Un beso al aire 95
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Roma está en su habitación, lleva algo más de una hora durmiendo la siesta mientras ellos ven una película en el salón. Ambos miran la pantalla, pero parece que solo uno presta atención: Adrián tiene la mente en otra cosa.

El día anterior por la tarde acompañó a Gabriela a la cita con Ginés. No salieron de allí con buenas noticias. No fueron fatales, pero para ella fueron demoledoras. No puede evitar sentir pena y mirarla de reojo, percibe que desde ayer emana cierta tristeza.

Cuando llegaron a casa, y tratando de buscar alternativas para poder mantener su estilo de vida, le propuso comprar una silla de ruedas. Gabriela se negó en redondo. No discutieron, pero quedó claro que no opinaban igual.

La película termina y los créditos finales aparecen en la pantalla. Ella, recostada en el sofá, se gira hacia Adrián. Él hace lo mismo. Sin necesidad de ponerse de acuerdo, se miran en silencio durante unos segundos. Es un silencio cómodo. Un silencio cómplice.

Ninguno de los dos comenta la película. Parece que tienen las mentes en otra cosa.

Al ver los ojos de pena con que la mira Adrián, Gabriela decide que es el momento. No quiere seguir comiéndose la cabeza. No puede. Le guste o no a Adrián, tienen que hablar y tienen que hacerlo ya.

—Adri, necesito hablar contigo.

—Claro, dime.

—Es... es algo que llevo tiempo queriendo decirte...

—¿Sobre el futuro?

Ella asiente, lo que provoca que él se tense.

Conoce bien a Gabriela e imagina por dónde quiere llevar la conversación.

No le gusta que quiera hablar del futuro.

Lleva dándole largas desde el día de su cumpleaños en Benicàssim.

Sabe que hace mal, pero no quiere pensar en un futuro sin ella. Hoy no parece tener escapatoria.

—Amor, no creo que...

—Por favor, escúchame.

Gabriela no puede seguir guardándose esto más tiempo. Necesita soltarlo, aunque a él no le guste por dónde va.

—Necesito tener esta conversación contigo. Necesito que me escuches, pero que lo hagas de verdad. Y quiero que sepas que para mí tampoco es fácil. Nada fácil. Necesito que lo que te voy a decir se te grabe a fuego en la mente para que el día que yo ya no esté lo tengas claro.

Adrián aprieta la mandíbula.

—No vayas por ahí.

—Cariño, por mucho que no queramos que pase, va a pasar —murmura con sinceridad, buscando su mano. Él se acerca y le da la mano.

—Necesito pedirte algo... algo a lo que no puedes decirme que no.

—No puedes pedirme eso sin que sepa de qué me hablas.

Intenta sonreír, pero casi no le sale. La seriedad de Gabriela le indica que lo que va a escuchar a continuación no le va a gustar nada.

—Quiero que, cuando yo no esté, rehagas tu vida.

Las palabras que suelta Gabriela a bocajarro le hacen pestañear, incrédulo. Para ella tampoco ha sido fácil pronunciarlas.

—No digo que lo hagas al día siguiente ni en los meses posteriores —sigue hablando—, pero lo que sí te pido es que lo hagas. Que pases página, por ti y por Roma.

—Amor, ¿cómo me puedes estar pidiendo eso? —farfulla él, frunciendo el ceño.

—Si te lo pido es porque quiero que seas feliz y porque necesito que cuando pienses en mí sonrías, porque... porque nunca he querido ser el final dramático de nadie y menos aún el tuyo y el de Roma.

—Tú no eres mi final dramático —responde horrorizado—.

Cariño, tú eres lo mejor y lo más bonito que me ha dado la vida, quien me ha hecho el mejor regalo del mundo, que es Roma.

Por lo tanto, no vuelvas a pensar eso. —Una lágrima se desliza por el rostro de Adrián.

Decir eso no solo le parte el alma, sino también el corazón—.

No vuelvas a decirlo, por favor —insiste.

Gabriela se seca unas lágrimas con los dedos.

—Prométeme lo que te he pedido —le dice. Pero él no habla. No puede.

Ella respira hondo tratando de encontrar las palabras adecuadas para conseguir transmitirle lo que tiene en la mente.

—¿Y si fuese al revés? —pregunta para intentar que la entienda—. Si el que estuviese enfermo fueras tú, ¿qué preferirías, que me pasase el resto de mi vida triste o me pedirías que siguiese adelante?

—Gabriela, no es justo.

—Hay demasiadas cosas injustas en esta vida, Adrián. Y aunque somos demasiado jóvenes para toda esta mierda y es muy injusto lo que nos pasa, es lo que nos ha tocado vivir.

Hay un momento de silencio entre los dos, lleno de pensamientos no pronunciados en voz alta. Al final es ella quien vuelve a hablar.

—Roma se merece tener una familia.

—Ya la tiene —dice él al instante.

—Sí, cariño, le hemos dado una familia llena de abuelos, tíos y primos maravillosos —responde, apretándole la mano—. Pero también se merece algo como lo que tiene aquí ahora.

Adrián se pasa la mano por el pelo, nervioso. La conversación le está haciendo daño. Gabriela está exponiendo en voz alta cosas que a él también se le han pasado por la cabeza, pero ha intentado apartarlas y olvidar. No quiere ni pensar en el día en que ella no esté.

—No quiero que por mi culpa te cierres al amor —murmura ella—. Me encantaría que te volvieras a ilusionar por alguien. Incluso a enamorarte.

—Pero la madre de Roma eres tú —responde, notando como se le cierra la garganta.

—¡Y lo seré siempre! Que llegue otra persona especial a tu vida no implica que me vayas a borrar de la historia. Simplemente, que continúas adelante por Roma, por ti y por mí. —Y con una sonrisa forzada, añade—: Más te vale asegurarte de que Roma se acuerde de mí.

La pareja se mira a los ojos y, como en otras ocasiones, ni siquiera necesitan utilizar las palabras para entenderse.

—Adri, prométemelo, por favor.

—Te lo prometo... —murmura finalmente, lleno de dolor.

Adrián aprieta los dientes intentando contener la pena que siente ante un supuesto futuro en el que Gabriela no esté junto a él. Pero no puede más y las lágrimas caen sin control por sus mejillas.

Nada más verlo, ella lo abraza. Él hunde la cabeza en su cuello y con un hilo de voz, solloza:

—Nunca voy a querer a nadie como te quiero a ti.

Ella no dice nada durante un buen rato. Sabe que lo que dice es verdad y deja que las lágrimas también resbalen por su rostro; lo aprieta más contra su cuerpo para consolarlo.

Cuando por fin se separan, con los ojos hinchados de tanto llorar, él se seca las lágrimas. Gabriela lo mira con ternura y tristeza al mismo tiempo.

—Adrián, te quiero y te mereces ser feliz —murmura—. Y Roma también.

—¿Desde cuándo mi felicidad dependerá de que tenga o no pareja?

—La tuya quizá no —afirma con cariño—. Pero la de nuestra hija sí que dependerá de ti y de cómo estés. Y si decides no superar mi muerte y pasarte la vida anclado a ese dolor, Roma sufrirá. Y eso sí que no te lo perdonaría.

Desde que Adrián ha dado rienda suelta a sus sentimientos y las lágrimas han empezado a recorrer su rostro, no paran. Gabriela traga saliva intentando controlarse. Ha de ser la fuerte e intenta no emocionarse también.

—No te voy a sustituir. No puedo y no quiero.

—No se trata de sustituir, amor —le corrige, acariciándole la cara—. Lo único que quiero es que sigas viviendo y vuelvas a sonreír. Porque si tú lo haces, Roma también lo hará.

Pasándose las manos por los ojos para secárselos, Adrián murmura:

—No sé cómo puedes estar diciéndome esto...

Gabriela toma su cara y susurra antes de besarlo:

—Porque te conozco, cariño. Y porque te quiero muchísimo.

—Yo te quiero más.

Tras el beso, se quedan mirándose. Y a pesar de todo el dolor que sienten, ambos sonríen.

—No quiero imaginarme la vida sin ti —dice él con voz temblorosa—. Simplemente, no puedo. No me pidas que te olvide.

—¡Ni se te ocurra olvidarme! —exclama ella, consiguiendo que él se ría—.

Lo que quiero es que no te pases el resto de tu vida atrapado en la pena.

Me sentiría fatal y harías que me replanteara si hice bien saliendo a cenar contigo aquella noche.

—Adrián la mira. Su mujer es la persona más fuerte que ha conocido nunca—.

Espero que te acuerdes siempre de mí. Pero que al hacerlo llegue un punto en el que sonrías y consigas que la tristeza se quede a un lado para recordar todo lo bonito que hemos vivido juntos.

—Cariño, me estás pidiendo cosas muy complicadas —susurra, notando otra lágrima caer.

—Pero no imposibles —afirma ella con seguridad—. Además, si pudiste convencerme para que saliera contigo, ¡puedes conseguir todo lo que te propongas!

Adrián llora sin remedio. Le duele el mero hecho de pensar que llegará un momento en el que no podrá tenerla sentada junto a él como ahora mismo. Le duele mucho. Gabriela, que también llora, vuelve a abrazarlo.

—Cariño, a veces en la vida debemos aceptar que hay cosas que no están hechas para durar eternamente —murmura apoyada en su hombro—. Eso es justo lo que las hace especiales.

Los dos creen que no es justo. Saben que no es justo. Pero es lo que les ha tocado vivir y no pueden hacer nada en contra.

—Amor, no sé si voy a poder...

—Claro que podrás —afirma, abrazándolo aún con más fuerza—. Tardarás más o tardarás menos, pero pasará.

El silencio vuelve a llenar el salón, roto únicamente por la respiración agitada de él y el rápido latido del corazón de ella.