CAPÍTULO 4
Han pasado tres semanas desde que dejé a Ana.
Sigo teniendo claro que no quiero estar con ella, en ningún momento he dudado y, además, me he dado cuenta de que estoy mejor sin ella.
Ahora me siento libre; puedo hacer lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero.
No me refiero a temas de mujeres, de eso no quiero saber nada, me refiero a que puedo salir con mis amigas siempre que quedan y que el trabajo me lo permite, puedo abrazarlas si me da la gana y puedo darles un pellizco en el culo si se me antoja.
No os penséis que estas tres semanas han sido fáciles, he tenido que lidiar con algunas discusiones con Ana y no permitir que mi corazón blandengue decaiga y la perdone solo porque me sabe mal que esté sufriendo.
Y tengo que confesar que no he conseguido quitarme de la cabeza a la morena.
Estaba intentando callármelo porque también me estoy sintiendo mal por eso, pero ya está, ya lo he dicho.
En mi defensa diré que ya no estaba enamorada de Ana, así que supongo que es normal que me fije en otra persona, ¿no?
Da igual, sea como sea, ni la he vuelto a ver, ni creo que vuelva a verla.
— Aquí tenéis, mis guapetones — les digo a mis niños al dejarles el cuenco con la comida, y automáticamente empiezan a tragar como si no hubieran comido desde la segunda guerra mundial.
Tengo un gato pelirrojo, que se llama Oliver porque cuando era pequeña me encantaba la película de “Oliver y su pandilla”, y además es como él.
Y un perro que se llama Toby. ¿Sabéis por qué?
Porque me encantaba la película de “Tod y Toby”, aunque el mío no tiene nada que ver físicamente con el de la peli.
El mío es algo parecido a un Pinscher, pero con mentalidad de Dóberman.
Tiene un genio de la hostia. Podría haber tenido un genio de la lámpara y solucionarme la vida, pero no, tiene un genio de mierda.
Aun así, lo quiero con locura, que conste.
A los dos los rescaté de la calle, por supuesto, y ahora son mi familia.
Ellos dos y mi piso son el pack al que yo llamo hogar.
Después de servirles la comida a ellos, me preparo yo el café y un sándwich. Me gusta levantarme con tiempo de sobra porque no me gusta ir con prisas por las mañanas porque después a lo largo del día ya tengo suficiente tiempo para ir estresada.
Soy fisioterapeuta y trabajo en dos sitios.
Cuando me saqué el título, puse una consulta en una habitación en casa de mis padres y, poco a poco, fui avanzando en mi vida.
Hace poco pude comprar un local y ahora tengo una clínica de fisioterapia en la calle perpendicular a la mía.
Además, voy tres días a la semana a un centro geriátrico, cosa que me hace muy feliz porque me encantan los viejitos, la mayoría son adorables.
¡Ah! Y no os olvidéis de que también soy voluntaria en la protectora de animales.
Que conste que no me estoy quejando por tener tantos compromisos, ¿eh?
En realidad, es lo que quiero, lo que me llena y lo que me hace sentirme útil.
Al final, el único horario que tengo obligatorio es el de la residencia porque tengo un contrato de trabajo por cuenta ajena, pero lo demás me lo administro yo como quiero.
Hoy es miércoles, así que me toca ir al geriátrico por la mañana, y por la tarde a la clínica.
Hay una viejita, Conchi, que tiene noventa y un años, y mi corazón robado.
Tiene artrosis desde hace media vida, así que es mi paciente desde que empecé a trabajar.
También tiene una demencia importante, pero es que con esa edad no se le pueden pedir peras al olmo.
Yo le repito las cosas todas las veces que hagan falta.
Si tuviera que contar todas las veces que me ha preguntado si tengo novio…
y las veces que le he respondido que en el caso de que tuviera, sería novia.
Ella siempre se horroriza, pero en plan divertido, así que me encanta hacerle saber que me van las tías porque me río con sus reacciones y al final me sigue queriendo igual.
Llego a la residencia y la primera paciente que tengo es ella, así que ya siento que voy a empezar bien la mañana.
— ¿Cómo van las clases de bachata? — me pregunta ella por enésima vez desde que la conozco.
Iba a clases hace tiempo, hasta que empecé a salir con Ana.
Ella no quería venir conmigo, así que tuve que dejarlo para que “no me metieran mano”.
Y Conchi, sin duda, se ha quedado en el año en el que sí que iba a clases.
— Hace tiempo que no voy, Conchi. ¿Quiere que nos apuntemos usted y yo? Podría ser mi pareja, bailaríamos de maravilla — le pregunto mientras aplico terapia manual a las articulaciones de sus manos.
— ¡¿Cómo vamos a bailar de maravilla si me duelen hasta las pestañas?! ¿Y qué pensaría la gente si nos ven bailar juntas a dos mujeres?
— Conmigo están acostumbrados, yo solo bailo con mujeres.
— Espero que no estés queriendo decir que eres una degenerada de esas — me amenaza con el dedo de la mano que tiene libre.
— Sí que lo soy, sí.
— ¡Ay, Dios! — exclama mirando al techo — endereza el camino de esta pobre chica.
Yo me río, ignoro sus palabras y procedo a hacer que se horrorice más porque sé por dónde llevarla para conseguir convencerla de que las mujeres son mejor que los hombres.
— El otro día conocí a una morena que…uff — hago un gesto con la cabeza y con la cara como si ya se me estuvieran cayendo las bragas al pensar en ella — estaba de “toma pan y moja”.
— ¡Serás descarada! — se queda boquiabierta, sin poder procesar que le esté diciendo algo así, y yo me río más.
— ¿A usted cuantos orgasmos le dio Antonio?
— ¡Mi Antonio no me dio ni uno! He oído hablar de eso, pero no sé qué es exactamente porque a mí no me dio nada que me resultara muy agradable. Si te soy sincera, me aburría en la cama, yo no entiendo cómo los hombres pueden tener tanta obsesión con eso.
— Pues yo se lo explicaré: es una cosa que te dan y te da un placer tan extremo que no se puede explicar con palabras, ni se parece a nada que pueda describirle. ¿Y sabe qué? — bajo la voz con la pregunta, como si fuera a contarle un secreto.
— ¿Qué? — me pregunta realmente interesada y también susurrando para que no nos oiga nadie, aunque estemos solas en esta habitación.
— Que algunos hombres no saben darlo, pero las mujeres sí, por eso me gustan.
— ¡Anda que no eres lista tú! ¡Ojalá hubiera sabido yo eso cuando era joven! ¡Otro gallo hubiera cantado!
¡Objetivo conseguido! Es más fácil de adiestrar que Toby.
— ¿Entonces ya entiende que me guste esa chica morena?
— Ay hija, y que tú le gustes a ella si sabes dárselo también — me dice comprensiva y yo carraspeo porque me atraganto con mi propia saliva al pensar en lo que acaba de decir — ¿Sabes?
Queda feo que lo diga yo, pero a estas edades ya no tengo ninguna vergüenza, así que te lo digo: yo era tan guapa como tú.
Alta, rubia y con unas buenas delanteras — hace un gesto con la mano libre por delante de sus pechos y yo sonrío al verla — tenía locos a todos los chicos, pero, con el paso de los años, todo se va hacia abajo, en los ojos aparecen cataratas y la mente se va nublando.
Así que aprovecha tu belleza ahora que eres joven y haz lo que te dé la gana.
¿Ya tienes hijos? Porque si los tienes no vas a poder hacer lo que te dé la gana.
— No, Conchi, ni hijos ni pareja.
— ¿No tienes novio? Entonces sí que puedes hacer lo que quieras.
Me río antes de contestarle porque no hace ni cinco minutos que le he hablado de la morena y ya no se acuerda.
— ¿No hemos quedado en que me gustan las mujeres?
— ¡Ah sí! Niña, he tenido un lapsus. Hay una morena a la que quieres darle orgasmos.
— ¡Ay dios! Conchi… — de lo que quiere sí que se acuerda, así que la amenazo con el dedo — eso no se lo cuente a sus amigas, ¿eh?
— ¿Cómo que no? Con la de cosas que aprendo contigo…
y eres la única que me trae noticias fresquitas del exterior.
Paquita dice que va a inventarse un dolor de cadera para que tengas que atenderla también.
Ya verás qué contenta se pone cuando le diga que tienes novia y que esas sí que saben dar orgasmos.
Tierra trágame. Me parece que mi objetivo se ha torcido un poco. Solo espero que cuando llegue al salón en el que están las otras ancianas ya no se acuerde de nada de lo que hemos hablado.
— Conchi, esa chica no es mi novia y tampoco quiero darle orgasmos, se lo había dicho de broma.
— ¡Pero bueno! ¿Tú te has pensado que yo soy tonta o qué? Que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Porque ya te digo yo que la que sí que ha sido tonta ha sido tu sonrisa cuando has hablado de ella.
Tierra trágame por segunda vez. ¿Pensaba que iba a vacilar yo a una vieja de noventa y un años? ¡Ja! Apañada iba…
— A ver…vamos a hacer un trato — le digo yo.
— ¿Qué trato? Porque no me fío de ti — vuelve a amenazarme con el dedo — estás demasiado espabilada.
— Mire, usted me guarda el secreto de momento, que no se entere nadie, y yo en cuanto haya novedades con la morena, se lo cuento a usted enseguida.
Será la primerísima de aquí en saberlo. ¿Trato hecho?
— le extiendo la mano y espero a ver qué hace.
Ella se lo piensa unos segundos y estira su brazo para estrechar mi mano.
— Trato hecho.
Suelto el aire aliviada porque creo que así puedo estar salvada de ser la noticia principal de la residencia. Hoy no lo contará y con un poco de suerte, mañana no se acordará. Y pasado mañana que es cuando vuelvo, mucho menos. Además, no habrá nuevas noticias, así que finalizará el asunto.
Al final no se me ha dado tan mal adiestrarla.