Un beso al aire 100 #2
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Adrián y ella se miran. Él asiente ligeramente, le gusta el consejo que le ha dado a su primo pequeño. Ella le guiña un ojo.

—¿Se lo has comentado a mamá y papá?

—Qué va —responde, mirándolos de reojo—. Quiero tener la decisión tomada.

Azahara intuye que Miguel no quiere seguir hablando del tema y decide intervenir:

—Hablando de padres... En mi familia ya están con el debate interminable de todos los años.

—Sorpréndenos —bromea Adrián—: ¿adónde estas Navidades?

—A ver, mi madre está deseando ir a Laponia, a todo eso del pueblo de Papá Noel, que la lleven en trineo, le den chocolate caliente... Os lo podéis imaginar. Y luego está mi padre, que se ha empeñado en que quiere ir a Malta.

—¿Por qué a Malta? —pregunta Miguel.

—Porque una compañera del trabajo le dijo que diciembre es de los mejores meses para visitar la isla, además de que el clima es suave.

Keira la escucha mientras juguetea con la cuchara en el plato de cartón.

—Y luego está mi hermana —termina de contarles—. Que dice que como papá y mamá se fueron de crucero el año pasado y les gustó tanto, por qué no nos vamos todos juntos en uno a algún sitio.

—Y tú ¿dónde quieres ir?

—¡A mí me da igual! —Ríe Azahara.

Entre todos hablan de qué opciones les gustan más y cuáles menos. En un momento dado, Gabriela nota que alguien le toca la pierna. Al mirar ve que es Keira y con un solo pestañeo se entienden.

—Keira, ayúdame a recoger los platos —dice.

Adrián mueve la silla, dispuesto a levantarse y ayudar, pero Gabi, con una mirada, le deja claro que debe quedarse sentado. Entre las dos recogen los platos de cartón y los vasos ya vacíos y los llevan a la cocina.

—¿Qué te pasa? —susurra Gabriela con prisa—. ¿Estás bien?

—No, tía, llevo varios días rayada.

—¿Por qué?

—Porque Aza me ha invitado a que vaya al viaje familiar —le explica en voz baja—. Dice que como ella se vino el año pasado con nosotros, es lo más justo.

Mientras la escucha, Gabriela coge la bolsa que han sacado hace un rato para ir tirando toda la basura de esa tarde.

—¿Y cuál es el problema?

—Que... no quiero ir.

—¿No te cae bien su familia? —le pregunta Gabriela con un hilo de voz.

—No, no es eso. Sus padres y su hermana son fantásticos, en serio —susurra Keira aún más bajo—. Es solo que... no me imagino pasando esa época del año sin mi familia.

Ambas empiezan a tirar los platos dentro de la bolsa.

—¿Y qué pasa?

—Que no sé cómo decírselo a Aza —se lamenta Keira—. Me da miedo que no me entienda y que piense que soy una desagradecida.

—Keira —murmura tirando el último plato—, no va a pensar eso de ti. De hecho, estoy segura de que te entenderá. ¿Qué hay de malo en que prefieras pasar la Navidad con tu familia?

La rubia se toma un momento para pensar. Si algo ha aprendido a lo largo de estos años es lo unida que está esa familia, por lo que comprende perfectamente que su amiga no quiera separarse de ellos. Y menos aún en las fiestas navideñas.

—¿Nada?

—Exacto, absolutamente nada —afirma Gabriela con una sonrisa—. Keira, cada cual decide pasar las Navidades con quien mejor le parece. Y si en tu caso es con tu familia, pues ya está. ¡Es lo más normal del mundo!

Se mueve para dejar la bolsa a un lado y que no moleste. Al volverse, Keira continúa mirándola con cara de circunstancias.

—¿Y cómo se lo digo?

La morena no puede evitar que se le escape una pequeña risa.

—Lo que yo haría sería hablar con ella con la misma claridad y sinceridad con las que lo has hecho conmigo.

Keira asiente ligeramente ante su sugerencia, pero su gesto no es del todo claro.

—Mira, se me ha ocurrido algo —le propone Gabriela al ver que Adrián la mira—. ¿Crees que si yo estuviese contigo te costaría menos decírselo?

—Mucho menos —afirma.

—Vale, pues si quieres, dentro de un rato, cuando casualmente estemos las tres solas, saco el tema como sin querer y aprovechas para explicárselo.

—¿Harías eso por mí?

—¡Por supuesto! —exclama divertida al ver la cara de Keira.

La rubia la abraza con fuerza para agradecérselo. Mientras, los que se habían quedado en la mesa se levantan. Azahara y Miguel van hacia el salón mientras que Adrián se acerca a ellas.

—¿Va todo bien por aquí?

—¡De maravilla! —dice Keira con una gran sonrisa—. De verdad, primo, qué bien hiciste pasando de mí.

—¿Cómo? —murmura él confundido.

—Me refiero al día en el que te dije que no te acercaras a mi amiga Gabriela —le explica—. Puedo decir que por una vez en la vida me alegro de que no me hicieras ni caso.

Adrián y Gabriela se echan a reír. Dicho eso, Keira se va con los demás dejando a la pareja sola en la zona de la cocina.

—¿Está bien? —murmura él señalando a Keira.

—Sí, no te preocupes.

Entonces, acercándose a ella para abrazarla por la cintura, la mira a los ojos como solo él sabe hacerlo.

—Y tú ¿cómo estás, amor?

—Yo estoy superbién.

Sabe por qué se lo pregunta. Hace alrededor de tres semanas tuvo una recaída y pasó unos días hospitalizada.

Pero ya está totalmente recuperada, aunque su ligera palidez siga recordando a los días de hospital.

Alzando los brazos para apoyarlos sobre sus hombros, se acerca a él y le da un beso en los labios.

Tras dedicarse un momento, vuelven con los demás. Adrián va directo hacia su hija y se tira junto a ella en la alfombra para hacerle cosquillas, consiguiendo que suelte una gran carcajada.

Gabriela se dirige hacia el grupo escuchando la risa de su hija. Desde que nació se ha convertido en su sonido favorito.

Mira a su alrededor y no puede evitar sonreír al darse cuenta de que la casa que su tío Juanjo y ella compartieron solos durante años, ahora está llena de gente. Está llena de ruido. Está llena de... amor.

Hay unos primos con los que Roma puede pelearse como si fueran sus hermanos y pasarlo genial al mismo tiempo.

Unos abuelos que la malcriarán hasta más no poder.

Unas tías y unos tíos que lo darán todo por ella y la harán partícipe de todos los planes.

Y un padre que está segura de que no se perderá ni una sola función escolar y que le dará la mano a cada paso que dé en su vida.

Lo que tiene ante ella es toda una familia y eso le hace sentir una profunda tranquilidad. Todo aquello de lo que ella no pudo disfrutar plenamente, Roma sí lo tendrá. Y lo tendrá para siempre. Eso es lo más importante.

Si Gabriela tuviese que poner banda sonora al momento que está viviendo justo ahora, sería Carla’s Song , de Harry Styles. Un tema que cuenta con una melodía que empieza como algo pequeño y que poco a poco va in crescendo , algo que ella asemeja a cómo han transcurrido esos años.

Ni siquiera hace cuatro años y ella era otra persona. No se permitía pensar en el futuro ni dejar que nadie se colase en su vida. Se dedicaba a dejar pasar el tiempo y la vida, sin más.

Nada que ver con cómo ve las cosas hoy. Ahora, haya o no futuro para ella, se permite soñar y pensar en él, algo que ni siquiera podía imaginar que haría. Pero, como bien dice la canción que resuena en su mente, «todo la estaba esperando».

Mira de nuevo a su marido y a su hija, y sonríe.

Este es su mayor regalo, haber estado aquí para poder verlo, disfrutarlo y, sobre todo, vivirlo junto a ellos. Y, como bien dice el papelito que la acompaña desde el 1 de enero en la cartera:

Disfrutar de cada día.