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Lo han conseguido. Tal y como se prometieron el año anterior, este verano han podido irse unos días de vacaciones. Han vuelto a la casa de Tomás en Benicàssim. Se pusieron de acuerdo con él y han ido los días en que iba a estar vacía.
Para ambos abrir esa puerta es como volver a casa. Conocen cada rincón, no tiene secretos para ellos.
Tras dejar sus cosas e instalarse, se toman la primera noche para organizar lo que harán esos días.
—No olvidemos que estamos de vacaciones —comenta Gabriela antes de nada.
Juntos apuntan lo que quieren hacer y acuerdan que dedicarán un tiempo a conocer la zona, pero su prioridad es descansar y recargar pilas. Es lo que más les apetece. Además, el cumpleaños de Adrián les pillará allí.
Los días se suceden entre paseos, baños en la playa, helados, restaurantes, siestas revitalizantes, arena, bebidas frescas...
El cumpleaños de Adrián lo dedican a hacer lo que él quiera. Es su último día allí, al día siguiente toca volver a casa. Cuando Gabriela le pregunta, su respuesta es: «Mi único deseo es pasar un día tranquilo junto a mis chicas. No quiero nada más».
Y eso es justo lo que hacen. Tras levantarse y desayunar, salen a dar un paseo.
Gabriela se encarga de empujar el carrito de Roma.
A mediodía comen en un restaurante que, según el móvil de él, tiene muy buenas opiniones.
Salen de allí encantados. Se alegran de haberse fiado de lo que dicen unos extraños.
Vuelven al piso, duermen la siesta junto a Roma y, al despertar, comentan qué le apetece hacer a Adrián. Minutos después, salen con los bañadores puestos y cargando con unas toallas y la sombrilla. Se van directos a la playa.
Nada más tocar la arena, Roma chilla. El primer día fue un desastre. La niña parecía negarse a tocar la arena y el mar le daba miedo. Pero con paciencia y buen humor poco a poco se ha ido acostumbrando. Ahora ya está encantada.
Dan con un espacio libre no muy lejano al mar, pero tampoco pegado a otras personas, y colocan la sombrilla.
Es cosa de Adrián, las chicas lo observan mientras lo hace.
Luego, extienden las toallas y colocan a la niña encima.
La pareja se desviste para quedarse en bañador y dejan la ropa a un lado para echarse protección solar y ponerle un sombrerito a la pequeña.
Adrián coge a su hija en brazos y anima a Gabriela a bañarse con ellos.
Con buena intención, ella los acompaña, pero, en cuanto el agua le toca los dedos del pie, consigue que se dé media vuelta: le parece que está congelada.
Así que se despide con su mejor sonrisa y vuelve a la toalla para tumbarse.
Los observa durante un rato jugar en la orilla, salpicarse, evitar las olas.
.. Incluso ve que Roma se acerca a otro niño que parece de su edad.
También mira a las personas que tienen alrededor: hay parejas jóvenes, personas solas, niños jugando, familias numerosas, gente mirando el móvil, parejas de ancianos.
.. Esa sensación interna de agobio que siente en ciertas ocasiones vuelve a ella.
No puede controlarlo. Decide tumbarse, cerrar los ojos y disfrutar del buen tiempo.
No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando nota que le cae agua fría encima. Al abrir los ojos, ve que Adrián sujeta a la niña sobre ella.
—¡Pero bueno! —exclama.
Roma suelta una divertida carcajada que les hace reír. Tras moverse para coger una toalla, Gabriela envuelve a la pequeña para evitar que tenga frío y la sienta a su lado. Adrián se tumba junto a ellas.
Pasan la tarde así, jugando, diciéndole a la niña cómo se llama cada cosa que ven y metiéndose en el agua. Intentan que no se lleve la arena de la playa a la boca, pero es imposible. Bromean al no saber la cantidad de kilos que puede haberse comido ya.
—Qué fuerte, ¿verdad?
Adrián tiene los ojos puestos en Roma, quien se ha quedado dormida entre ellos envuelta en la toalla.
—¿Tener una hija? Es muy fuerte —dice Gabriela.
—En realidad, estaba pensando en que es muy fuerte lo distinto que era todo para nosotros la última vez que estuvimos aquí —comenta mirándola—, en esta misma playa.
—Ni siquiera sabíamos qué iba a pasar con nosotros dos.
—Es verdad... —Sonríe Adrián—. Qué complicado me lo pusiste, amor, cuánto me costó conquistarte.
Ella lo mira divertida por lo que le va a desvelar.
—En realidad... ¿Recuerdas el día que apareciste en casa con Trasto porque sabías que no me encontraba bien?
—Por supuesto. Ese día aprendí muchas cosas de ti, como cuál es tu helado favorito.
—Pues diría que ese día, prácticamente, ya me tenías.
Adrián abre la boca, sorprendido.
—¿Lo dices en serio? —Ella asiente—. Bueno, me gustó que me lo pusieras difícil. Así la recompensa me supo mucho mejor. —Ambos sonríen recordando aquel tiempo que ahora parece tan lejano—. Míranos ahora.
—Si nos hubieran dicho que dos años después estaríamos así —dice ella mirando a la niña—, no nos lo habríamos creído.
—Ni de broma.
La pareja se queda en silencio disfrutando del atardecer. Es el mejor momento para estar en la playa. Hasta el mar parece haberse relajado con la caída del sol.
—Cada vez me gusta más —murmura Gabriela.
—¿Quién, yo?
Aunque ha escuchado a la perfección su comentario y sabe que no va por él, Adrián consigue justo lo que quiere: que ella lo mire y sonría.
—Me refería a esto —le explica señalando a Roma—, a la familia y los recuerdos que estamos creando juntos. —Él asiente lentamente y vuelve a mirar el paisaje—. Y sí, no sé cómo lo haces, pero tú también me gustas cada día más.
Adrián se ríe pasándose la mano por el pelo. Gabriela, que no es la primera vez que le da vueltas a una cosa, cree que es buen momento para hablar con él.
—Adrián, me gustaría comentarte algo.
Nada más oír que lo llama por su nombre y percibir la seriedad en su tono, sabe que quiere hablar de algo importante. Seguramente de algo que no le guste. Y no quiere.
—¿Te encuentras bien? —le pregunta, preocupado.
—Sí, tranquilo. No es nada de eso.
—¿Está relacionado con estas vacaciones?
—No, es más bien sobre... el futuro.
Él se mueve para acariciarle la cara.
—Entonces, mejor lo dejamos para otro momento —sugiere con voz dulce.
—Cariño, es algo serio y creo que debe...
—Ya buscaremos otro momento para hablarlo —la interrumpe. Pero ella no se da por vencida.
—No creo que haya un momento adecuado —responde.
—Lo encontraremos.
Gabriela y Adrián se miran. Puede que no lleven diez años juntos, pero se conocen bien. Tanto que él es capaz de percibir la tristeza en sus ojos y no quiere hablar de nada triste ahora mismo.
—Amor, por favor..., es mi cumpleaños —murmura—. Vamos a quedarnos con nosotros y este atardecer de ensueño.
Con cierta resignación, Gabriela acepta y sonríe. Tiene razón, ese es su día. Entonces, intentando no despertar a la niña, se mueve para acercarse a él y darle un rápido y sentido beso en los labios.
—Permíteme disfrutar de mi mejor regalo de cumpleaños.