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Esa misma noche, después de cenar, Adrián mete los platos en el lavavajillas. No puede evitar mirar a su mujer. Gabriela y Roma están sentadas en la alfombra que ocupa el sitio en el que hace un par de años había un piano. Ahí juegan rodeadas de muñecos y peluches.
Aunque parece jugar con la niña, Adrián se fija en Gabriela: tiene la mirada perdida y contesta con monosílabos a lo que la pequeña Roma le pregunta. La encuentra... apagada. Pensativa.
La dura conversación que han tenido hace tan solo unas horas a él también lo ha dejado tocado. Le ha removido muchos sentimientos que ahora toca asentar lentamente. Aunque al verla ahora, no sabe si le duele más que esté así o lo que él siente.
Mete la última taza en el lavavajillas, lo cierra y se seca las manos intentando que se le ocurra algo.
No quiere que el día termine con esa sensación tan extraña en el ambiente.
No se lo merecen. Quiere ver a Gabriela sonreír.
La amenaza de un tiempo breve está ahí, aunque espera y desea que no sea así.
En cualquier caso, quiere asegurarse de que ella sea feliz.
—Ahora vuelvo.
Gabriela lo ve desaparecer escaleras arriba. Sigue jugando con la niña sin darle la menor importancia. Cuando encuentra lo que estaba buscando, Adrián baja los escalones de dos en dos y se detiene junto a ellas.
—Papi —le señala la pequeña—, ¿qué es?
Gabriela lo mira, confusa.
—Una máquina de cortar el pelo —responde, agachándose para enseñársela.
—¿Y esto a qué viene? —pregunta ella moviendo un peluche—. No pensaba cortarle el pelo a Roma hasta verano.
—Me lo voy a cortar yo —afirma.
—¿Cómo?
—¿Papi corta el pelo? —pregunta la niña poniéndose de pie para acercarse a él.
Divertido por la confusión de sus caras, le enseña con cuidado la máquina a la pequeña.
—¿Estás seguro? —se interesa su mujer.
—Mucho. Mira si estoy seguro que incluso voy a dejar que me lo cortéis vosotras.
Inmediatamente, Gabriela mira a la niña murmurando:
—¿Nosotras? —Verlo asentir tan convencido la confunde—. Cariño, será mejor que te lo pienses bien no vaya...
Él parece haber oído suficiente. Vuelve a ponerse de pie de un salto y la señala antes de darse la vuelta:
—¿No eres tú la que siempre está hablando de hacer fotos y vídeos para crear recuerdos en familia? ¡Pues vamos a crear uno!
Sin tiempo que perder, Adrián coge una de las sillas de la mesa del comedor y la coloca en el centro del salón. Acto seguido, busca una toalla y un alargador para asegurarse de que el cable de la máquina llegue al enchufe. Una vez que lo tiene todo, las mira.
—Manos a la obra.
Adrián se quita la camiseta, se sienta y se coloca la toalla por encima del pecho y los hombros. Roma camina hacia él.
—Mira, cariño, esta es la máquina con la que mamá y tú le vais a cortar el pelo a papá —le explica—. Hace un poco de ruido, ¿quieres oírlo?
—¡Sííí!
Adrián enciende la máquina y la pequeña da un bote al oírla. Al apagarla, ve el brillo en sus ojos: Roma acaba de descubrir algo nuevo. Gabriela se acerca.
—Adrián, no sé si es buena idea.
—Es una gran idea, confía en mí. —La mira con una sonrisa—. Toma, pon mi móvil a grabar y colócalo ahí encima.
Ella hace lo que le pide y al volver a su lado, él cambia el cabezal para que le corten el pelo al tres y se la da. Gabriela no está muy segura de lo que tiene que hacer. Roma, a su lado, está deseando que le deje la máquina.
—Esto puede ser muy mala idea —insiste Gabriela.
—De eso se trata.
—¡Yo ayudo! —grita Roma moviendo los brazos.
Adrián y Gabriela se miran y sonríen.
Ella enciende la máquina y se sorprende al notar la vibración en todo el brazo. Tendrá que sujetarla con más firmeza de la que creía. La acerca despacio a la cabeza de él.
—Corta sin miedo —la anima.
Ella pega la máquina a su cabeza y la pasa de delante atrás sin compasión. Todos ven los mechones que caen al suelo. Al instante, Gabriela apaga la máquina y se tapa la boca.
—¡Ay, madre!
—¡Ha caído! —grita Roma, agachándose para cogerlo. Divertido, Adrián junta las manos para que la niña se lo dé.
—¿Le decimos adiós al pelo de papá?
—¡Adióóós! —exclaman padre e hija devolviéndolo al suelo.
Roma lo mira con los ojos muy abiertos, mientras que Gabriela sigue sin poder creerse lo que acaba de hacer. Adrián, girándose para mirarla, murmura:
—Ya no hay marcha atrás.
—¡Otra vez, mami!
Adrián le guiña un ojo a su mujer, quien, agachándose, ayuda a Roma para que sea la siguiente.
—¡Mira, papi! —Señala el pelo, que no deja de caer al suelo—. ¡Otro!
A partir de ahí, la familia pasa un rato muy divertido al ver los ridículos mechones que le van dejando a Adrián por toda la cabeza. Su salón pasa de estar lleno de silencio y tristeza a ser un lugar de risas, recuerdos y pelo volando por todas partes.