Un beso al aire 84
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Adrián abre la puerta del paritorio con sumo cuidado. Está en silencio y con una luz muy tenue. Mira directamente hacia la cama. Gabriela está recostada, con el pelo revuelto y la piel algo pálida. Aun así, le parece que está preciosa.

Ella, después de lo que acaba de hacer, siente que casi no le quedan fuerzas. Pero sonríe al verlo. Adrián se acerca y lo primero que hace es darle un beso en la frente. Tiene cara de estar agotada.

—¿Estás bien, cariño?

Ella asiente y aparta las sábanas.

—Mira quién está aquí... —dice con un hilo de voz—. Es papá.

Los ojos de Adrián se iluminan como nunca. El corazón le late tan fuerte que se le va a salir del pecho. Ahí está Roma. Su hija. Se agacha para poder verla bien.

—Hola, Roma...

El pelo oscuro contrasta con lo clarito y arrugado de su piel. Tiene las manos cerradas en puño y parece dormir profundamente. Con todo el cuidado del mundo, le acaricia la cabecita. Roma mueve un brazo al notarlo.

—Parece mentira que tú y yo la hayamos creado, ¿verdad? —dice Gabriela.

—Así es. —Sonríe él y mira a su mujer. Ella vuelve a tapar a la niña para que no coja frío.

—La doctora dice que nos vamos a quedar unos días en observación por lo de mi corazón... —susurra—. Pero todo ha ido bien.

Adrián se preocupa, pero sin querer ser alarmista, dice:

—De acuerdo, amor. —Tras unos segundos de silencio, pregunta—: Sabe que Roma ha nacido antes de tiempo, ¿no?

Ella sonríe al ver la duda en el rostro de Adrián.

—Sí, tranquilo. Es una chica fuerte.

Adrián tiene los ojos llenos de lágrimas y Gabriela se emociona al verlo así. Un par de ellas le recorren las mejillas.

—Amor, tú sí que eres fuerte. Lo has hecho increíble.

Ella le coge una mano, se la aprieta y lo corrige:

—Lo hemos hecho increíble.

Tras un rato de intimidad, y cuando llevan a Gabriela y a la pequeña a la habitación, Adrián avisa a los demás para que pasen a verlas. Salma, que sabe cómo van estas cosas, los advierte de que no estén mucho rato, hay que dejar que Gabriela descanse.

César es el primero en acercarse a su nuera.

—¿Cómo estás, corazón?

—Cansada pero bien.

—¡Madre mía, qué nieta más bonita tengo! —exclama Salma al ver a la pequeña.

Azahara y Miguel también se acercan, mientras que Keira se queda un paso por detrás abrazando a su primo.

Gabriela y Azahara se miran.

—Reina, es preciosa... —No puede terminar la frase, se echa a llorar. Gabriela la coge de la mano con cariño.

—¡Primo, se parece a ti! —exclama Miguel al instante.

—Pues pobrecilla —bromea él consiguiendo que todos se rían.

Y así, lentamente, la habitación empieza a llenarse de lágrimas, emoción, halagos y miradas. Miradas hacia la bebé, pero también la mirada tierna de una madre primeriza a un padre primerizo, que una vez más le ha demostrado que es su número uno.