Un beso al aire 100
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Gabriela pega el último trozo de celo al mueble de la cocina para que una de las guirnaldas se quede enganchada. Hecho esto, se une a Adrián. Echan un vistazo a su alrededor, no han dejado un sitio de la casa sin decorar.

—No todos los días se cumplen tres años —murmura él, abrazándola.

Adrián sabe que Gabriela está cansada. Se le nota en la mirada y en las ojeras que se preocupa en tapar con maquillaje. Estos días no están siendo de los mejores, pero ella quiere celebrar el cumpleaños de su hija por todo lo alto. Y Adrián no lo duda: todo lo que ella quiera se lo dará.

Poco después suena el timbre y, nada más abrir, la niña entra corriendo como alma que lleva el diablo, aunque poco después para en seco para abrir la boca exageradamente y dar un agudo chillido. A ellos prácticamente se les cae la baba al ver su cara de emoción.

—¿Te gusta? —le pregunta Adrián acercándose a ella.

La coge en brazos para que vea las guirnaldas de cerca.

Los padres de Adrián llegan junto a ellos, acompañados de Trasto.

Rápidamente, miran a Gabriela. Son muy conscientes de que cada día que pasa su salud se resiente más.

Pero, tras cruzar una mirada con su hijo, que les hace entender que no pregunten, César comenta:

—Hoy ha comido albóndigas con trocitos de zanahoria.

—¿Y se ha comido la zanahoria?

Para su sorpresa, el hombre asiente con la cabeza. Ayer acordaron que hoy Roma comería en casa de los abuelos, así ellos tendrían tiempo para decorarlo todo y darle una sorpresa. A juzgar por su cara de alucine, lo han conseguido.

—No sé cómo lo hacéis, pero cada vez que come en vuestra casa conseguís lo impensable —los halaga Gabriela. A ellos, en cambio, les cuesta un mundo que Roma se coma las verduras.

—De postre se ha tomado un kiwi —señala ahora Salma agachándose para quitarle la correa a Trasto—. Y luego nos hemos echado la siesta juntas.

—Muchas gracias, no sé qué sería de nosotros sin vosotros —responde su nuera.

—Ya sabéis que nos la podéis dejar todas las veces que queráis —dice César—. ¡Nosotros, encantados!

Gabriela se acerca a Adrián para saludar con cariño a Roma, que sigue en brazos de su padre. La niña, al verla, se lanza hacia ella sin cuidado. Adrián aprovecha para saludar a sus padres.

—¿Has visto los animalitos? —le pregunta Gabi.

—¡Sííí!

—¿Te gusta?

—¡Sííí, mami!

—Lo hemos hecho todo entre papá y mamá para celebrar tu cumpleaños.

Roma, con la mirada iluminada por la ilusión, le rodea el cuello para abrazarla con fuerza.

A medida que pasan los minutos, toda la familia va llegando a la casa. Sin que Gabriela se percate, le preguntan a Adrián cómo está ella, y él, con una sonrisa, los tranquiliza. Dentro de lo que cabe, está bien.

—Os he traído tuppers para varios días —murmura Zulema nada más entrar.

Adrián y Gabriela se miran divertidos. Detrás de la mujer llega el tío Carlos, que viene charlando con Youssef y Luisa, detrás de él junto a los tres niños.

—Hola a ti también, tía Zulema —responde Adrián con gracia.

—Déjame que los meta en la nevera y ahora os saludo como es debido, corazón —responde, abriendo la nevera.

La pareja saluda a todos los recién llegados. Pocos minutos después, aparecen los que faltaban. Una vez que están todos, Adrián saca la tarta de la nevera y Gabriela coloca la vela del número 3 para que la niña la sople.

Con cuidado, Adrián la lleva a la mesa del comedor, donde Roma está preparada para su momento.

La familia entera le canta el Cumpleaños feliz mientras ella sonríe y da palmas a su propio ritmo.

Nada más terminar, y en todo momento supervisada por los abuelos para que no se queme, se acerca y sopla con todas sus fuerzas.

—¡BIEEEN! —grita al terminar.

Todos la siguen y aplauden con energía, consiguiendo que la pequeña los mire y no deje de sonreír en ningún momento. A continuación, le dan los regalos, para deleite de la cumpleañera y envidia de Olaya, Laila y Naim, los primos pequeños.

Lo primero que abre es una mesa multiactividades de madera.

—¡Qué bien nos lo vamos a pasar montándola! —exclama irónicamente Adrián al verla.

Todos ríen. Entre otras cosas, Roma también recibe un maletín con una cantidad inmensa de rotuladores de colores, ropa, imanes con forma de letra para formar palabras en la nevera, una lámpara con forma de koala para su habitación, una cámara de fotos infantil que imprime las imágenes al instante y una corona de princesa que se pone en la cabeza en cuanto la ve.

Como último regalo, Adrián lleva uno ligeramente más grande que todos los que ha abierto. En cuanto lo ve, la niña parece entusiasmada, y, al abrirlo, empieza a gritar y a saltar de alegría.

Gabriela y Adrián le han regalado su primera bicicleta con ruedines y casco a juego. No es muy grande, cuando quieran darse cuenta, se le quedará pequeña. Pero les da igual, la va a disfrutar.

Roma no duda en subirse y moverse por el salón con los pies en el suelo lo más rápido que puede, ya que aún no sabe utilizar los pedales. Todos, incluida Gabriela, le hacen fotos y vídeos con su nueva bicicleta de color crema y una cestita marrón en la parte delantera.

Tras un par de vueltas, Gabriela y Adrián tienen que dejarle claro que la bici solo podrá utilizarla en la calle, en casa no.

Terminado el tema de los regalos, Gabi saca los platos de cartón con formas de animales que han comprado para la ocasión y sirven tarta a toda la familia.

Ella se percata de sus gestos preocupados, pero no dice nada.

Los adultos se sientan alrededor de la mesa tranquilamente, mientras los pequeños corren y juegan entre ellos.

Aunque esa diversión se les acaba cuando a Laila y a Naim se les ocurre empezar a explotar los globos haciendo llorar a su hermana Olaya y asustando a Roma, que corre a los brazos de su padre.

—¡Naim y Laila, basta ya! —grita Luisa yendo hacia ellos—. Sentaos ahí ahora mismo a comeros la tarta.

Los gemelos la miran en silencio y, agachando la cabeza, hacen lo que les ordena. Gabriela coloca un último trozo de tarta en un plato para ella y se une a los demás.

—Menos mal que solo tenéis una. —Ríe Youssef poniéndose de pie—. Así os ahorráis todo esto.

El hombre se aleja unos pasos con Olaya en brazos para que se tranquilice. Adrián y Gabriela se miran divertidos. Nunca han hablado de darle hermanos a Roma, tampoco es que se lo hayan siquiera planteado. Tienen claro que no es una posibilidad, al menos no biológicamente.

—Cariño, ¿te ha dicho Zulema que os hemos traído tuppers? —le pregunta el tío Carlos al ver que Gabriela se sienta a su lado.

—Sí, ya he visto que prácticamente nos habéis llenado la nevera. —Ríe ella abrazándolo con cariño—. ¡Muchas gracias!

—El tupper más grande es de cocido, que justo lo comimos ayer.

Zulema y él saben cuánto les gusta su cocido, especialmente a Gabriela, y no dudan en llevarles un poco siempre que lo cocinan.

Tras un rato de charla distendida, los mayores juegan con los más pequeños antes de que vuelvan a liar alguna. Los que se quedan en la mesa continúan charlando.

—¿Qué tal está Diego? —se interesa Azahara.

—Muy bien —dice Miguel—. Me ha pedido que lo disculpéis por no venir hoy, le coincidía con el cumpleaños de su abuela.

—¡Anda ya! —exclama Adrián sentado junto a él.

—¿Cuánto lleváis juntos? —pregunta Gabriela, rebañando lo poco que le queda de tarta en el plato.

Miguel se lo piensa un momento.

—Un año y medio, más o menos.

—¡¿Un año ya?! —exclama Gabriela tapándose la boca—. Cada vez pasa más rápido el tiempo...

—Y que lo digas. —Ríe su chico mirándola—. Parece que fue ayer cuando llorabas por lo del londinense.

—¡Ni lo nombres, eh, primo! —lo advierte Keira—. Ese innombrable ha quedado enterrado en el pasado.

Adrián, quien no esperaba la reacción tan exagerada de su prima, asiente, nunca más volverá a hablar de aquel.

—El otro día, Diego y yo estuvimos hablando de algo —comenta Miguel y los otros cuatro le prestan atención— y no dejo de darle vueltas.

—Quizá hablarlo te ayude.

El chico mira a Azahara y sonríe. Él también cree que es buena idea.

—A ver... Diego vive en un piso compartido con tres amigues suyos y resulta que uno se va después de Navidad porque lo han contratado en una empresa de Barcelona.

Y, bueno..., me ha dicho que, antes de ponerse a buscar nuevo compañero por ahí, prefería comentármelo a mí por si quiero mudarme y así vivir juntos.

—Y a ti ¿qué te parece? —vuelve a hablar Azahara.

—No lo sé. Hay momentos en los que me apetece, pero otros en los que me da miedo.

—Miedo ¿por qué? —repite Gabriela—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Keira ve cómo su hermano la mira en busca de ayuda, pero se queda callada. Quiere que exprese libremente que lo siente.

—Supongo que... que Diego y yo en algún momento dejemos de estar juntos —murmura—. Algo que espero que no pase nunca.

—En ese caso, sería tan fácil como recoger tus cosas y volver a casa de tus padres —afirma Gabriela con tono pausado—. No habría mayor drama.

—Mucho más sencillo que tener que volver desde Londres —bromea Adrián.

—Pero esta vez, nada de salir de España, mejor os quedáis por aquí cerquita —sugiere Keira.

Miguel sonríe. Todos, y su hermana mejor que ninguno, saben lo mal que lo pasó en su última ruptura, y más aun estando tan lejos.

—¿Conoces a sus compañeros de piso? —le pregunta Adrián.

—Sí, una es Estela, su mejor amiga desde la infancia. Es estudiante de interpretación —explica—. Luego está Kai, una persona no binaria. A elle le encanta dibujar, aunque ahora está trabajando en una tienda de cortinas, estores y esas cosas.

Todos asienten. Parecen que los conoce bien.

—Yo lo veo como toda una experiencia para ti —comenta Azahara.

—Ya...

—Miguel, no pienses antes de tiempo en todo lo que podría salir mal —dice Gabriela, llamando su atención—. Lo mejor es que confíes en tu instinto, muchas veces es la clave para poder avanzar.