CAPÍTULO 8
Como todo en la vida, trabajar para ti misma tiene sus pros y sus contras.
Estoy de camino a la residencia y acaba de llamarme Julia pidiéndome que le haga un hueco a una amiga que está con contracturas en la espalda.
Así que voy a pasarme la mañana toqueteando a viejetes y, por la tarde, cuando supuestamente iba a terminar en mi clínica, voy a atender a una persona más y, por lo tanto, terminar más tarde de lo que debería.
Es una auténtica pena que Oliver y Toby no puedan prepararme la cena.
Lo próximo que adoptaré será un mono, a ver si con un poco de suerte puede ayudarme con las tareas del hogar a cambio de comprarle lo que quiera.
Le compro hasta un vestido con lentejuelas si quiere.
En el geriátrico, la primera de la lista es Conchi, como siempre. Repaso mentalmente las preguntas que va a hacerme y posibles respuestas con las que pueda reírme con ella, y abro la puerta.
— ¡Buenos días, guapa! — le digo yo.
— Buenos días, joven.
— ¿Cómo van esas manos? — me siento en el taburete delante de ella.
— Pues te aseguro que tan bien como para hacerme pianista, no. Y ganchillo tampoco.
— Pero sí que puede jugar a las cartas con sus amigas.
— Sí, eso sí. ¿Y a ti cómo te van las clases de bachata? — primera pregunta habitual de la lista, y yo empiezo con el masaje.
— Ya no voy a clases, Conchi, pero debería apuntarme a ver si encuentro a alguien que esté de buen ver, ¿no?
— Oye, ¿y si te apuntas con la morena? — susurra para que no nos oiga nadie aunque, como siempre, estamos solas.
Yo me quedo de piedra y con el movimiento de mis dedos pausado porque os aseguro que esta pregunta no estaba dentro de mi lista de “posibles”.
Lleva años preguntándome si ya tengo novio y yo respondiéndole que tengo novia, ¿cómo puede acordarse ahora de la morena si solo se la he nombrado una vez?
— ¿qué tal con ella? ¿Ya te ha dado los orgasmos esos de los que hablabas?
Yo me ruborizo al instante. Nunca me ha costado chincharla con el tema del sexo porque eran bromas inocentes por mi parte, pero ahora al escuchar que ella pronuncia la palabra “orgasmos” y pensar en Nadia, no puedo evitar sonrojarme. De repente, me parece que hace mucho calor aquí dentro.
— Tardas en responder. Menos mal que tengo todo el día y que espero no morir hoy — vuelve a hablar ella y se ríe.
— No, aún no me los ha dado y, además, creo que tendré que buscarme otra pareja de baile.
— ¿Por qué? ¿No sabe darlos?
— No. Sí. Bueno, supongo que sí, no lo sé — me pongo nerviosa y no entiendo por qué.
— Ay mi niña, es que los jóvenes sois muy exigentes. A mí mi Antonio no me daba orgasmos, pero te aseguro que lo quise como a nadie, no todo se basa en la cama — se pone seria y triste, y a mí se me encoge el corazón al verla así — y fui la más feliz bailando con él hasta el final de sus días.
— Lo siento mucho, Conchi, pero lo importante es que estuvieron juntos y felices hasta el final.
— Sí, pero aquí no hemos venido a hablar de mí. Lo mío ya no tiene solución, pero lo tuyo sí. Dime, ¿por qué quieres buscarte otra pareja de baile?
— No soy yo la que quiere buscarse otra pareja, es ella, que creo que quiere bailar con otra persona.
— ¿Sabes que la vida es demasiado corta como para solo “creer” cosas? Deberías asegurarte antes de darlo todo por perdido.
— La invité a tomar algo y me rechazó, creo que con eso ya queda bastante claro.
— No puedes juzgar la acción de una persona sin conocer su historia, puede haber una razón que no sea la que tú piensas.
— Bueno, de momento lo tomaré como un “no”. Además, hace poco que dejé a mi pareja y no sé si me apetece complicarme la vida otra vez.
— ¿Tenías novio? — me pregunta realmente impresionada. Ya ha vuelto la Conchi de siempre, demasiado cuerda me estaba pareciendo hoy.
— Tenía novia.
— Eso no me lo habías contado, pillina — me dice levantando el dedo deformado por la artrosis y yo me río porque la cabeza de esta señora no tiene solución, pero igualmente me encanta hablar con ella.
A ver si con un poco de suerte ahora se acuerda de que tenía novia pero se olvida de la morena, que más me vale que no me la recuerde mucho.
— Porque ya hacía tiempo que había dejado de gustarme bailar con ella.
— ¿No te daba orgasmos?
— Sí que me los daba, pero tenía muchas cosas negativas.
— ¿Ves? Tienes que buscarte un novio como mi Antonio.
Y dale con los novios…
***
Termino el último paciente citado del día agotada.
Las ganas que tengo de atender a esa amiga de Julia a la que me ha hecho colar, son cero, os lo juro.
Hay días que, cuando llegan estas horas y estoy tan cansada, me planteo dejar de trabajar en la residencia y dedicarme solo a mi clínica, pero el día siguiente me despierto con una energía desbordante, pienso en los abuelitos y en que soy un culo inquieto, y se me pasa la idea de dejar el geriátrico. Y así vivo, en bucle siempre.
Y Conchi…uno de los motivos más fuertes por los que no dejo la residencia es por ella.
A veces pienso que una de sus motivaciones para seguir viviendo soy yo.
Aparte de jugar a las cartas con sus compañeras, claro, pero yo sé que me quiere muchísimo y que es feliz cuando estoy allí con ella contándole mis tonterías.
Podríamos decir que, de alguna manera, también nos gusta bailar juntas.
Me lavo las manos después de tocar al paciente, me paga la sesión y le doy cita para la próxima semana porque se fracturó la cadera y, aparte de las sesiones de fisioterapia que tiene en el hospital, acude a mí.
Me despido de él, sale de la consulta y yo hago lo mismo para recibir a la amiga de Julia.
Se me cae el mundo al suelo cuando veo que es Nadia. Mi amiga definitivamente es tonta. Tiene suerte de que no lleva gafas porque si las llevara, le daría una hostia que se las pondría de lentillas. A Julia, claro, no a Nadia. O a las dos, yo qué sé.
— Buenas tardes — le hablo en un tono neutro, tratando de disimular lo que pienso.
— Buenas tardes.
— Imagino que eres la amiga de Julia — intento sacar una sonrisa.
— Imaginas bien — ella sí que sonríe con ganas, y parpadea una vez más el letrero de “peligro”. Y mi corazón también parpadea, pero a la velocidad de la luz al pensar que voy a tener que tocar su piel.
— Puedes pasar — elimino mis ideas de la cabeza para sacar mi lado profesional.
Se levanta de la silla, yo me quedo apartada de la puerta para dejarla pasar, le indico que se siente en la silla de dentro de la consulta y yo me siento en la mía, delante del ordenador.
— Julia me ha comentado que tienes contracturas en la espalda, pero no me había dicho que eres tú.
— ¿Cambian las cosas si soy yo?
— Para nada. Cuéntame qué te pasa.
— ¿En general en mi vida o en particular en la espalda? — sonríe simpática y yo me pregunto si esta chica siempre va de graciosilla por la vida.
— En la espalda, por favor.
Me entran ganas de decirle que podría haberme contado su vida si hubiera aceptado tomar algo conmigo, pero me lo callo.
— Cuando hago cirugías a mis pacientes, adopto malas posturas.
Trato de corregirlas, pero, sin darme cuenta, poco a poco voy volviendo a la mala posición y, cuando empieza a dolerme la espalda, es cuando me doy cuenta y la corrijo otra vez.
Y nada, se me va cargando la espalda hasta que llega un día en el que me quedo enganchada.
Me pasó hace tres días y ahora ya estoy mejor, por eso he decidido venir, porque en los días en los que estoy realmente jodida, soy intocable.
“Me parece que siempre eres intocable. Calientas, pero no te dejas tocar”, pienso yo.
— Así es — contesto como sustituto de lo que he pensado — ¿hay alguna zona que notas que se te carga más o es la espalda en general?
— A ver…es la espalda en general, pero en especial las cervicales y las lumbares.
— Muy bien, necesitaré que te recojas bien el pelo, que te quites los pendientes, el collar, la camiseta, y que te desabroches el botón y la cremallera del pantalón. Puedes dejarlo todo encima de esa silla — le señalo la que está al lado de la camilla.
Normalmente salgo de esta habitación y dejo que los pacientes hagan todo eso tranquilamente y gozando de privacidad, pero ahora no pienso salir, voy a disfrutar de mi show privado.
¿Es bueno para mí? Pues seguramente no, pero siempre he preferido arrepentirme de algo que he hecho que de algo que no he llegado a hacer.
Como bien ha dicho Conchi, la vida es demasiado corta para “creer”. No quiero después creer que me hubiera gustado el show, prefiero saber que me ha gustado.
Apoyo la espalda en el respaldo de mi silla, cruzo los brazos y me dedico a mirar. ¿No le gusta calentar? Pues voy a aprovecharme de ello. Que me caliente.
Tal y como está situada la silla en la que va a dejar sus cosas, ella queda de espaldas a mí, así que en realidad no sabe si la estoy mirando a ella o si estoy haciendo algo con el ordenador.
Empieza quitándose los pendientes, que lleva unos cuantos repartidos por las dos orejas.
Yo aprovecho para observarla de arriba abajo y deleitarme con lo que veo.
Se quita la camiseta con cierta dificultad; se nota que le duele la espalda y tiene los movimientos limitados, pero yo debo ser muy mala persona porque estoy disfrutando de que se la quite torpe y lentamente porque así veo cómo va descubriendo su piel poco a poco.
— Podrías haberte comprado unas palomitas — me dice ella, aún de espaldas a mí.
— ¿Para qué?
— Para disfrutar de la película que estás mirando.
— ¿Qué te hace pensar que te estoy mirando?
— Que yo sepa, el ordenador no funciona ni sin clicar en el ratón ni sin teclear.
Mierda.
— Si tuviera palomitas me distraerían, prefiero no perderme ningún detalle — digo sinceramente. De perdidos al río, sería inútil que mienta o que trate de disimular.