Epílogo
Cierro el diario de golpe apretando los ojos con fuerza, y noto cómo las lágrimas corren por mis mejillas.
Me siento totalmente incapaz de seguir leyendo. La sigo echando mucho de menos.
Tras respirar hondo, me levanto y lo coloco en su sitio.
A continuación, me voy directo a la habitación y, una vez en mi baño, me quito la camiseta, del calor y el agobio que tengo.
Al mirarme en el espejo, inevitablemente mis ojos van directos a la zona de las costillas, el lugar donde el año pasado me tatué de su puño y letra: «Prefiero amar demasiado a vivir a medias».
Abro el grifo y me echo agua fría en la cara. Lo necesito, mi hija no puede verme así.
Hace ya más de dos años que Gabriela falleció y su ausencia sigue doliendo tanto como el primer día.
A las pocas semanas leí todos sus diarios, algo que ella no me había dejado hacer.
Fue doloroso, pero también tuvo una parte gratificante.
Me gustó saber cómo se sentía y las cosas que pensaba.
Algunas cosas me las había contado en su día, pero de otras me enteré gracias a ellos.
Meses más tarde decidí guardarlos y no volver a leerlos, al menos no durante un tiempo. Desde entonces solo he vuelto a ellos en días contados como he hecho hoy.
Cojo la toalla para secarme la cara y pienso en mi hija.
—¡Roma, ¿cómo vas?! —exclamo.
—¡Bien, papi! —responde desde su habitación—. ¿Me haces dos coletas como ayer?
—Lo que tú quieras, cariño.
Me cambio de ropa. Hemos quedado con Keira y Azahara para ir a comprar los disfraces de Halloween.
Hace tiempo acordamos que el 31 saldríamos los cuatro juntos a pedir caramelos.
Sé que dejarlo para última hora es lo peor que se puede hacer y que vamos un poco pillados de tiempo, pero asumo toda la culpa.
Entre el trabajo, la niña y la vida en general me ha sido totalmente imposible sacar un hueco antes.
Días atrás, mientras comíamos, Roma me comentó que le gustaría que ellas tres fueran disfrazadas de princesas y yo de príncipe azul.
No me extrañó, lleva tiempo viendo las películas de las princesas Disney en bucle.
También comentó que podíamos ir de Toy Story.
No sé qué dirán las otras dos sobre esto, a mí realmente me da igual.
Con tal de ver a mi hija feliz, me disfrazaría de cualquier cosa.
Hemos quedado en un centro comercial que no conozco, aunque, según mi prima, allí hay una tienda de disfraces enorme. Imagino que después iremos a comer a casa de mis padres.
Me siento sobre la cama para ponerme los zapatos y Trasto se coloca frente a mí.
—No me mires así, que tú también te vienes —murmuro al verlo. Roma me ha dejado claro que Trasto vendrá a pedir caramelos y necesita un disfraz.
Tras un rato peinándola, por fin parece contenta al mirarse al espejo.
—¿Eso es lo que querías, princesita?
—¡Sí, papi, gracias! —exclama mirándome con una gran sonrisa.
Al hacerlo, me muestra el hueco que tiene en la boca. Hace poco que se le han empezado a caer los dientes, y uno de los primeros ha sido de los delanteros. Esa misma noche me aseguré de que el Ratoncito Pérez le trajese un estuche que ella quería desde hace tiempo.
Cada vez que la miro y me sonríe, se me encoge el corazón. Roma tiene la misma bonita sonrisa que su madre.
Nos montamos los tres en el coche y aparcamos en el parking del centro comercial. Al salir, recibo un mensaje de Azahara.
Azahara Llegamos con 20 minutos de retraso. Culpa de tu prima, para sorpresa de nadie.
Se me escapa la risa, Keira no cambiará nunca. Le respondo que no se preocupen y, viendo que hay un parque al otro lado de la calle, vamos hacia él.
Un par de meses después de tener que despedirme de Gabriela, Roma y yo nos mudamos.
Me encantaba su piso, pero, al mismo tiempo, cada rincón me recordaba a ella y, con el paso de los días, me di cuenta de que no era sano.
Al menos no para mí. Tenía claro que, si algún día quería levantar cabeza, debía salir de allí.
Ahora vivimos en un piso algo más pequeño, pero igual de acogedor. Suficiente para nosotros. Además, tenemos a los abuelos a seis minutos caminando.
Las que viven ahora en el piso de Gabriela son Keira y Azahara. Es una manera de asegurarnos de que sigue en la familia.
Según nos acercarnos al parque, una pelota rueda hacia nosotros. Al alzar la vista veo que un niño de pelo oscuro nos mira. Roma, que camina junto a mí, me observa en silencio.
—Parece que es de ese niño —lo señalo—, ¿por qué no se la devuelves?
—¡Vale!
Sin dudarlo un segundo, coge la pelota y sale corriendo hacia el chaval. Parecen igual de altos, quizá son de la misma edad. Me fijo en ellos e incluso parecen hablar. Al momento, Roma viene corriendo hacia mí.
—¿Qué tal ha ido? —pregunto.
—¡Muy bien, papi! —Sonríe—. Se llama Javier y me ha dicho que si quiero jugar con él al fútbol.
Termina la frase y se me queda mirando en silencio. Yo espero a que siga hablando, pero parece que ella prefiere que sea yo quien le diga algo.
—¿A ti te apetece jugar con él? —Mi hija asiente—. Pues ya está, corre —la animo.
Roma da unos divertidos saltitos a modo de celebración y murmura:
—Papá, ¿me puedo quitar el abrigo?
—Vale, pero en cuanto lleguen las tías, nos vamos.
—¡Sííí!
Dejo la correa de Trasto en el suelo un momento y lo miro. Está sentado junto a mí.
—Quieto —le aviso, señalándolo.
Él se limita a mirarme con sus redondos ojos. Dentro de lo que cabe, es un perro bueno.
Me vuelvo para ayudar a Roma a quitarse el abrigo y, en cuanto saca ambos brazos, echa a correr. Divertido, me lo coloco bajo el brazo para guardárselo.
Cuál no será mi sorpresa al girarme para coger la correa y ver que Trasto no está. Rápidamente, alzo la cabeza y lo veo saltando y chupándole la mano a una chica morena. Corro hacia ellos.
—¡Disculpa! —exclamo apurado.
Ella sonríe al verme llegar.
—No te preocupes, me encantan los perros.
—Menos mal —murmuro—. Porque la última vez que me pasó esto con un señor mayor prácticamente amenazó con denunciarme a la policía.
—Hay demasiada gente amargada en el mundo.
Ambos nos reímos y, agachándome, cojo la correa de mi perro. Me incorporo y miro a mi hija para comprobar que sigue jugando con ese niño. Que se me escape Trasto es más que suficiente, no quiero más sorpresas.
—Perdona, es que entre el perro y la niña no tengo ojos para todo —le digo a la chica.
—Te entiendo —responde ella—, tu hija es la que juega al balón, ¿verdad?
—Sí.
—Destino o casualidad, pero el niño de la pelota es mi hijo —comenta ella divertida.
Lo que ha dicho llama mi atención y me tomo un momento para mirarla directamente a los ojos. Ella también lo hace cuando dice:
—Encantada, soy Macarena.
Ella me tiende la mano y dudo un segundo, pero con una sonrisa le estrecho la mano.
—Lo mismo digo, yo me llamo Adrián.