Un beso al aire 92
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Adrián va de camino a recoger a su hija en la guardería. Ese día Gabriela tiene turno de tarde, así que él se encarga.

Ella se encuentra en la recepción. Nada más empezar su turno, han tenido una urgencia, pero a partir de ahí la tarde va tranquila.

—Keira y yo ya estamos pensando dónde ir este verano —comenta Azahara, sentada junto a ella.

—¿Os vais unos días?

—Sí, ese es el plan. Mi intención es viajar con mi familia, como siempre, y luego poder escaparme con ella a algún lado.

Gabriela asiente mientras lee uno de los e-mails de publicidad que han llegado al correo electrónico de la clínica.

—¿Y vosotros?

—Como el verano pasado nos quedamos aquí, este año nos gustaría ir a algún sitio, aunque solo sea un fin de semana largo.

—Con lo que le gusta el agua a la enana, deberíais ir a algún sitio con playa.

Las dos amigas ríen recordando las veces que Azahara los ha acompañado a la piscina municipal. Roma estaba encantada, no había quien la sacase del agua.

—¡Por cierto! —exclama Gabriela al recordar algo—. ¿Qué tal está Venus?

Nada más escucharla, la otra pone los ojos en blanco. Al final, acabaron adoptando a dos gatas, Venus y Mulán. Hace un par de días, Keira llevó a Venus a la clínica.

—Está perfectamente —responde—. El problema es Keira, que es una alarmista.

—Anda ya, si es toda una madraza.

Pero su amiga niega con la cabeza.

—Es una pesada, eso es lo que es —se burla—. También te digo una cosa: tanto Mulán como Venus se han convertido en las reinas de la casa. ¡Ni que fuera suya!

Gabriela no puede hacer otra cosa que reír. Keira y Azahara son tal para cual.

—Hablando de casas, debería irme —dice Aza mirando la hora—. Le dije a Keira que hoy salía antes y me ha propuesto ir a cenar a no sé qué restaurante nuevo.

Las dos amigas se despiden justo cuando la puerta de la clínica se abre. Sorprendida por quienes entran, Gabriela se levanta para salir a saludar. Primero abraza a la madre, luego a la hija y por último se deshace en caricias con el perro.

—¡Cuánto tiempo! —exclama Carmen.

—Es cierto, hacía mucho que no coincidíamos —afirma la recepcionista—. ¿Qué tal todo?

Madre e hija se miran.

—Al final tuvimos que operar a Drako —le cuenta la niña.

—¡No me digas! —El pastor alemán y Gabriela se miran—. ¿De la displasia de cadera?

—Sí, empezó a empeorar muy rápido y la veterinaria nos dijo que lo mejor era la cirugía —explica Carmen—. Al principio nos daba un poco de miedo, pero como es tan joven, nos aseguraron que se repondría bien y rápido. ¡Y así ha sido!

Sandra no deja de acariciar al perro.

—¡Cuánto me alegro!

—¡Y nosotras! —Sonríe la mujer—. Hoy tan solo venimos a una simple revisión para comprobar que todo va perfectamente.

—Seguro que sí —afirma Gabriela—. Voy a avisar de que ya estáis aquí.

Al hacerlo, se cruza con Azahara, que ya se ha cambiado de ropa y se va a casa. Gabriela vuelve con la veterinaria y madre e hija pasan a la consulta con Drako.

Poco a poco, la clínica se va vaciando de clientes, hasta que a las ocho y media de la tarde echan el cierre.

—Mañana más —murmura un veterinario al despedirse de Gabriela.

Ella asiente, coge sus cosas de la sala de personal y sale también. Cuál no es su sorpresa al encontrarse a sus dos personas favoritas esperándola en la calle.

—¡MAMIII! —grita la niña nada más verla.

Gabriela no duda en correr a su encuentro y, cuando Roma la abraza, la coge en brazos.

—¿Qué hacéis aquí?

Adrián se acerca a su mujer para darle un tierno beso.

—Estábamos en casa y hemos dicho: ¿y si vamos a darle una sorpresa a mami? —dice mirando a la niña—. ¿Verdad, Roma?

—¡Sííí!

Gabriela sonríe contenta. No esperaba verlos allí, pero le ha alegrado hacerlo.

Dan un paseo hasta casa. Al llegar, Adrián se va directo a darse una ducha rápida mientras las chicas deciden qué cenar.

Al salir, oye música, intuye que Gabriela ha puesto uno de sus vinilos.

Pero la sorpresa se la lleva él cuando al comenzar a bajar las escaleras, no solo reconoce la canción, La trama principal , de Dani Fernández, sino que se las encuentra bailando en mitad del salón.

Observa a Gabriela moverse lentamente al compás de la melodía mientras tiene a Roma en brazos y la niña se abraza a ella.

No quiere interrumpir el momento, se sienta en uno de los escalones y se queda embobado mirándolas. «Podría pasarme horas así», se dice.