CAPÍTULO 2
Mi relación pende de un hilo porque puedo afirmar que no es una relación sana.
No sé muy bien por qué estoy aguantando, supongo que porque sé que en el fondo es buena persona, pero el problema es que le pueden los celos.
¿Estoy enamorada? Es difícil responder a esa pregunta.
Mi problema creo que es que no lo estoy, pero aún no he dado el paso de aceptarlo al cien por cien.
Y eso que me mata su actitud y me jode muchísimo que nos estemos peleando cada dos por tres por culpa de sus paranoias mentales, pero cuando estás metida en una relación es difícil dar el paso de cortarla.
Yo nunca le he dado motivos para que desconfíe de mí, así que no consigo entender sus reacciones.
Yo antes era muy de darle picos inocentes a mis amigas, pero tuve que dejar de hacerlo por ella.
Desde que tuvimos la primera discusión por ese motivo, ya nunca más me ha visto darle un pico a otra persona.
Ni siquiera las abrazo, ni les doy un mísero beso en la mejilla.
Ya solo me falta ponerme el hábito, meterme en un convento de clausura y dejar que los pelos del chichi me crezcan hasta las rodillas.
Debido a sus celos, he terminado ocultándole cosas.
Sé que no es lo correcto y no me siento orgullosa de ello, pero es la única salida que veo para evitar discusiones.
Discusiones que no son ninguna tontería, a veces termina gritándome e incluso insultándome.
Y después viene a pedirme perdón, a excusarse con los celos, que dice que no sabe controlarlos, y a darme cariño como si nada hubiera pasado.
Y yo, tonta de mí, me ablando y la perdono.
Tampoco está bien lo que hago yo, lo sé, soy consciente de ello, pero es que no sé cómo hacerlo. Lo más sensato sería que la deje; ocultarle cosas no soluciona nada y al fin y al cabo nos estamos haciendo daño de una manera o de otra.
Ana, mi pareja, trabaja esta noche, y yo he quedado para salir con mi amiga Marina, pero no pienso decírselo a Ana.
Si se lo digo, sé que voy a terminar encerrada en casa porque no va a parecerle bien, va a pensar que me liaré con todas las mujeres que pasen por delante de mis ojos.
Y nunca, repito, nunca me he liado con alguien desde que estoy con ella.
Opino que el respeto es lo último que hay que perderle a una persona, aunque ella a mí me lo pierde todas las veces que me insulta.
Estoy esperando a Marina en Índigo, el bar en el que solemos quedar para cualquier cosa. Da igual si es para tomar un café para hablar de temas relacionados con la protectora o si es para tomar un cubata cargadito antes de ir a Nébula, la discoteca a la que solemos ir y que es solo para mujeres.
— Tía, tendrías que haber visto lo contenta que se puso la perrita cuando vinieron sus nuevas mamis a por ella a la peluquería, fue como si estuviera ya enamorada de ellas sin conocerlas — me dice Marina al llegar a mi mesa.
— Hola a ti también. Llegas tarde y ni saludas.
— ¡Ah, sí! ¡Hola! — y se ríe ella sola.
— Me alegro mucho de que se pusiera tan contenta — sonrío porque a mí también me dieron buena impresión y confío en que esté en buenas manos — tendremos que celebrarlo, ¿no?
— ¡Por supuesto! ¡Dos ron-cola, por favor!
— le grita a la camarera que está en la barra.
Sabe equilibrar la balanza desde la poca educación de gritar a distancia hasta la educación del “por favor”, aunque si yo fuese la camarera, le tiraría el ron a la cabeza.
Pero es así y dudo que cambie a estas alturas de la vida, y yo la quiero tal y como es — ¿La idiota de tu novia sabe que vas a salir?
— Si lo supiera, no estaría aquí.
— Tienes razón. Tengo las neuronas lentas hoy.
— Las tienes todos los días — ahora me río yo.
— ¡Cuidado! Que si esta chica se presenta a un concurso de humoristas, ganaría seguro porque tiene una gracia tan grande que se la pisa mientras camina — ironiza y yo me río más.
Seguimos charlando entre risas y cubatas y, en cuanto vemos que es una hora decente para cambiar de ubicación, pagamos y nos dirigimos a Nébula.
Antes de entrar y sabiendo que después poco miraré el móvil, le doy las buenas noches a Ana por WhatsApp evitando decirle que estoy en la cama, porque si digo eso ya no sería solo ocultación de información, también sería mentir.
Cuando llegamos a la barra para pedir, coincidimos con dos chicas que no son de nuestro grupo de amigas, pero con las que tenemos buena relación y nos hemos juntado unas cuantas veces.
Con una de ellas me lie hace muchos años y si Ana estuviera aquí, no me dejaría ni saludarla, pero como no está, decidimos tomarnos un chupito con ellas y dirigirnos a la pista a bailar, también con ellas.
Hoy por hoy, esa chica no me despierta ni lo más mínimo, así que no hay problema con estar con ella, aunque Ana no quiera entenderlo.
Bailamos, bebemos y lo pasamos en grande.
Julia me hace dar una vuelta sobre mí misma mientras bailamos y, mientras estoy girando, mi mirada se cruza fugazmente con la de una chica.
No puedo evitar girarme para volver a mirarla porque me deja hipnotizada.
Todo en ella es del mismo color, menos la piel.
Tiene el pelo negro, unas cejas perfectamente delineadas negras, las pestañas largas, densas y negras, y me parece que los ojos son del mismo negro intenso.
Una parte de mí está deseando acercarse a ella para verlos de cerca y comprobar cómo son, pero tiene que haberse dado cuenta de que me he quedado embobada y está sonriendo.
Y ahora es cuando el bochorno que siento me hace dar media vuelta y tratar de disimular que la estaba mirando.
Marina se agacha, pone ambas manos a ambos lados externos de mis tobillos como si estuviera cogiendo algo y las sube hasta mi cintura.
— ¿Se puede saber qué haces? — le pregunto yo.
— Volver a ponerte las bragas, que se te han caído al ver a la morenaza.
— No se me han caído.
— Sí que se te han caído.
— ¡No!
— ¡Sí!
— ¡Cállate! — la corto, porque sino esto va a ser interminable.
— La que creo que se va a callar eres tú.
— ¿Yo? ¿Por qué?
— Date la vuelta.
Sin pararme a pensar, me doy la vuelta, y la morena está a escasos centímetros de mí.
Se me corta la respiración y se me acelera el corazón porque no me esperaba encontrármela tan extremadamente cerca.
Vuelve a sonreír, y de fondo oigo “Reggaetón lento”, de CNCO.
Digo “de fondo” porque mis oídos ahora mismo no funcionan como deberían.
De manera suave, siento cómo posa sus dos manos en mi cintura, se acerca a mí y empieza a bailar al ritmo de la música.
Yo tardo unos segundos en reaccionar, pero termino adaptándome a sus movimientos.
Al ver que no pongo resistencia, se acerca hasta que nuestros cuerpos quedan pegados y ahora sí que puedo ver la intensidad de esos ojos negros, que me atraviesan hasta el alma.
Su olor llena mis fosas nasales de un aroma que me resulta tan dulce que, si fuera algo tangible, me entrarían ganas de comérmelo.
Por unos segundos, pienso que no está bien lo que estoy haciendo porque siento que esta chica me atrae, no es como las amigas con las que estaba bailando hasta ahora.
Pero, por otro lado pienso que mientras no le ponga los cuernos a Ana, no hay problema, así que me dejo llevar y disfruto de este reggaetón con ella.
La ropa que lleva también es negra: camiseta de tirantes, pantalón y, como extra, lleva un tatuaje enorme en el brazo, de una catrina, que la da un toque de malota que no puedo evitar que haga que me atraiga más.
Nos adaptamos a la perfección con cada movimiento y yo siento que mi corazón está revolucionado todo el rato.
En cierto momento acerca su cara a la mía, veo peligro porque sus labios carnosos están cerca de los míos, así que rezo para que no tenga intención de besarme porque me jodería tener que rechazarla.
De repente, algo me empuja con tanta fuerza que mis labios sí que llegan a tocar los suyos, pero con un golpe que me causa dolor, así que supongo que a ella también.
Le pido disculpas y me doy la vuelta para ver qué gilipollas ha sido tan poco cuidadosa para que pase esto, y veo a Ana con la cara roja, encendida por la ira que debe de estar sintiendo.
Veo que se dispone a salir del local a pasos agigantados, así que voy detrás de ella a la misma velocidad porque creo que le debo una explicación.
La he cagado bien cagada. Juro que tenía claro que con esa morena no hubiera hecho nada que no sea solo bailar, porque tengo novia, pero también tengo claro que eso Ana no va a creérselo.
— ¡Eres una puta zorra! — me grita cuando llegamos al exterior.
— ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Tú no tenías que estar trabajando?
— Ibas a comerle la boca a esa tía — señala detrás de mí, e instintivamente me giro y veo que la morena también ha salido — ¡¿y lo único que se te ocurre es preguntarme qué hago aquí?! — sigue gritando.
— Yo no iba a comerle la boca a nadie, solo estábamos bailando.
— ¿Que no ibas a comerle la boca? ¡Si solo te ha faltado meterle la mano por dentro de las bragas y follártela ahí! ¡Se veía a metros lo cachonda que te estaba poniendo!
— Dios…qué puta vergüenza — me tapo la cara con las manos porque, si ya me había avergonzado que la morena me pillara mirándola, mucho más me avergüenza lo que está diciendo Ana, aunque solo sean paranoias suyas.
Me atrae la morena, sí, pero no me pongo cachonda por bailar con una tía de la cual no sé ni su nombre — vamos a mi casa y hablamos tranquilamente allí, ¿vale?
— ¡¿Hablar?! No tengo nada que hablar con una guarra como tú, me ha quedado todo muy claro. Después dices que no tengo motivos para ser celosa y, por una vez que se me ocurre venir a comprobar cosas con mis propios ojos, me encuentro con que has salido a mis espaldas e ibas a liarte con una furcia.
La morena sigue aquí contemplando el espectáculo y veo que da un paso hacia adelante, como si quisiera cantarle las cuarenta porque acaba de insultarla a ella también, pero se contiene y no avanza más ni abre la boca.
— Pero ¡¿tú me has visto besarla?! — le grito yo ahora porque me está haciendo enfurecer.
— ¡No me ha hecho falta, tu mirada y tus acciones lo decían todo!
— Vamos a casa, por favor, aquí no es lugar para hablar de esto.
— Yo me voy, pero a mi casa, y que no se te ocurra venir, tú quédate con esa y termina lo que has empezado, que la has dejado babeando. Podéis guarrear todo lo que os dé la gana. A saber con cuantas lo habrás hecho…
Me mira con desprecio, se da la vuelta y se va.
Yo me cabreo más al escuchar sus palabras, como si yo fuera una depredadora sexual que va acostándose con todo lo que se mueve.
Durante unos segundos me pregunto si debería ir detrás de ella o no, pero decido quedarme donde estoy porque estoy tan cabreada que, si la sigo, me pondré a su nivel y vamos a gritarnos las dos, no solo ella.
— ¿Es tu novia? — pregunta la morena.
— Sí.
— No deberías dejar que te insulte así.
— Y tú no deberías meterte donde no te llaman.
— Tienes razón — me mira como si la hubiera decepcionado mi reacción y vuelve a entrar a Nébula.
En el mismo momento en el que desaparece por la puerta, me arrepiento de haberle contestado así. Estoy enfadada con Ana y lo he pagado con ella, que no tiene la culpa de nada. Soy gilipollas. Soy una grandísima gilipollas.
Ahora me pregunto si ir detrás de ella y disculparme, pero imagino que en el fondo le dará igual que una gilipollas desconocida le haya contestado mal, seguramente mañana ni se acordará de mí, así que decido hacer caso omiso a lo que me ha dicho Ana y me dirijo a su casa porque no pienso dejar la discusión abierta.