CAPÍTULO 8 #2
Ya sin camiseta, lleva sus manos a su nuca para desabrochar el cierre del collar, pero veo que también le cuesta llegar, así que gira la cadenita para que le quede por delante para poder mirar el cierre y desabrocharlo más fácilmente.
— Mierda…
— ¿Qué pasa?
— Se ha hecho un nudo. ¿Puedes ayudarme?
“Mierda” digo yo. ¿Cómo voy a ponerme a deshacer el nudo que se ha formado en una cadenita minúscula y que ahora mismo tiene por la parte de delante de su cuerpo sin camiseta?
El karma. El universo tiene que estar queriendo joderme por haber querido aprovecharme de la situación.
Voy a morir. Ese karma podría haberse empeñado en joderme de otra manera, pero no de esta.
Me levanto de mi silla a regañadientes, pero aparentando tranquilidad o, por lo menos, intentándolo. Ella se gira hacia mí y yo trato de mirarla a los ojos para que no se me desvíe la vista hacia su escote, aunque no sé si es más peligrosa su mirada o su pecho.
Cojo la cadenita y me centro en ella, tratando de olvidarme de a quién tengo delante, pero me resulta muy difícil. A mis fosas nasales les llega ese olor dulce que mi mente ya reconoce como suyo, y a mis manos les llega el cálido aire que sale de su nariz al respirar.
— Estás temblando. ¿Estás nerviosa? — sonríe de medio lado y yo rezo para no sonrojarme.
— Llevo todo el día trabajando. A ti se te carga la espalda con las cirugías, a mí se me cargan las manos — salgo del apuro con una facilidad que me asombra.
— Con lo entrenadas que las tienes, seguro que hacen maravillas — cierra los ojos con fuerza, como si se arrepintiera en el acto de lo que acaba de decir.
— De momento las he dejado a todas satisfechas, que yo sepa.
Estar hablando de esto con ella teniéndola tan cerca y semidesnuda, es un auténtico suplicio. Voy a matar a Julia, lo digo muy en serio, me da igual ir a la cárcel porque, además, será la única manera de no volver a ver a esta mujer.
— Túmbate boca abajo, con los brazos extendidos a los lados del cuerpo — le digo en cuanto termino de desenredar el maldito collar.
Ella obedece sin añadir nada más sobre mis entrenadas manos, por suerte.
Yo respiro hondo y me friego la cara con las manos para ver si consigo eliminar los pensamientos impuros que tiene mi cabeza ahora que sé que voy a tocar esa piel que tiene una tonalidad como si hubiera tomado el sol, cosa que me encanta.
— Voy a desabrocharte el sujetador y a bajarte un poco el pantalón.
— Tú mandas.
Se lo desabrocho con suavidad y le quito los tirantes.
Sinceramente, recreándome en cada una de mis acciones.
Juro que soy una buena profesional y que nunca miro a mis pacientes de esta manera, pero es que esta chica me puede.
Desearía estar quitándole el sujetador para darle placer y no para provocarle dolor.
Llevo mis manos a la cinturilla de su pantalón, y ella levanta el culo para facilitarme la tarea de bajárselos hasta la mitad de los glúteos.
La imagen que tengo ahora ante mí lleva el cartelito luminoso de “peligro” también, pero ahora con signos de exclamación añadidos.
Primero recorro toda su espalda para tantear el terreno, comprobando que es cierto que tiene varias contracturas musculares. Espero que esté mentalmente preparada para la tortura a la que la voy a someter.
— ¿Has ido alguna vez a un fisioterapeuta?
— Sí.
— Entonces eres consciente de que te voy a hacer mucho daño, ¿no?
— Sí, sé que voy a odiarte todo el tiempo que esté aquí y seguramente en los próximos días.
— Bien — paso mi dedo por las dorsales en sentido ascendente, recorriendo el camino justo al lado de la columna, pero sin apretar — pues ya puedes empezar a odiarme — y yo empiezo a apretar a la altura de la séptima cervical, sitio en el que tiene una de las contracturas.
Hago lo mismo por toda la espalda y me doy cuenta de que en varias ocasiones tensa los músculos de los brazos por el dolor. Por último, me dirijo a los glúteos y me doy cuenta de que también hay trabajo por hacer.
— ¿Te han descontracturado alguna vez esta zona?
— No.
— Pues creo que después de lo que voy a hacerte, ya no vas a querer volver. Voy a darte la oportunidad de que seas la primera mujer en decirme que no te he dejado satisfecha — me río por la broma.
— ¿Estás disfrutando con esto?
— Un poquito sí, no te lo voy a negar — y vuelvo a reír. Ella gruñe cuando le aprieto la contractura del glúteo y tensa el músculo — relájate, que eso no ayuda.
No me contesta nada y yo sigo con mi trabajo hasta que considero que puedo darlo por finalizado. Le pongo los tirantes, le abrocho el sujetador y le subo el pantalón.
— Ahora date la vuelta poco a poco y quédate tumbada boca arriba un ratito.
Ella obedece y yo aprovecho para lavarme las manos. Me acerco a ella y la miro con una sonrisa porque realmente tiene cara de apurada.
— ¿Cómo te encuentras?
— No he sufrido tanto en mi vida.
— ¿Ahora entiendes que se me carguen las manos?
— Sí.
— ¿Y opinas que no te he dejado satisfecha?
— También “sí”.
— Me lo imaginaba — sonrío más y me acerco más a la camilla — dame las manos y levántate — le pido, y ella obedece — ¿te mareas?
— Un poco.
— Es normal — hago por colocarme entre sus piernas, de manera que las mías tocan la camilla, pero no a ella — vamos a quedarnos así hasta que te encuentres bien para levantarte, no voy a soltarte.
— Gracias.
— Si mañana te ves hematomas en los glúteos, no te asustes, también es normal.
— ¿Qué? ¿Cómo que voy a tener hematomas?
— Es muy probable con la paliza que le he dado al músculo.
— Espero que no lo hayas hecho para vengarte de mí… — me mira dubitativa.
— Si te digo la verdad, soy un tanto orgullosa, pero no vengativa. Nunca te haré daño a propósito, pero tampoco volveré a invitarte a un café o una cerveza.
— Eso ya lo veremos… — sonríe de medio lado, como si ahora de repente se le hubiera esfumado todo el dolor.
— ¿Tú siempre vas tan de sobrada?
— No voy de sobrada.
— Venga, Nadia…se te nota a kilómetros que sabes que estás buena y el efecto que causas en las mujeres — doy un paso hacia atrás — venga, levántate.
Se pone en pie sin soltarme las manos. Ella es un poco más alta que yo, así que tengo que levantar la vista unos milímetros para mirarla a los ojos.
Da un paso hacia adelante, de tal manera que sus pechos chocan con los míos.
Su cercanía, la intensidad de su mirada y nuestras manos cogidas consiguen que me sienta al borde de un ataque al corazón.
— ¿Y en ti? ¿Qué efecto causo?
— En mí ninguno. Me pareciste guapa la primera noche que te vi, que por lo que he podido comprobar, es lo que les pasa a todas las mujeres, y yo fui una más, pero ya te he calado.
— Estás muy equivocada conmigo.
— ¿Te ayudo a ponerte el collar? — cambio de tema e intento finalizar esto porque si sigo teniéndola así de cerca, no confío en mí misma. Y no pienso admitir que me gusta, no le daré el placer de escuchar algo así de mí, no echaré más leña al fuego de su ego.
— Sí, por favor, dudo que pueda mover mucho los brazos con lo dolorida que tengo la musculatura de toda la espalda.
Nos soltamos las manos, se dirige a la silla en la que tiene sus cosas, me entrega el collar, yo se lo pongo y ella se viste.
— Gracias por hacerme un hueco.
“Si hubiera sabido que eras tú, no te lo hubiera hecho porque me hubiera ahorrado el mal rato de tener que verte en paños menores y tocarte, pero no de la manera que a mí me gustaría”, pienso yo.
— No hay de qué. Ya sabes dónde estoy si vuelves a necesitar a una fisio — contesto yo por educación, pero rezando para que no vuelva.