Un beso al aire 99
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Dentro de nada dejará de hacer buen tiempo en Madrid, por eso hoy tienen que aprovechar.

Es domingo por la tarde y, tras comer en casa con Keira y Azahara como invitadas, los cuatro han decidido salir a dar un paseo con la niña, e ir a un parque que simula un castillo.

A Roma le encanta. Nada más llegar, ha salido corriendo.

En poco tiempo la niña ha adquirido una agilidad que no son capaces de frenar.

Tanto Gabriela y Adrián como Azahara y Keira juegan un buen rato con ella. Van de los columpios a los toboganes, pasando por los balancines y una pequeña zona de escalada.

—Esta niña no tiene fin —bromea Keira corriendo tras ella.

En un momento dado, Adrián recibe una llamada de su tío Carlos y se aparta para atenderla. Como al llegar han extendido unas toallas en la zona de césped, se sienta allí para poder hablar de trabajo con tranquilidad.

Mientras Azahara y Keira siguen a la pequeña en su escalada por el castillo, Gabriela las espera para grabar un vídeo cuando se tiren por el tobogán.

.. hasta que Roma decide que subir por cuarta vez es buena idea.

Su madre ya ha tenido suficiente. Con un rápido vistazo al chico de pantalón vaquero y camiseta negra al que tiene la suerte de llamar marido, ya sabe adónde quiere ir.

—¿Os quedáis con ella? —le pregunta a Azahara.

—¡Por supuesto, reina! —exclama divertida—. Ve a hacer compañía a tu maridito.

Ambas miran a Adrián, quien ya ha dejado de hablar por teléfono y está simplemente sentado mirándolas ir de un lado a otro del parque. Gabriela le guiña un ojo a su amiga.

De camino, hay una zona llena de flores y se agacha a coger una. Adrián tiene sus ojos marrones tan clavados en ella que parece que todo a su alrededor se detiene, algo que también sentía al principio de su relación, hace ya más de tres años.

—¿Sabes? —murmura llegando junto a él—. El día que decidiste que la niña y yo te cortáramos el pelo reconozco mi falta de confianza, pero con el pelo corto y esa barbita de tres días... estás de lo más sexi.

Adrián sonríe mientras ella se agacha y le coloca la flor en la oreja. Se incorpora y le saca una foto con el móvil.

—Cariño, estás guapísimo —dice al enseñársela.

—No me extraña, si es que a mí todo me queda bien —responde con gracia.

—No lo estropees. —Ríe ella, sentándose a su lado.

Se quedan un rato en silencio. No sienten la necesidad de rellenar huecos.

—A veces, cuando Roma y tú hacéis cualquier cosa juntas, me quedo mirándoos y pienso en lo afortunado que soy. No solo me tocó la lotería el día que aceptaste cenar conmigo por primera vez, sino que tuve la inmensa suerte de que me volviese a tocar el día que nació Roma.

—Pues sí que eres afortunado, sí.

—El más afortunado del mundo —recalca él.

Gabriela lo abraza. Le emociona que diga eso.

—¿No te parece increíble verla así de mayor?

—Sí. Hasta hace cuatro días no sabía ni caminar y ahora va corriendo como si el mundo bajo nuestros pies fuese todo suyo.

—Antes nos necesitaba para todo —comenta ella, al verla subir prácticamente sola por la estructura del castillo—. Y ahora... mírala.

—Amor, es nuestra hija, siempre nos necesitará —la corrige—. Aunque solo sea para saber cómo se paga una multa de tráfico, pero nos necesitará.

La niña llega a lo más alto del castillo para tirarse por el tobogán.

Keira y Azahara la siguen de cerca. Al mirar hacia abajo, a la zona en la que sabe que están sus padres sentados, se da cuenta de que la miran y la saludan con la mano.

La pequeña, tal y como ha aprendido de ellos, levanta el brazo y lanza un beso al aire.

Ellos sonríen y le lanzan sendos besos a su vez.

—Ojalá, cuando sea mayor, recuerde tardes como esta... —murmura Gabriela, viéndola bajar por el tobogán.

—Seguro que sí —asiente Adrián—. Aunque no lo recuerde todo al cien por cien, algo siempre queda. Y si no, ya estaremos nosotros para recordárselo.

Nada más poner los pies en la tierra, Roma echa a correr de nuevo. Esta vez va directa a la zona de escalada. Azahara no la pierde de vista.

—¿Te has dado cuenta de que cada vez se parece más a ti en muchas cosas? —comenta ella.

—¿Tú crees?

—Sí. Es igual de cabezota que tú, porque cuando quiere algo, lo quiere sí o sí.

Adrián no puede evitar reír al escuchar el ejemplo.

—Como me pasó contigo, que no paré hasta conseguirte.

Como ya está sentada junto a él y no puede pegarse más, coge su mano y entrelaza los dedos con los suyos.

—Y te salió bien. —Sonríe.

—Me salió muy bien —dice él en tono divertido—, mucho mejor de lo que me esperaba. —La pareja se da un beso—. Aunque si alguien me hubiera dicho entonces que acabaría aquí... —murmura señalando el parque—, no me lo habría creído.

—Yo tampoco —admite ella—. Supongo que es la parte positiva de atreverte y arriesgarte: que no sabes hasta dónde vas a llegar.

—Adrián asiente y le pasa el brazo por los hombros para abrazarla—.

Pero prométeme una cosa. —Él la mira con curiosidad—.

Prométeme que seguirás haciendo planes así con Roma.

Que seguirás llevándola al parque, yendo al cine juntos, a comer helado. ..

—Ni tú ni yo vamos a dejar de hacerlo nunca.

Gabriela sonríe y continúa un rato más abrazada a él. Aunque no se lo ha prometido, por su mirada sabe que lo hará.