CAPÍTULO 5
Hoy Toby y yo somos el centro de atención.
Hay días que le da por salir de casa con un peluche en la boca y, cuando eso pasa, no hay manera de quitarle la idea de la cabeza.
Y claro, a todo el mundo le parece adorable.
Hasta que llegamos a zona de campo, que lo dejo suelto y ahí se olvida completamente de la necesidad del peluche.
Lo dejo correr a sus anchas y yo camino tranquilamente, con el peluche en la mano, siendo menos adorable que él, pensando en mis cosas y escuchando música con mis auriculares.
Ahora suena “Te perdí”, de Iguana Tango.
Me lleva a pensar en que Ana dejó que se fuera al garete nuestra relación y me doy cuenta de que una parte de mí sigue afectada por ello.
Esta canción podría estar cantándola ella perfectamente.
Aunque pienso en mis cosas, no le quito el ojo de encima a Toby ni un solo segundo, y veo que frena en seco.
Espero expectante a ver qué hace, pero no se mueve, cosa que activa mis alarmas porque no es normal en él que pare de correr o de caminar si está en el campo y si no se está dedicando a oler algo.
— ¡Toby! ¡Ven aquí! — le digo mientras voy acercándome a él.
Me doy cuenta de que tiene una patita suspendida en el aire, así que es muy probable que se le haya metido alguna piedrecita entre los dedos y que por eso ya no quiera apoyar la pata el príncipe.
Me pongo de cuclillas para palparle la zona y quitársela, pero no noto ninguna piedra.
Me arrodillo, me acerco para poder mirar entre los dedos y veo que tiene una espiguilla metida. Mierda…
Saco el móvil y llamo a mi amiga Julia, la veterinaria. Parece que cada vez que vengo a esta zona, tengo que invocarla a ella porque justo por aquí es donde encontré a Lexi.
— Dime, guapa.
— ¿Estás trabajando?
— No, hoy no. ¿Por? ¿Cafelito?
— Si quieres, después sí, pero primero tengo que solucionar un problemita con Toby.
— ¿Qué la ha pasado?
— Se le ha metido una espiguilla en la pata y queda poca longitud externa, así que es de difícil acceso. ¿Qué hago? ¿Se la saco con unas pinzas?
— ¡No! Ve a la clínica y que se la quiten y que le desinfecten la zona porque después se le quedará una heridita, mejor limpiarla bien e intentar que después no apoye la pata durante unas horas para que se le cierre y que no se le infecte.
— Eso va a estar complicado.
— Lo sé.
— ¿Te aviso después y vienes a mi casa a tomar café? Y así no dejo solo al loco este.
— ¡Siiiií!
Cuelgo, me guardo el móvil y lo cojo en brazos para dirigirme a mi casa. En momentos como este es cuando agradezco tener a un mini Pinscher con alma de Doberman, porque si fuese un Doberman con alma de mini Pinscher y tuviera que llevarlo en brazos, apañada iría…
Subo a por la llave del coche, bajo, conduzco hasta la clínica de Julia y aparco en el parking de clientes. Al entrar, me recibe la recepcionista, que me conoce perfectamente.
— ¡Hola! Julia no está.
— Hola, lo sé, he hablado con ella, pero se le ha metido una espiguilla en la pata — le digo levantándole la patita a Toby, como si cupiera alguna duda de que es a él a quien se le ha metido — no puedo esperar hasta mañana, da igual quien nos atienda.
— Perfecto, pues ahora mismo no hay nadie, podéis pasar a la consulta dos.
— Estupendo, muchas gracias — le sonrío y me dirijo hacia donde me ha dicho.
La puerta está entreabierta, y yo, por educación y sabiendo que no es Julia la que está al otro lado, llamo con el nudillo de un dedo ya que llevo a Toby en brazos y no tengo movilidad completa en mis extremidades superiores.
— Pase — oigo del otro lado y yo empujo la puerta con ese mismo dedo que he usado para llamar.
Se me cae el corazón y la correa del arnés al suelo cuando veo quién es la veterinaria que va a atendernos.
¿Y si doy media vuelta y me voy? ¿Por qué Julia no me ha dicho que tiene a una persona nueva contratada?
Aunque, si me hubiera dicho nombre, apellidos y DNI, no hubiera sabido quien es.
Mierda, joder, me estoy poniendo nerviosa.
Siempre he pensado que los uniformes sanitarios son muy feos, pero acabo de cambiar de opinión.
Os la describo, a ver si adivináis quién es: pelo negro y liso, pestañas largas y negras, y unos ojos negros de mirada intensa.
— ¿Vas a quedarte en la puerta? — me pregunta mientras se agacha a coger la correa que aún sigue en el suelo, y me la entrega.
Al erguirse, me mira fijamente a los ojos durante unos segundos y siento como si me estuviera desnudando con ellos.
Dios…no he visto nunca una mirada tan penetrante.
Y yo otra vez me he quedado embobada y ella debe pensar que soy retrasada.
— Em…no.
— ¿Puedes decirme su nombre?
— ¿El del perro?
— Supongo que voy a atenderlo a él, ¿no? — ella se ríe simpática, pero yo no porque acabo de quedar peor y me estoy avergonzando.
— Sí, claro, se llama Toby. ¿El mío no lo necesitas?
— El tuyo no — teclea supongo que su nombre en el ordenador y vuelve a la mesa en la que estamos nosotros.
¿En serio? ¿No tiene ni una mínima curiosidad por saber cómo me llamo? ¿Se acordará de mí? ¿Bailó tan pegada a mí porque iba borracha?
— Bueno, cuéntame. ¿Qué le pasa?
— Estaba corriendo por el campo y se le ha metido una espiguilla justo al lado de la almohadilla de la pata.
— ¿Puedes sujetarlo y se lo miro? ¿O muerde?
— Él no.
— ¿Y tú? — me sonríe y veo la palabra “peligro” escrita en su cara, entre esa sonrisa perfecta y esos ojos tan penetrantes.
— Depende de las circunstancias.
— ¿Entonces tengo que ponerte el bozal a ti? — vuelve a sonreír y yo no sé qué me pasa con ella, pero tengo el corazón alterado desde que he entrado y se me altera más cada vez que me mira o me sonríe — porque el otro día te faltó poco para morderme con la contestación que me soltaste.
— Oye… — me tapo los ojos con la mano porque ya me había hecho ilusiones de que no se acordaría de mí y pensaba que no saldría a la luz — lo siento. Fui a hablar con mi novia, bueno, a dejarla realmente, y después volví para pedirte disculpas, pero ya no te encontré, así que te las pido ahora.
— Está bien, disculpas aceptadas. ¿Me lo sujetas? — me pregunta señalando a Toby.
Yo cumplo con lo que me pide y aprovecho para observarla mientras ella explora la patita.
Tiene la piel más morena que yo, cosa que no me parece excesivamente rara porque yo tengo el mismo color que Pegaso.
Y me encanta su tono de piel. Lleva muchas pulseras en la muñeca izquierda y cinco anillos en los diez dedos que componen sus manos.
Manos que, por cierto, tiene muy finas y bonitas.
Y yo tengo debilidad por las manos bonitas. ¿Ya puedo dar media vuelta e irme?
— Buen chico — le dice a Toby y le acaricia la cabeza — mira qué tengo para ti — le da una chuche, la cual él acepta encantado y se la traga con desesperación, sin masticar siquiera.
— Te juro que le doy comida en casa, no lo tengo muerto de hambre — me río, pero ligeramente porque no consigo sentirme relajada aquí dentro y con ella tan cerca.
— Mmm…déjame dudarlo — bromea, supongo — sí que tiene una espiguilla.
Ahora se la sacaré, se lo limpiaré y te daré antibiótico para evitar una infección — habla mientras se prepara los artilugios para llevar a cabo su tarea — Por la zona en la que está, dudo que llegue a infectarse porque es probable que no llegue a tocar el suelo, pero más vale prevenir.
— Perfecto.
— Ahora necesitaré que lo sujetes más fuerte porque lo más probable es que le duela y que intente apartar la pata.
— Vale.
Se acerca un taburete con ruedas, se coloca el flexo con la luz apuntando a la pata, coge las pinzas y se sienta.
— ¿Puedes sujetarlo así? — envuelve mi mano con la suya para indicarme la posición en la que debo aguantársela y yo siento que me altero más al notar ese contacto.
— Sí.
— ¿Puedes pronunciar dos palabras seguidas?
— ¿Para qué?
— Vale, conseguido dos seguidas. ¿Ahora tres?
— ¿Me estás vacilando?
— Conseguido también — se ríe y a mí me entran ganas de darle en la cara con la pata, pero me doy cuenta de que también me gusta el sonido de su risa y de que necesito que haga su trabajo antes de dejarle marcadas las uñas de Toby — no te enfades, solo estoy bromeando porque estabas siendo muy escueta.
— No me estabas haciendo preguntas con las que tuviera que explayarme demasiado.
— Tienes razón — sonríe pícara, seguro que porque me está contestando lo mismo que aquella noche — esto ya está.
Al ponerse de pie, me quedo mirando el cartelito que lleva con su nombre en el bolsillo del uniforme.
Nadia Nabih. No es española. No diría que tiene rasgos…
extranjeros. Por su cara, podría pasar perfectamente por española, pero ahora le encuentro sentido a ese pelo y a esos ojos tan negros. Y a esa piel un tono más morenito.
Siempre he sido malísima para ligar porque cuando me llama la atención una tía, pierdo las capacidades que podría tener para entrarle, me bloqueo.
Y, debido a eso, desde que he entrado por la puerta, parezco tonta.
Entre lo que le contesté el otro día y lo patética que estoy siendo hoy, sé que no va querer saber nada de mí, pero se me ha ocurrido una excusa, que seguramente es absurda, pero, aun así, voy a armarme de valor y voy a hacer el intento de quedar con ella.
A ver, no es que quiera ligar con ella, pero sí que me apetece tomar algo con ella.
Ahora que la he vuelto a ver, no me apetece desaprovechar la oportunidad.
Si no se lo pregunto, después viviré con el “run run” en la cabeza, me diré que soy una cobarde y viviré preguntándome qué habría respondido a mi pregunta.
Joder, estoy nerviosa, todo lo que estáis leyendo me está pasando por la cabeza a una velocidad asombrosa.
— Me… ¿Me dejas invitarte a un café o a una cerveza como disculpa por lo del otro día? — le echo ovarios al asunto y trato de aparentar tranquilidad, pero tengo serias dudas de que esté consiguiéndolo.
— No hace falta que me invites a nada, estás disculpada.
— Emm…vale…pues…nada, gracias por lo de Toby — le digo levantando la patita y ella sonríe.
— No hay de qué.
— Hasta luego.
— Hasta luego.
Vale…me acaba de rechazar. Qué puto bochorno.
Quiero morirme. Ahora sí que espero no volver a verla nunca más.
¿Cómo iba a decirme que sí? Si es que soy tonta, no sé en qué momento se me ha pasado por la cabeza la inútil idea de invitarla a algo.
Tendría que haberme quedado con el pico cerrado, con la boca callada estoy mucho más guapa y paso mucha menos vergüenza.
— Por cierto — habla ella.
— Dime.
— Si ves que se le inflama o le supura la herida, vuelve enseguida.
— Lo haré — miento.
¡Y una mierda! Solo volveré si está Julia. No quiero que mis ojos se crucen nunca más con el cartelito de Nadia Nabih.