Un beso de los tuyos CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

— ¿Estás en casa? — le pregunto a Julia en cuanto contesta al teléfono, sin saludar ni nada y antes de que ella pueda abrir la boca.

— ¡Hola, mi bollito! Sí, ¿por?

— ¿Sola?

— Sí, claro, ¿con quién voy a estar?

— Y yo qué sé, pregunto por si acaso.

— Pues estoy sola, hoy no he sacado a Tritón.

— ¿Qué dices? ¿Quién es Tritón?

— Mi satisfyer.

— ¿Sabes que no necesito saber si te masturbas?

— Pues chica, a mí puedes contarme si lo haces, me alegraré por ti.

— ¡Ábreme la puerta!

— Dios mío…qué arisca que estás…

— ¿Me abres o qué?

— Tú no te masturbas, ¿no?

— Sí que lo hago.

— ¿Estás segura? A ver si te estás confundiendo y estás tocando donde no debes…

Abre la puerta, yo la empujo, entro al edificio sin colgar el teléfono y subo por las escaleras.

— Yo estoy arisca, pero tú estás graciosilla de más, ¿no crees?

— Puede ser. Es que estoy feliz.

— ¿Y se puede saber por qué?

— Porque mi amiga está a punto de entrar en mi casa para contarme cómo ha sido sobar a la chica por la que babea.

— Definitivamente eres tonta.

Cuelgo el teléfono y le aporreo la puerta. Aún no le he visto la cara, pero puedo imaginarme la sonrisa malévola que tiene dibujada ahora mismo. Y se la aporrearía igual que la puerta.

Y así es. Abre y tiene exactamente la cara que había imaginado.

— ¿Se puede saber por qué no me has dicho que tu amiga era Nadia? — le pregunto mientras entro como una flecha a su casa sin pedir permiso.

— Si te lo hubiera dicho, ¿le hubieras hecho un hueco?

— Seguramente no.

— Pues ahí tienes la respuesta.

— ¿Qué habré hecho yo mal en esta vida para merecer a una amiga como esta? — me dejo caer en el sofá y miro al techo.

— Pues no lo sé, pero te ha tocado el gordo, sin duda — se sienta a mi lado y se mira las uñas, como si no estuviéramos hablando de ella.

— A ver, Julia — ahora la miro a ella — ¿puedes entender y asimilar ya que no tiene ningún interés en mí?

Si haces estas cosas, solo consigues que me vea en un apuro yo, a ella le da igual.

Es más, alimentas su ego, porque ella sabe que me gusta.

Y no me da la puñetera gana que se le suba más a la cabeza. Me da mucha rabia esa chica, de verdad.

— Ya…te da rabia… — sigue mirándose las uñas — ¿y qué más te da? ¿Cómo ha sido verla semidesnuda?

— ¡Joder! — le aparto las manos para que deje de mirarse las putas uñas — te digo muy en serio que no quiero que vuelvas a ponerme en un apuro así.

— Mi amiga debería estar agradeciéndome que le ponga a la morena en bandeja y, sin embargo, me está matando con la mirada… Y encima he hecho que te pague por tocarla — se ríe y a mí me entra más rabia porque no hay manera de hacerla entrar en razón.

— Yo ya no sé qué tengo que hacer, de verdad — me pongo en pie porque me está irritando ya — ¿no te das cuenta de que quién le gusta eres tú?

— Me parece que la que no se da cuenta de las cosas eres tú.

— ¿Qué quieres decir con eso?

— Yo no puedo decir nada — eleva las cejas y los hombros.

— No te entiendo. No entiendo nada. ¿Os habéis puesto de acuerdo para vacilarme entre todas?

— Para nada.

— Se supone que eres mi amiga, ¿por qué la estás cubriendo a ella?

— Yo no estoy cubriendo a nadie, Iris, simplemente me ha tocado estar en medio. Ni te digo a ti cosas de ella, ni le digo a ella cosas de ti. Aunque me estés odiando, simplemente me limito a ser leal a la gente.

— ¿Ella sabía que era yo la fisioterapeuta a la que iba?

— Ninguna sabíais quién era la otra.

— ¿Por qué haces esto? Ilumíname un poco, por favor — le suplico con la mirada.

— ¿Tú no estás cansada? Mira, deberías ir a casa a darte una ducha, te metes en la cama, te tocas un poquito y verás que a gustito que duermes esta noche.

— Pues sí, eso voy a hacer porque ya he comprobado que hablar contigo no sirve de nada. Pero ¿sabes qué más voy a hacer?

— ¿Qué?

— Encerrarme en casa un tiempo para no correr el riesgo de que vuelvas a juntarme con ella en contra de mi voluntad.

— ¿Estás segura de que es en contra de tu voluntad? — me pregunta levantando una ceja.

— Sí.

— Orgullosa y cabezota hasta la médula, sí señor — asiente con la cabeza como si se estuviera dando la razón a ella misma — por cierto, ¿te acuerdas de Mía y África? Las que adoptaron a la perrita que encontraste en el campo.

— Sí, claro.

— ¿Y te acuerdas de que les dijiste que querías volver a ver a Lexi cuando estuviera recuperada?

— Sí, claro.

— Pues quizás te interesará saber que quieren invitarnos a una barbacoa en su casa — vuelve a mirarse las uñas y a mí ya me entran ganas de arrancarle las manos y tirarlas a la basura.

— ¿Cuándo? — le pregunto interesada.

— ¿Tú no has dicho que vas a encerrarte en casa un tiempo?

— ¿Serías tan amable de acompañarme al balcón? Tengo unas ganas tremendas de tirarte.

— Recuerda que solo yo tengo su número de teléfono, si me tiras, te quedas sin barbacoa y sin Lexi.

— Entonces dejamos el suicidio involuntario para después de la barbacoa.

— A ver, Iris, los suicidios son voluntarios, ¿desde cuándo existen los involuntarios?

— Desde que quiero cometer un crimen contigo sin terminar en la cárcel.

— Lo vas a tener jodido, amiga.

— ¿Me vas a decir cuándo es la barbacoa?

— Este fin de semana.

— ¿Sábado o domingo?

— En realidad nos invitan a pasar el finde allí. Es una casa de campo con jardín, piscina y barbacoa, claro, sino no podríamos hacerla. Mía me dijo que podemos ir un día o todo el finde, como queramos. Y puede venir Toby, que ya me encargué de preguntárselo.

— ¿Y qué hacemos entonces?

— Pues…ya que estamos, yo iría todo el finde. Lo podemos pasar bien. Han estado viniendo bastantes veces a la clínica y te puedo asegurar que Mía es un encanto. África es poco habladora, pero yo creo que es porque es tímida, no es que sea una persona desagradable ni nada de eso, me da buena espina.

— ¡Me parece maravilloso ir todo el fin de semana! Va a ser como unas minivacaciones sin pagar hotel, todo un lujo — me vengo arriba porque me encanta la idea — ¿Tengo que coger bikini?

— Si te parece te pones a tomar el sol en burka…

— Eres tremendamente gilipollas — la empujo y se cae sobre el sofá.

— Por cierto, hablando de burkas, ¿de dónde es Nadia?

— ¡Ah! ¿Ahora ya te interesa? — vuelve a quedarse sentada.

— No me interesa, es solo curiosidad.

— ¿Y por qué no se lo preguntas tú?

— Porque me lo puedes decir tú.

— Yo no sé de dónde es, no me importa la procedencia de mis trabajadores, solo me importa que tengan el título y que sean agradables con los animales y con los humanos que traigan a esos animales. Si quieres saber de dónde es tendrás que averiguarlo por ti.

— Si tengo que ser yo la que se lo pregunte, prefiero no saberlo, seguiré durmiendo igual de bien por las noches sin tener esa información, te lo aseguro.

— Pues yo opino que deberías saber de dónde proviene el pescado que te vas a comer — se ríe y yo ahora sí que tengo ganas de tirarla por el balcón de verdad.

— Haré como que no he oído eso y me voy a ir a mi casa porque si sigo aquí, vamos a terminar mal tú y yo.

— Cari, tú y yo no podemos terminar mal, asimílalo ya de una vez — hace un gesto de suficiencia con la mano y yo no puedo evitar sonreír porque creo que algo de razón sí que lleva. Soy incapaz de enfadarme de verdad con ella — ¿Ves? Ya te estás aflojando — me dice al verme sonreír.

— Igual que tus tornillos.

— Y tus bragas cuando ves a Nadia.

— Imbécil.

— Cuando te la tires quiero ser la primera en enterarme.

— También voy a hacer como que no he oído eso. ¿Vamos viernes o sábado a la casa de campo? Por organizarme a los pacientes si es necesario.

— Hablo con ellas y te digo, ¿vale?

— Vale, me voy, que no quiero escucharte más — me levanto y me dirijo al recibidor.

— En cuanto salgas por la puerta voy a mandarte un audio para que tengas que escucharme otra vez al llegar a casa — se ríe, yo le hago una peineta mientras me dispongo a salir y me río también porque de verdad que es tonta.

Camino hacia mi casa pensando en qué voy a tener que coger para el fin de semana y me suena una notificación.

Saco el móvil, veo que es un audio de Julia y vuelvo a reírme.

No tenía ninguna duda de que lo haría para joderme un poquito más.

Es más, si pudiera, ahora apostaría algo a que en el audio nombra a Nadia, para joderme aún más y porque parece que está obsesionada en juntarnos, no sé a qué viene ese empeño.

Me espero a llegar a casa para escuchar el audio porque no me fío ni un pelo de ella.

No es que haya mucha gente por la calle a estas horas, pero más vale prevenir que curar porque, viniendo de ella, me espero cualquier burrada.

Desbloqueo el móvil y veo que no tengo un audio, tengo dos, así que le doy a reproducir.

“Recuerda que deberías tocarte un poquito para que se te baje ese malhumor que tienes últimamente, así mañana afrontarás el día de otra manera. Imagínate el orgasmazo que puedes tener si lo haces pensando en Nadia. Plantéatelo. Buenas noches, mi bollito. ¡Ah! Y de nada por haber hecho que puedas ver a la morena en sujetador. Yo solo hago cosas buenas por ti y tú me lo pagas queriendo tirarme por el balcón. Ten amigas para esto…”

“Por cierto, ¿tienes Satisfyer?”

Ya sabía yo que no debía escuchar sus audios por la calle, si es que no falla. Pulso para grabar y le contesto:

“Ni tengo Satisfyer, ni pienso tocarme pensando en Nadia, que lo sepas”

Está en línea y veo que empieza a grabar.

“Eres más sosa que el palo de un helado, en serio, y no sabes lo que te pierdes. Yo me pongo el cacharro ahí y tardo cero coma en correrme.”

Ya paso de más audios, le mando por escrito:

“Esperaré con ansia a recibir uno como regalo por tu parte”

Y me responde con la misma rapidez con la que se corre:

“Mañana te llevo uno”

Y bloqueo el móvil y me lo guardo en el bolsillo porque estoy deseando darme una ducha y descansar, no tengo ganas de seguir bromeando sobre Satisfyer.