Un beso al aire 88
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Al estirar los brazos, Adrián se da cuenta de que hoy amanece solo en la cama. Imagina que Roma habrá llorado y Gabriela ha ido junto a ella, aunque le sorprende no haberla oído. Al girarse y dejarse caer sobre el lado vacío, nota algo en la espalda. Es una nota.

¡Feliz San Valentín!¡Feliz San Valentín!

Ponte algo cómodo, como si fueras a dar un paseo largo, y baja a desayunar.

Frotándose los ojos, se levanta. Tras asearse y cambiarse de ropa, encuentra a sus chicas en el salón. Primero se acerca a darle los buenos días a Roma, y acto seguido, a su mujer.

—Buenos días, amor —murmura dándole un beso—. ¿Este año sí celebramos San Valentín?

—Estamos casados y tenemos una hija —dice ella con guasa—. ¿Tú qué crees?

—¿Sabes que tengo mesa reservada en un restaurante para comer?

Se supone que ella no tendría por qué saberlo, pero lleva dos semanas utilizando a Keira y Miguel para saber qué estaba planeando Adrián.

—Pues vas a tener que cancelarla.

Él, abrazándola por detrás, le susurra:

—¿Estás segura, princesita?

—Muy segura, principito.

Tras unos cuantos besos más, Adrián se hace un café mientras Gabriela prepara unas tostadas de aguacate. Desde ese momento hasta que se lleva el último bocado a la boca, él trata de conseguir que le cuente lo que significa la nota.

—Vas a tener que confiar en mí.

—Uf, qué peligro. —Suspira de forma graciosa.

Pero ella acaricia a la niña sin hacerle ni caso.

Recogen las cosas y Adrián la sigue por la casa para preparar lo que necesitarán llevarse para la pequeña Roma.

—¿Vamos muy lejos?

—Lo único que te voy a decir es que conduces tú —responde metiendo pañales en la mochila.

Adrián suelta una carcajada, es el único de los dos que tiene el carné de conducir.

—¿Así voy bien vestido?

—Vas perfecto —afirma con una sonrisa tras mirarlo de arriba abajo.

Durante el trayecto en coche, tienen suerte y Roma se queda dormida. Gabriela se encarga de poner música y darle las indicaciones de por dónde debe ir, consiguiendo así que Adrián tarde en averiguar adónde van. Aunque finalmente unos carteles se lo acaban desvelando.

—¡Bienvenido a tu Día de San Valentín en Toledo!

Tras dejar el coche en un aparcamiento y coger el carrito de Roma, comienzan a caminar adentrándose en la ciudad. Las calles del casco antiguo los envuelven junto a turistas que van de un lado a otro cámara en mano y gente que va simplemente paseando, como ellos.

Roma empieza a llorar justo cuando dan con una callejuela en la que un sabroso olor a panadería los envuelve. No dudan en desviarse para calmar a la niña y así compartir un bollo de chocolate antes de seguir.

La primera cuesta arriba la suben animados. En la segunda, el peso del carrito empieza a notarse, pero Adrián no piensa darse por vencido. Pero cuando les toca encarar la tercera, el carrito suelta un ruido raro. Deciden sentarse en un banco para recobrar el aliento.

—Esta ciudad va a acabar con nosotros —murmura él pasándose la mano por la frente.

—Más nos vale que no. —Ríe ella, aún más agotada.

Colocan delante de ellos el carrito para echarle un vistazo. Gabriela, al ver que la niña la mira fijamente, la coge en brazos.

—No me ha gustado ese ruidito —señala Adrián.

Pero, una vez que comprueban que todo sigue en su sitio, y que, simplemente, se había metido una piedra en el engranaje de la rueda, siguen con la ruta.

Llegan a la catedral y se quedan impresionados ante su imponente fachada.

Después van a ver el Alcázar, y de ahí directos a comer en un restaurante pequeño, en el que cada plato está más rico que el anterior.

Al salir, siguen caminando un rato hasta que Gabriela sugiere volver al coche para hacer una última parada antes de ir al hotel en el que pasarán la noche. Con ayuda del GPS del móvil, lleva a Adrián hasta el Mirador del Valle, justo a tiempo para ver el atardecer.

Él la mira, sorprendido.

—Esto es demasiado bonito.

—Te dije que confiaras en mí.

La pareja se da un sentido beso mientras él la abraza para atraerla hacia su cuerpo. Se toman un momento en silencio para observar las maravillosas vistas de la ciudad.

—Quién nos iba a decir hace un año que tú y yo íbamos a estar aquí —comenta él—, con lo que me costó convencerte para que me dejaras llevarte a cenar.

—Es que no soy una chica fácil.

—Ya lo sé, amor. Me lo dejaste muy claro. —Ríe él.

Ella asiente con una divertida sonrisa, sabe que su chico tiene razón, que no se lo puso fácil. Recuerda a la perfección que le dijo que no quería que celebrasen San Valentín, que sería un día normal y corriente para ellos.

—Qué equivocada estaba entonces... —dice, atrayendo su mirada.

—¿A qué te refieres?

—A que estaba convencida de que enamorarme de ti era lo peor que podía hacer. Y míranos ahora. No podía estar más equivocada.

Adrián la acaricia, él también se acuerda de sus inicios.

—¿Y qué piensas ahora?

—Me alegro tanto de haberme grabado a fuego la frase que me dijo Azahara...

—Prefiero amar demasiado a vivir a medias —murmura él de memoria.

Es una frase en la que piensa todos los días, incluso la apuntó en la cubierta de su diario para tenerla siempre presente. No quiere que nunca se le olvide porque, gracias a ella, Roma está aquí, y el amor que siente por Adrián y recibe de él es bonito y real.

—¿En algún momento te has arrepentido de dejarme entrar en tu vida?

—Sí, pero me ha durado poco —bromea haciéndole reír—. Cariño, todo lo que he vivido contigo ha merecido la pena. Absolutamente todo.

—¿Incluso que te tirase una copa de vino encima?

—Incluso eso, porque fue el principio de todo.