Un beso al aire 83
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—No...

Incorporándose sobre la cama, le toca el hombro.

—Cariño...

Pero Adrián no se despierta. Por lo que, esta vez con más fuerza, le aprieta el hombro mientras dice:

—Adrián.

Se gira hacia ella, ha conseguido despertarlo.

—Dime... —murmura con los ojos cerrados.

—Creo que estoy de parto.

Adrián abre los ojos de golpe.

—¡¿YA?!

—Creo que sí.

Entiende su desconcierto. Según las estimaciones del equipo de obstetricia, estaba previsto que Roma naciese para el 23 de octubre. Aunque parece que tiene otros planes.

Levantándose de un salto, Adrián se cambia de ropa para acompañarla al hospital. Antes de bajar, pasa a toda prisa por la habitación del bebé para coger la bolsa que prepararon hace tan solo dos días. Está histérico. Pero al verla a ella igual, tiene que mantener la compostura y parecer tranquilo.

—Menos mal que la teníamos preparada —susurra al cogerla.

Vuelve junto a Gabriela, bajan las escaleras sin prisa, hasta que ella frena en el último escalón. Él, al ver su gesto de dolor por una nueva contracción, no puede hacer otra cosa que sujetarla para que no pierda el equilibrio mientras en silencio se anima a sí mismo a respirar.

Tras un viaje en coche en el que Adrián ha ido todo lo rápido que ha podido, sin olvidar la seguridad, llegan al hospital. A esas horas lo encuentran todo sorprendentemente tranquilo. Mientras los atienden, Adrián manda un wasap al grupo familiar para avisarlos: «¡Roma ya viene!».

En el hospital les hacen unas preguntas y los pasan a la monitorización, donde confirman a Gabriela que está de parto. Nada más oír la palabra, Adrián y ella se miran y él le coge la mano sin intención de soltársela en ningún momento. Ambos sonríen con una mezcla de miedo y desconcierto.

—¿Cuánto va a durar?

—¡Ojalá lo supiésemos! —bromea la enfermera.

A partir de ahí, el tiempo se vuelve difuso. Las contracciones se vuelven más fuertes, la luz de la habitación cambia al hacerse de día, las enfermeras entran y salen, el grupo familiar de WhatsApp no para, los monitores pitan sin cesar...

Aunque Adrián está junto a su mujer todo el rato, hay momentos en los que no puede evitar sentirse inútil. La ve sudar, sufrir, contraerse del dolor..., y él, al verse tan libre, no sabe qué hacer para ayudarla, lo que le hace sentir una impotencia terrible.

Se limita a darle agua, a apartarle el pelo de la cara y decirle que la quiere. Trata de darle ánimo y cariño, de darle aire cuando ella se lo pide, deja que le apriete la mano con todas sus fuerzas, incluso no se molesta cuando ella, de vez en cuando, le hace un feo o le da un grito.

En algún momento de la mañana, cuando ella ha dilatado lo suficiente, se los llevan al paritorio. Ya no sabe ni qué hora es, la última vez que pudo mirar el móvil recuerda que su prima Keira le dijo que iban de camino al hospital.

Nada más entrar en esa nueva sala y mirar a su alrededor, Adrián siente como si estuvieran en un lugar donde el tiempo se mueve de manera diferente, con pitidos y voces procedentes de todos lados.

Mientras que todos ahí dentro parecen saber exactamente lo que tienen que hacer, él está inmóvil. Incluso acobardado.

En un momento dado, baja la cabeza y encuentra la mirada de Gabriela, que parece exhausta. Él sonríe para aparentar tranquilidad, o eso intenta. Está tan abrumado que por momentos no sabe si está sentado o de pie.

Tras un rato que a Adrián se le hace eterno, escucha a la doctora decir:

—Gabriela, lo estás haciendo genial, pero por tu enfermedad preferimos acortar el esfuerzo final para que tu corazón no tenga que trabajar tanto.

Escuchar eso lo asusta mucho, por lo que pregunta:

—¿Cómo vais a hacer eso?

—La vamos a ayudar un poco —asiente la mujer—. Necesitamos que esperes fuera mientras lo preparamos todo.

—¿Pero va a estar bien?

—Sí, tranquilo. Te avisaré en cuanto vuestro bebé esté con ella.

Nada más oír eso, mira a Gabriela. No querría alejarse por nada en el mundo, pero sabe que tiene que hacerlo. Debe comportarse como un adulto, va a ser padre. Por lo que, acercándose para darle un beso en la frente, le susurra antes de irse:

—Te quiero muchísimo.

—Y yo a ti...

Con una mezcla de cansancio, mareo, incertidumbre y miedo, Adrián recorre el pasillo hasta la sala de espera. Ahí se encuentra con parte de su familia, entre ellos sus padres, que se levantan. Al sentir su abrazo cierra los ojos. Lo necesita. Necesita dejar de ser el fuerte por un rato.

—¿Cómo lo lleva?

—Muy bien —afirma, echándose el pelo hacia atrás—. Lo que Gabriela está haciendo ahí dentro es absolutamente increíble.

Todos asienten. No tienen ninguna duda de ello.

—Oye, ¿pero no tenía que nacer el 23 de octubre? —pregunta su primo Miguel.

—En teoría, ese era el plan, pero está claro que Roma ya viene imponiéndose. —Sonríe tímidamente el futuro padre.

Fijándose en la cara de cansado que tiene su hijo, Salma lo anima a sentarse con ellos en la sala de espera. César no tarda en traerle una botella de agua y un sándwich de la máquina expendedora por si tiene hambre. Su hijo también tiene que cuidarse.

—Está claro que Roma no quería ser escorpio —bromea Keira.

—Es una chica libra, como yo —le sigue la broma Azahara.

—Dime que eso es bueno...

Esta, mirando a Adrián, responde:

—¡Por supuesto! Las libra somos personas sociables, curiosas, serenas y con estilo. —Y haciendo una mueca, añade—: Ya me la llevaré yo de compras cuando sea adolescente.

Adrián le dedica una sonrisa. Aprovecha para mirar el reloj que hay en la pared: son las diez menos cuarto de la mañana. Parpadea con fuerza al darse cuenta de la cantidad de horas que llevan ahí metidos.

Parece que los minutos pasan a cámara lenta. Eso le preocupa: «¿Gabriela estará bien?», se dice.

Aunque intenta que no pase, los nervios cada vez se apoderan más y más de él. Esto hace que en cuanto ve aparecer a la matrona, se ponga de pie de inmediato.

—Adrián, ¿estás listo para ver a tus chicas?

Él sonríe emocionado.

«No... Pero vamos allá», se dice.