CAPÍTULO 3
He perdido poco tiempo desde que Ana ha desaparecido de mi vista, pero tiene que haber caminado también a pasos agigantados porque no coincido con ella por ninguna calle.
Llamo al timbre, pensando que no me abrirá y cagándome en todo porque no me apetece ni lo más mínimo irme a dormir sin haber solucionado esto. Pero, para mi sorpresa, me abre. Subo las escaleras de dos en dos y me espera apoyada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados.
— Vaya, sí que has conseguido que se corra rápido — me dice al verme.
— En ningún momento he tenido intención de hacer que se corra.
— ¿No? Pues tu manera de mirarla no decía lo mismo que dice tu boca ahora.
Ignoro sus palabras y entro en su piso porque no pienso montar ningún numerito en el pasillo. Eso sería un caramelito muy apetitoso para los vecinos y a mí no me apetece ser la golosina de nadie en estos momentos. No tengo el chichi para farolillos.
— Estoy harta, Ana.
— ¿De qué? ¿De ponerme los cuernos? — me pregunta muy serena, como si, en el caso de que fuese así, no le importara.
— ¡Deja ya de decir estupideces! ¡En mi puta vida te he puesto los cuernos!
— esta vez soy yo la que sí que grita. Me repatea levantar la voz, pero es que llevo demasiado tiempo aguantando y ya me supera esta situación.
Y lo peor de todo es que hoy ha sido la primera vez que he bailado así, tan pegada a una desconocida, y tenía que pillarme y tener aparentes razones para dudar de mi fidelidad.
— Permíteme que lo dude…
— Claro que vas a dudarlo, en ningún momento he sospechado que serías capaz de confiar en mí.
Me dejo caer en el sofá, apoyo mis antebrazos sobre mis rodillas, cierro los ojos con fuerza y cojo una gran bocanada de aire lentamente.
No es que quiera solo llenar mis pulmones de aire, es que necesito llenarme de valor para hacer lo que voy a hacer.
Levanto la cara para poder mirarla y procedo a hablar.
— Reconozco que ha estado mal por mi parte ocultarte que iba a salir, pero esto no hubiera pasado si no me tuvieras siempre atada de pies y manos.
No lo aguanto más, Ana, no pienso pasarme la vida así, no quiero que mis compañeros de viaje sean tus celos.
Quiero a mi lado a una persona que confíe en mí, que no me corte las alas, que me deje elegir entre volar a veces con ella o a veces sola.
No quiero quedarme encerrada en casa cuando mi pareja trabaja porque no me permite juntarme con otras personas.
De hecho, ahora mismo ni siquiera quiero a una persona así, quiero estar sola.
Veo que le cambia la expresión del rostro en una milésima de segundo.
Supongo que no estaba entendiendo lo que quiero decir hasta que he pronunciado la última frase, y ahora es cuando ella se ve entre la espada y la pared y va a comportarse como una persona normal y a olvidar los celos. Me conozco de sobra este proceso.
— ¿Qué estás diciendo, Iris?
— Que no quiero estar contigo.
— Has bebido, cariño, es normal que ahora estés confundida por…
— No — la corto — sé muy bien lo que estoy diciendo y lo tengo muy claro, no estoy borracha si es lo que piensas.
Esto no viene de ahora, Ana, hace tiempo que estoy aguantando por ti, pero no puedo más, tengo que mirar también por mí.
Y no es justo ni para ti ni para mí que esté contigo sin querer estarlo.
— Iris, párate a pensar, por favor — se arrodilla delante de mí y me coge las manos, con lágrimas en los ojos — piensa en lo felices que hemos sido juntas.
No puedes echarlo todo por la borda porque haya reaccionado mal al verte bailar pegadísima a otra tía.
Es normal que me moleste, ¿no? Te quiero muchísimo, y me ha matado verte así con esa chica.
— No es esa chica, Ana, es cualquier chica. Da igual lo que haga, voy a estar esclavizada toda la vida si sigo contigo.
— Cambiaré. Te prometo que cambiaré, pero no me dejes — sigue llorando y a mí me está partiendo el corazón, lo juro. Esto es el pez que se muerde la cola, siempre es lo mismo, cada discusión por los celos termina así, pero esta es la última que tendré, no puedo seguir amargándome la vida.
— No cambiarás.
— Lo haré, te demostraré que sí que puedo cambiar.
— Por favor, Ana, haz un esfuerzo por entender que ya no quiero estar contigo. Para mí esto es muy difícil, te lo prometo, porque no quiero hacerte daño, pero no me queda otra opción.
— ¿Me estás dejando por ella? Dime qué tengo que hacer para ser mejor que ella y lo haré — siguen brotando lágrimas de sus ojos y yo estaba tratando de contenerme, pero ya no consigo evitar llorar también. Me duele muchísimo verla así.
— No te estoy dejando por nadie, no hay nadie más, lo hago por nosotras, porque solo nos hacemos daño. Con esa chica ni he hablado, no sé ni cómo se llama, solo hemos bailado y justo has llegado en ese momento.
— ¿Y entonces?
— ¿Qué es lo que no quieres entender, Ana? — apoyo el codo en mi muslo, la frente en la palma de mi mano y niego con la cabeza porque esto es una conversación sin fin.
— Que me dejes solo por mis celos. Eso debería indicarte que me importas, si me fuera indiferente lo que haces, significaría que no me importas.
— Lo tuyo es extremo, no es normal, y no pienso cargar con eso toda mi vida.
— Ya te he dicho que cambiaré, no sé qué más puedo decirte.
— Por favor, acepta que no quiero seguir con esta relación, no me lo pongas más difícil de lo que ya es para mí.
— ¿Difícil para ti? ¡Difícil es para mí! Seguro que tú piensas que te estás quitando un peso de encima.
— No pienso seguir discutiendo tontamente, yo ya te he dicho lo que tenía que decirte. Lo siento, pero aquí y ahora se termina nuestra relación — me levanto del sofá y me dirijo a la puerta.
— ¡Venga, vete a buscar a la morena, no seas tan patética de dejarla con las ganas! — me grita sin moverse del sitio.
— ¿Ves como nunca cambiarás? — me giro para hablarle — Me estás dando la razón.
— Zorra…
Salgo por la puerta sin contestarle nada al que espero que sea el último insulto que me dedica.
Y sí, salgo con intención de ir a buscar a la morena, pero no para follármela como dice Ana, sino porque siento la necesidad de pedirle perdón.
Si no lo hago, no me quitaré la espinita de dentro.
Me considero buena persona y no viviré tranquila pensando que le he contestado mal a una persona que de momento no me ha hecho nada para merecerlo.
Sigo llorando durante el trayecto hasta Nébula.
En una cosa sí que tenía razón Ana: al dejarla, siento que me he quitado un peso de encima.
Pero aun así, me siento mal porque sé que a ella le está doliendo y porque, aunque tenga claro que no quiero estar con ella, al principio nuestra relación fue bonita.
Y me jode que todo haya salido mal y que se termine por sus estúpidos celos.
Ahora mismo siento una mezcla de pena, rabia e impotencia, y por eso no puedo parar de llorar.
Hago un esfuerzo por cesar mis lágrimas, me las seco tal y como puedo con las manos y entro a Nébula.
Recorro todo el local con la vista, pero desde aquí no veo a la morena por ningún lado, a mis amigas sí, así que me acerco a ellas porque Marina debe de estar preocupada.
Estoy segura de que me habrá escrito, pero yo no he mirado el móvil en ningún momento.
— ¡Tía! — me coge de la cara, poniendo las palmas de las manos en mis mejillas — ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacía Ana aquí?
— ¿Vamos afuera? No me apetece estar aquí levantando la voz para que me oigas al hablar.
— Sí, claro, vamos.
Inconscientemente, me coge de la mano para dirigirnos al exterior, pero me la suelta enseguida, como si le hubiera dado un calambre.
Cuando salimos Ana y yo, mira mal a mis amigas si me cogen de la mano, así que Marina sabe que eso no debe hacerlo.
Es muy fuerte, ¿eh? Pero es así. Yo vuelvo a cogérsela y ella se queda sorprendida mirando la unión de nuestras manos.
No sé si será porque ya ha atado cabos y sabe por qué estoy atreviéndome a cogérsela o si es porque está acojonada de que nos vea y se la líe a ella también.
— En realidad no me he interesado mucho por saber qué hacía aquí — hablo al estar ya afuera y sin ruido — supongo que era mentira que trabaja esta noche, sospechaba algo de que iba a salir y ha venido a controlar.
— Y justo ha llegado en el momento en el que estabas bailando con la chica esa. Muy oportuna… ¿Te la ha liado mucho? — me pregunta preocupada.
— Me la hubiera liado igual si solo hubiera estado hablando con ella, así que el hecho de que estuviéramos bailando no cambia mucho las cosas.
— Eso es verdad.
— La he dejado.
— ¡¿Qué?! ¿Estás hablando en serio? — me mira boquiabierta.
— Sí.
— ¡Hostia puta! ¡No me lo puedo creer! ¡Ay!
— da un gritito de alegría, me salta encima y se queda agarrada a mí como una garrapata — ¡Oé, oé, oé!
— grita levantando un brazo, como si acabara de ganar la Champions — ya era hora, ¡joder!
— me da un pico ahora que sabe que es libre de hacerlo y baja al suelo por fin — por cierto, ¿cómo estás tú?
— Pues estoy bastante hecha mierda, no es agradable dejar a tu pareja, aunque tenía motivos de sobra para hacerlo.
— Ya…debería haber disimulado un poco mi alegría, ¿no? — me mira ahora como miraría un niño que acaba de hacer algo mal y que quiere que lo perdonen.
— Un poco sí.
— Pues lo siento, pero me alegro mucho — hace un movimiento de mano para restarle importancia a que haya expresado tanta alegría — ¿Y la morena qué?
— La morena nada, solo hemos bailado una canción, no sé qué mundo de fantasía os montáis todas en la cabeza.
— ¡Niña, te estaba comiendo con la mirada! Y tú no te quedabas atrás…
— ¡Dios! — volteo los ojos porque son insufribles — ¡Qué calvario tengo con todas las mujeres que me rodean!
Veis cosas donde no las hay. Además, estaba cabreada con Ana y le he hablado mal a ella sin comerlo ni beberlo, y ella ha sido muy educada y no me ha mandado a la mierda, pero seguro que ganas no le han faltado.
Entre otras cosas, he venido con intención de disculparme con ella, pero creo que ya no está.
— Yo hace rato que no la veo.
— Bueno, no pasa nada, es muy probable que no la vuelva a ver en mi vida.
— Y si la ves, te la camelas y se le olvida lo que sea que le has dicho.
— Marina, acabo de dejar a mi pareja. Tú estás contenta por ello, pero yo estoy mal, no estoy pensando en ligarme a otra.
— ¿Estás segura? — me pregunta pícara.
— Segura — contesto unos segundos después.