Marina.
— Dime que sientes lo mismo que yo, dime que me quieres, dímelo — canta Julia en respuesta, subiendo a tope el volumen de la música — Cuando zarpa el amor, navega a ciegas es quien lleva el timón…
Nos ponemos a cantar las cuatro a todo pulmón y con micrófonos ficticios.
Es imposible escuchar una canción de Camela y permanecer quieta y con el pico cerrado.
Miro a Toby y me río al ver que está tumbadito tranquilo en la camita, ajeno a la locura que nos ha dado a las humanas.
Si es que al final ellos son los más cuerdos…
Después de unas canciones más y de las pésimas indicaciones de Julia ya que está más pendiente de cantar que de mirar el Google Maps, llegamos. Por suerte, porque yo tenía mis dudas. Esto está en el culo del mundo, y Julia no ayuda.
Al bajar del coche, Lexi viene corriendo a saludarnos y yo muero de amor al verla.
Marina me envió una foto después de la larga sesión de peluquería que le hizo, así que sabía lo libre de rastas que había quedado, pero verla correr con esa felicidad y energía ya es otro nivel.
No parece la misma perrita asustada y desconfiada que encontré, y eso me hace sentirme feliz por haberla rescatado y tranquila porque con eso demuestra que tiene unas mamis estupendas.
Bajo a Toby del coche y lo acerco directamente al trasero de Lexi. Ambos están castrados, pero la lectura directa del DNI es la única manera de que Toby no se ponga a ladrarle como un poseso porque se centra en oler y no en defenderse de vete tú a saber qué.
Mía y África salen de la casa para saludarnos a todas y ayudarnos con los bártulos y, al entrar, nos enseñan la planta baja y el primer piso.
— Nosotras dormiremos en la habitación de abajo, vosotras os podéis repartir en estas dos habitaciones como queráis — dice Mía.
— Marina y yo elegimos esta — dice Julia cogiéndola de la mano y arrastrándola hacia una de las habitaciones.
Mi cara se queda paralizada y mi cuerpo congelado.
No puede ser. No puede estar haciéndome esto la capulla de mi amiga sabiendo lo que hay.
¿Cómo voy a dormir en la misma habitación que Nadia?
Ambas tienen cama de matrimonio, así que eso no solo implica compartir habitación, sino compartir cama también.
Si no fuese porque no quiero quedar como una loca, me daría un golpe en la cabeza para despertar de esta pesadilla.
Porque tiene que ser una pesadilla, no puedo asimilar que sea real.
Parece ser que a Nadia no le importa, así que entra a la habitación tan tranquila con su mochila colgada a su espalda y una sonrisa que no sé descifrar. Seguro que a ella le da igual porque aquí a la única que le pasa algo es a mí, para ella será como si durmiera con su hermana.
Trato de aparentar que a mí también me da igual y voy detrás de ella para dejar mis trastos.
— Lo siento, pero Toby está acostumbrado a dormir en la cama. Duerme pegado a mí, así que no te enterarás de que está, pero si te parece muy mal, podemos irnos al sofá.
— Puedo compartir cama con los dos, excepto si pretendes probar a Poseidón — se ríe, y mis mejillas vuelven a teñirse de color rojo vivo.
— Tranquila, que lo haré cuando esté sola en mi casa.
Otra prueba de que no le gusto. Yo creo que podría correrme solo con verla probar a Poseidón, pero ella ya se ha encargado de dejar claro que aquí no pasará nada relacionado con eso.
Habrá querido asegurarse de que no se me ocurra meterle mano.
Y puede estar muy tranquila porque yo no pienso ni acercarme a ella.
La cama es suficientemente grande como para que no tengamos ni que rozarnos en ningún momento en toda la noche.
— ¿Puedo hacerte una pregunta?
— Puedes hacérmela y ya veremos si te contesto o no — y vuelve a sonreír.
— ¿De dónde eres?
— De aquí — saca el bikini de la mochila y yo rezo para que no tenga pensado ponérselo aquí.
— ¿Y tus padres?
— De aquí.
— Me estás mintiendo, ¿no?
— No te estoy mintiendo — vuelve a sonreír y yo cada vez siento que me desarmo más.
— Venga, Nadia…
— ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?
— Tu apellido no es español, y ese pelo y esos ojos tan negros tampoco.
— Mis abuelos nacieron en Beirut y cuando pudieron se escaparon juntos de allí.
Mi madre nació en España, mi padre es de aquí y, por lo tanto, yo también.
No te he mentido. El pelo y los ojos son herencia de mi madre, los rasgos faciales de mi padre, y el color de mi piel es un término medio entre los dos.
— Si tu padre es de aquí, sigo sin entender lo de tu apellido.
— Llevo como primero el de mi madre porque así lo decidieron cuando nací — me aclara, se para a pensar unos segundos y sigue hablando — Por alguna casualidad… ¿es un problema para ti que la mitad de mis genes sean árabes?
— Para nada, no soy xenófoba.
— Mejor para ti porque te aseguro que yo no pienso irme al sofá a dormir — y vuelve a sonreír — voy al baño a ponerme el bikini.
— Muy bien, después iré yo.