Un beso al aire 82
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Parece mentira, pero el día ha llegado.

La pareja acude puntual a la notaría. Gabriela aparece vestida con su precioso vestido blanco mientras que Adrián lo hace con un traje oscuro. Allí se encuentran con la familia. Todos van radiantes y los saludan con cariño.

—Qué elegante vas, sobrino —lo piropea Zulema.

—No todos los días me caso con la mujer de mi vida —responde él guiñándole el ojo.

Nada más oírlo, Salma se lleva un pañuelo al rostro para secarse las lágrimas.

Desde que se ha levantado esa mañana la emoción la desborda.

Su único hijo, Adrián, en los últimos meses ha madurado como nunca imaginó, convirtiéndose en un chico responsable en todos los sentidos.

Y eso se debe al amor que siente por Gabriela.

Por la chica con la que se casa hoy y que lo va a hacer papá.

Carlos, su cuñado, al ver su emoción, la abraza, también visiblemente emocionado.

Llega la hora y la pareja entra en la sala. No necesitan más que a dos testigos para el enlace, pero allí acaban todos apelotonados mientras Gabriela y Adrián miran la escena divertidos. Está claro que nadie quiere perderse el momento.

Felipe les pide la información correspondiente y Adrián, que lo lleva todo en una carpeta para no perderlo, se la da. Tras verificar el notario que no hay impedimentos para ese matrimonio y leer los artículos del Código Civil español, les pregunta si aceptan el matrimonio.

Los novios están nerviosos, casi no han tenido tiempo ni de asimilar que realmente se van a casar.

La respuesta por ambas partes es la misma: «Sí, quiero».

La pareja se intercambia las alianzas y esta vez Adrián sí se la coloca en el anillo anular, tal y como le prometió, mientras se miran con verdadero amor.

La pareja, los testigos, que en este caso son Azahara y César, el padre de Adrián, y el notario firman el acta matrimonial. Y, una vez aprobado el expediente, Adrián y Gabriela salen del edificio oficialmente como marido y mujer.

Ya en la calle, la pareja se da un beso que todos aprovechan para fotografiar. La familia entera se abraza, incluidos Adrián y su madre, que se limpian las lágrimas mutuamente. Está siendo un día muy emocionante.

De ahí se van a un restaurante a comer todos juntos entre risas, festejos, anécdotas y gritos de «¡Vivan los novios!».

La fiesta ha continuado en casa de Salma y César. Han pasado la tarde juntos bailando, riendo y haciéndose fotos para recordar ese día por siempre.

Lo primero que hace Adrián nada más salir del ascensor es cogerla en brazos.

Gabriela, sorprendida, se ríe. Él le explica que quiere pasar el umbral de la casa como marca la tradición.

Entre risas, ella consigue abrir la puerta y, cuando entran y él la deja en el suelo, lo primero que hacen es darse un beso.

Instantes después, él va a beber agua mientras ella se descalza. Se agacha para coger los zapatos y, cuando está dispuesta a ir escaleras arriba a la habitación, Adrián llama su atención.

—Amor, ¿estás muy cansada?

—Un poco.

—¿Me concederías cinco minutos?

Ella asiente con una sonrisa y deja los zapatos junto al primer escalón. Su marido se mueve por el salón y saca algo envuelto de detrás del sofá. Cuando lo ve caminando hacia ella, pregunta:

—Eso no será un regalo para mí, ¿no?

Él mueve la cabeza, haciéndose el remolón.

—Cariño, yo no tengo nada para ti —murmura ella con un puchero.

—Es un regalo... para la casa.

Ella lo mira sin saber si debería creerle. Coge el regalo y, por el tamaño, tiene forma de vinilo. La sorpresa se la lleva cuando rompe el papel que lo envuelve y ve la portada de «The Romantic», de Bruno Mars.

—¿Y esto? —susurra.

—Varios meses atrás, al escuchar este disco me dijiste que te había recordado a tu tío Juanjo porque sabías lo mucho que le hubiera gustado.

—Gabriela se emociona. Adrián consigue que lo mire con ojos brillantes—.

Hace unos días, estaba pensando en nuestra boda y en las personas importantes para nosotros que no iban a poder acompañarnos físicamente en nuestro gran día.

—Ella asiente. Nada le hubiera gustado más que su tío formase parte de ese grupo de personas—.

Estuve pensando en formas de hacer partícipe a Juanjo del día de hoy, y para honrar lo importante que fue para ti —continúa explicándole Adrián—. Y se me ocurrió regalarte este disco.

—Eres increíble... —murmura ella.

Adrián, viendo los ojos vidriosos de ella, no duda en darle la mano.

—No solo porque sé que te acordaste de él nada más escucharlo, sino porque así nuestro primer baile oficial como marido y mujer puede ser uno de sus temas, una canción que sabes que le hubiese gustado a tu tío.

Visiblemente emocionada, Gabriela se abraza a él con fuerza, dejando que las lágrimas recorran sus mejillas sin importarle el maquillaje.

No puede creer que se haya casado con él.

Que se haya casado con Adrián, un chico al que prejuzgó nada más conocerlo y que se ha esforzado para hacerla ver y sentir más allá.

Un chico sensible, atento y que presta atención a los detalles más pequeños e insignificantes, como cuando le hizo un simple comentario sobre ese disco.

No puede creerse que haya tenido tanta suerte en el amor.

Cuando nota que está más relajada, Adrián coge el disco y, colocándolo en el tocadiscos, busca la canción que cree perfecta para su primer baile oficial. Comienza a sonar Dance With Me . Entonces, acercándose de nuevo a ella con una preciosa sonrisa, le pregunta:

—¿Me concedes este baile?

Viendo que su ahora marido le ofrece su mano, ella la acepta.

—Este y todos los de mi vida.

Y así unen sus cuerpos para, lentamente y sin prisa, dejarse llevar por la romántica melodía de la canción y disfrutar del momento. De ese irrepetible e inolvidable momento.