Un beso de los tuyos
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CAPÍTULO 1
Si algún día me veis encerrada en casa, podéis preocuparos.
Mis amigas y mis padres dicen que soy un culo inquieto.
Y lo soy, no os lo voy a negar, razón no les falta.
Pero es lo que hay, ¿qué le vamos a hacer?
Ya estaré quieta cuando mi residencia definitiva sea una caja de pino enterrada bajo tierra o metida en un agujero en la pared.
O una urna. A mí me da igual lo que hagan con mi cuerpo cuando me muera, solo tengo clara una cosa: no quiero que se gasten dinero en flores porque no voy a poder ni verlas ni olerlas.
Además, donde deben de estar es en la naturaleza, no muriéndose en un cementerio o en un jarrón. Para muertos, los de las tumbas.
Voy paseando por las afueras de la ciudad, por zona de campo. Me gusta mantenerme activa, pero nunca he sido de ir a correr ni al gimnasio, pero ¿caminar? Puedo pasarme horas.
— ¡Qué hijos de puta! — hablo yo sola al ver a un perrito que no necesita hablarme para hacerme saber que está abandonado.
Me pongo de cuclillas poco a poco, para que mi estatura sea más parecida a la suya y que, quizás, pueda sentirse menos amenazado.
Aun así y a pesar de que no hace frío, sino calor, está temblando.
No puedo verle los ojos porque es una bola de pelo, pero no en plan peluche adorable; está hecho mierda, sinceramente.
Tiene pinta de ser un Bichón Maltés, o un Caniche, o un híbrido de vete tú a saber qué razas.
Pero la cuestión es que es un perro de pelo largo y que nunca habrá pasado por una peluquería ni por un mísero peine casero.
El color de pelo que tiene es sucio, no sabría decir de qué color es originalmente, y está lleno de rastas y espigas.
Ese “hijos de puta” se queda corto para describir a quién sea que se ha hecho cargo de este perro hasta día de hoy.
A esos sí que no deben ponerle ni flores, ni urna, ni caja de pino cuando se mueran.
— Hola, guapetón — miento con tono dulce para ver si me lo gano.
Bajo ningún concepto consentiré que este perro siga abandonado.
Ahora está feo, sí, pero cuando pase por chapa y pintura va a ser una monada.
Y aunque después descubriera que está deforme, igualmente será una monada. ¿Para qué negar lo evidente?
Antes de acercarme más a él, saco la botella de agua que llevo en la mochila.
Por suerte, no es de las de plástico del supermercado; llevo una botella térmica con un tapón bastante generoso.
La destapo, lo lleno de agua, lo dejo en el suelo y voy empujándolo poco a poco hacia el perrito.
Él da unos pasos hacia atrás, pero inseguro, como si no tuviera claro si quiere alejarse o no.
Dejo el tapón a una distancia prudencial de mí y me siento en el suelo a esperar pacientemente hasta que decide acercarse a beber como si no hubiera un mañana.
— ¡Muy bien, campeón! ¿Quieres más? — le pregunto con un tono simpático y me parece ver un ligero movimiento en su colita. Vamos bien. Estiro el brazo con la botella, él se aparta un poco y yo vuelvo a llenarle el tapón.
Repetimos el proceso cinco veces, y la quinta no se termina el agua.
Vuelvo a estirar el brazo, pero esta vez sin botella, y lo mantengo en esa posición hasta que se acerca a olerme y hasta que siento la necesidad de aguantármelo con el otro brazo porque ya empieza a dolerme por tenerlo suspendido en el aire.
Al comprobar que me lo estoy ganando y que es un perro dócil, saco el móvil y llamo a mi amiga Julia para que venga a mi rescate porque estoy demasiado lejos para llevarlo en brazos hasta su clínica veterinaria.
— Dime — me contesta al tercer tono.
— ¿Estás trabajando?
— Sí, ¿por?
— ¿Podrías escaparte un momento? He salido a caminar y he encontrado a un perro abandonado, y estoy muy a las afueras de la ciudad.
— Te mato. ¿Por dónde estás?
— Desde aquí veo las Bodegas Benavides, pero estoy aun más apartada, tendría que mandarte la ubicación para que nos encuentres.
— Mándamela, atiendo a un gato y voy.
— Perfecto, ¡eres la mejor!
— Suerte tienes de que te veo solo como amiga, porque si tuvieras que pagarme con carne, sería la más follada de la ciudad.
— Querrás decir con pescado — sonrío, aunque no pueda verme.
— No me líes, ahora voy.
***
Llega mi salvación. Yo he tenido tiempo de ganarme completamente al perrito, así que va a ser pan comido cogerlo y llevárnoslo. Es desconfiado, pero también es muy dócil y se nota que está necesitado de cariño.
— ¡Dios mío! Pero ¡¿qué puta aberración es esta?! — grita Julia al verlo — ¿Cómo puede existir gente que deje que un ser vivo llegue a este extremo? ¡Yo quemaría vivos a todos esos engendros del mal!
— No lo sé, te juro que yo tampoco entiendo cómo pueden hacerlo, pero aquí estamos tú y yo para salvarlo — sonrío con orgullo — lo pondremos guapo y le encontraremos a una familia que sí que le dé el amor y los cuidados que se merece.
— ¿Crees que puedes cogerlo?
— Sí, estoy segura de que sí.
— Pues venga, vámonos pitando de aquí, no hay tiempo que perder.
Lo cojo en brazos, subo a la parte trasera del coche y lo dejo sobre mi regazo, cosa a la que no se opone.
A mí se me ensancha el corazón al ver que quiere estar conmigo, pero al mismo tiempo me da una pena inmensa no poder llevármelo a casa y encargarme personalmente de que tenga una buena vida.
Os prometo que, si pudiera, me los llevaría a todos, pero, por desgracia, no es posible porque no vivo en una mansión de campo.
Aunque os aseguro que si algún día me toca la lotería, será eso en lo que invertiré el dinero.
De momento, me conformo con ser voluntaria en la protectora de animales y con tener un perro y un gato en casa.
Llegamos a la clínica veterinaria. Julia es propietaria de la planta baja del edificio, que no es pequeña, y está dividida en dos partes: la clínica y un parking para que los clientes puedan dejar el coche cuando vienen a la visita.
— De momento le haré una analítica para ver si está todo bien — me dice mientras se pone los guantes — pero necesito que presiones a Marina para que le quite esa burrada de rastas lo antes posible porque así no puedo ni acceder a mirarle las orejas.
— Lo haré, no lo dudes.
— Diría que es una hembra — la mira por debajo — pero estoy en las mismas; no se ve claramente. A lo mejor tiene el pajarito escondido en ese matorral…
— Menos mal que cuando quieres eres fina…
— Cuando quiero no, siempre — miente descaradamente — mira qué tengo por aquí — le dice a la… ¿perrita? ¿perrito? Con una cuche en la mano, la cual se traga sin apenas masticar — ¿trabajas hoy?
— Sí, esta tarde, pero empiezo a las cuatro.
— Perfecto, pues vete a la trastienda y dale una lata de comida porque tiene que estar desesperada por comer.
Y agua, toda el agua que quiera beber. Yo analizaré la sangre para ver si hay que darle medicamentos y después te la llevas, y cuando pase por la peluquería ya le haré un chequeo más completo y la vacunaré.
***
Después de comerse la lata entera y de beber dos cuencos de agua, aparece Julia con los papeles de la analítica en la mano.
— Pues dentro de lo que cabe está bastante bien, solo tiene una anemia leve y un poquito de deshidratación.
Voy a ponerle un suerito subcutáneo, te daré unas latas que le irán bien para la anemia, llévatela a la protectora, ponla en cuarentena y presiona a Marina — me advierte con el dedo — y cuando esté rapada, me la traes el día que sea y a la hora que sea.
— Vale, mi sargento — me pongo completamente erecta y con la mano en horizontal en la frente.
Cojo a la perrita, la subo al coche de Julia otra vez ya que evidentemente no tengo el mío aquí, y nos dirigimos a la protectora.
Al llegar, veo a la coordinadora hablando con dos chicas que seguro que han venido a adoptar a alguno de mis niños.
Se giran las tres al oír mis pasos sobre la gravilla, y una de ellas, una chica de pelo rubio oscuro y rizado, viene directa hacia mí no sé muy bien si con cara de espanto o con corazones en sus ojos al ver a la pobre criatura que llevo en mis brazos.
— Por favor, dime que puedo llevarme a este — me ruega con la voz, con la cara y con la mirada.
— Esta no puede ser, necesita unos mínimos cuidados antes de poder entregarla en adopción.
— Firmaremos las condiciones que sean necesarias para poder llevárnosla, nos haremos cargo de todos los gastos y cuidados que necesite desde este momento — interviene la otra chica que imagino que viene con ella.
— Se la pueden llevar, Iris — me dice la coordinadora — ellas son Mía — señala a la morena, la cual me sonríe — y África — señala a la rubia, que solo tiene ojos parar mirar a la bola de pelo que tengo en brazos — han donado una muy generosa cantidad a la protectora, estoy segura de que no le faltará de nada a esa perrita.
Sí que necesitaré que firméis el contrato, tal y como os había comentado que teníais que hacer para cualquier otro perro — se dirige ahora a ellas — y añadiré un par de cláusulas por las condiciones en las que está, que no son las mismas que las de los otros.
— Por supuesto — afirma la morena. A la rubia se le ilumina la cara al comprobar que sí que va a poder llevársela y, en verdad, a mí también porque me da la impresión de que saben perfectamente lo que se hacen y lo que quieren.
— ¿Has hablado con Marina? — me pregunta la coordinadora.
— No, aún no.
— Aprovecha para llamarle mientras les preparo los papeles.
— Voy.
***
— ¿Podréis llevarla esta tarde a las cinco a esta peluquería? — estiro el brazo con la tarjeta de visita sin saber muy bien a cuál de las dos dársela, y la coge la morena, Mía creo que se llamaba.
— Claro que sí.
— Pero yo os voy a poner una condición que, por desgracia, no puedo hacer que la firméis, pero espero que cumpláis.
— ¿Cuál? — me pregunta la morena también, la rubia no habla, solo lo ha hecho para pedir lo que realmente le interesaba.
— Por favor, necesito que me dejéis verla aunque solo sea una vez cuando ya esté recuperada. Detrás de la tarjeta he apuntado mi número de teléfono, te agradecería mucho que me escribas.
— Lo haré, no lo dudes. Gracias por la gran labor que hacéis. ¿Te llamabas?
— Soy Iris, encantada — le extiendo la mano.
— Igualmente — me corresponde, apretándomela con firmeza. Hago lo mismo con la rubia y también me corresponde, pero diría que con la misma desconfianza que la que sentía la perrita cuando he intentado acercarme a ella cuando la he visto — ¿Habéis pensado nombre?
— Lexi. A partir de ahora se llama Lexi si es perrita — interviene la rubia por fin, y con una sonrisa tímida.
— Me gusta el nombre — le sonrío yo también.
Les entrego a Lexi, nos damos las gracias mutuamente porque al final aquí todas estamos haciendo una buena labor, y las sigo con la mirada hasta que desaparecen de mi vista.
Me paro a pensar que vivo agradecida por tener las amigas que tengo porque somos una piña dispuesta a hacer lo que sea por mejorar la vida de los animales.
Quizás somos un poco lunáticas en ese aspecto, pero nos hace felices.
Julia es veterinaria y hace todo lo que puede a cambio de nada o de cobrar a la protectora solo el material que usa, Marina es peluquera canina y hace horas extra sin cobrarlas como tal porque siente la necesidad de ayudar a los animales, y yo…
yo soy la intermediaria, la chacha de los animales.
¡Ah! Y hablando de la gente que me rodea…he de decir que tengo novia, pero no sé si eso es un dato muy relevante porque diría que nuestra relación pende de un hilo. O no, no sé, es un tema complicado. Ya os iré contando.
De momento, quedémonos con el buen sabor de boca de que Lexi ha encontrado a una familia que le dará esos mimos que tanto necesita.