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—Llevamos toda la tarde con esto, ¡no puedo más!
—¿Ya te has emborrachado de nombres? —bromea él, recordando el día que la acompañó a buscar un sofá nuevo.
Ella lo mira con cara de pocos amigos mientras que él no puede evitar reír al verla tan desesperada.
—¿Y qué quieres que hagamos si no nos podemos poner de acuerdo?
—Es que contigo es imposible, te gustan nombres demasiados cortos —se queja.
—Lo mismo digo de tus opciones, son todo nombres largos. —Ríe él.
Ambos, sentados sobre la alfombra de la habitación del bebé, echan un ojo a sus listas. Ella la tiene escrita en papel mientras que él la ha hecho en el móvil.
Valeria Tania
Natalia Aria
Alejandra Eva
Valentina Alba
Claudia Vega
Sabrina
Tras unos segundos, es Gabriela la que habla.
—Uno de los dos va a tener que ceder.
La pareja se mira con intención de conseguir que el otro lo haga, pero no hay manera.
—Vale, tengo una idea —dice él poniéndose de pie—. ¿Y si apuntamos nuevas opciones de nombres en papelitos, los mezclamos y sacamos uno al azar?
Tras un segundo, ella asiente con una condición.
—Pero te advierto que, como no me guste el nombre que salga, no pienso aceptar.
Divertido por la idea, sale de la habitación en busca de papel, bolígrafo y un cuenco para echar los papelitos. Al volver cada uno apunta sus opciones y, sin que el otro las lea, las mezclan. Adrián le cede los honores.
Con ganas de acabar con la indecisión, Gabriela remueve bien los papeles y saca uno al azar. Lo desdobla y lee el nombre en alto.
—Roma.
Aunque se quedan callados, Adrián sonríe. Ese nombre ha sido una de sus nuevas propuestas y, a juzgar por el gesto de ella, no parece desagradarle.
—Me gusta Roma.
—A mí también.
—Roma Castillo Suárez... —murmura Gabriela.
—Suena a persona importante, ¿no? —afirma él, repitiéndolo una y otra vez.
—Suena muy bien. ¿Sabes que una de mis películas favoritas cuando era más pequeña era Lizzie McGuire: Estrella Pop?
—¿Esa en la que va a Roma y acaba sintiéndose como una superestrella del pop? —dice él para su sorpresa.
Gabriela lo mira atónita. Asiente. Está claro que Adrián tiene más cultura cinematográfica de la que ella creía.
—Gracias a esa película, me fijé en Roma —comenta—. Aunque aún no he estado, cada vez que veo esa película me enamoro más y más de la ciudad.
—Yo fui de viaje de fin de curso en el instituto y me encantó —le explica—. Poder ver lugares como la Fontana di Trevi, el Coliseo o la famosa Bocca della Verità en vivo y en directo me pareció espectacular.
—Tendremos que ir los tres juntos —propone Gabriela.
Adrián sonríe entusiasmado. Se acerca a ella y posa la mano sobre su vientre mientras la mira.
—Entonces, ¿tenemos nombre?
—Yo diría que sí.
Adrián le habla a la tripa de su novia:
—Hola, Roma, soy papá.
La pareja se pasa unos minutos hablando del nombre y divagando con planes de futuro tirados en la alfombra, hasta que algo que aparece en la mente de Gabriela. No es el primer día que piensa en ello y necesita comentarlo con él. Tiene que exteriorizar su miedo.
—Adri, tengo que hablar contigo.
Él, tumbado bocarriba junto a ella, se gira. Apoya el codo en la alfombra y la cabeza sobre la mano.
—Cuéntame.
—Quizá piensas que es una tontería, pero llevo dándole vueltas un tiempo y me vendría bien hablarlo contigo.
—Si no paras de darle vueltas, no es una tontería. ¿Qué pasa?
Gabriela se debate en cómo afrontar el tema, así que respira hondo y termina por decir:
—Son mis padres.
—¿Qué pasa con ellos? ¿Al final los has llamado o les has dicho lo de Roma?
Ambos sonríen al sentir que el nombre de su hija se ha convertido en algo real.
—No.
—¿Entonces?
—Sigo sin tener claro si quiero decírselo.
—Es decisión tuya, hagas lo que hagas estará bien —afirma su novio.
Adrián y ella lo han hablado en más de una ocasión.
Él tiene claro que no quiere inmiscuirse.
Contárselo o no es cosa de ella y la apoyará decida lo que decida.
Gabriela le ha contado la nula relación que tiene con ellos.
No comprende que sus padres sean así, pero lo que ambos tienen claro es que ellos no serán así con su hija.
—He estado pensando en el día en el que yo ya no esté.
—Gabriela...
—No, deja que me explique.
—Gabriela, no quiero hablar de eso.
—Tenemos que hablarlo.
—Pero...
—Cariño, no pretendo morirme mañana ni el año que viene. Pero soy consciente de que tengo una enfermedad de corazón y necesito hablar ciertas cosas contigo. —Adrián cierra los ojos. Solo de imaginárselo se le parte el corazón, pero ella insiste—: Por favor. Es importante para mí.
El tema es serio, de modo que Adrián se incorpora y se sienta, y la ayuda a hacer lo mismo.
—A ver... —murmura Gabriela, cogiendo aire—.
Está claro que mis padres no forman parte de mi vida, pero eso no quita que legalmente sigan siendo mis padres.
—Adrián asiente en silencio—. Y me agobia que el día que me pase algo, ellos reaparezcan y reclamen a Roma como su nieta.
—Adrián le presta aún más atención—. Me da miedo que se metan en abogados para reclamar su derecho como abuelos y te la quieran quitar.
—Eso no va a ocurrir porque no se lo voy a permitir.
Gabriela conoce a sus padres. Sabe hasta dónde pueden llegar por conseguir lo que quieren.
—Sé que no se lo permitirías, pero también sé cómo son. Y no pararían hasta que Roma estuviera viviendo con ellos.
Escucharla decir eso lo angustia, pero sin querer agobiarla, dice:
—Amor, creo que te adelantas a los acontecimientos.
—Lo sé, pero los conozco y sé que serían más que capaces de hacer algo así —replica—. Es una posibilidad y debemos pensar más allá, no por nosotros, sino por nuestra hija.
Se miran con seriedad. Está claro que es algo que deben tener muy en cuenta.
—Cariño, si ese momento llega, ¿qué pasaría?
—Amor, no pasaría absolutamente nada —dice él, intentando transmitirle calma—, porque yo soy el padre de Roma y no permitiría que la separasen de mí. Y si ellos contratan abogados, yo también los contrataría. A cabezota no me gana nadie y menos cuando se trata de mi hija.
Gabriela lo mira en silencio. Le encanta oírlo hablar con esa seguridad de su papel como padre, pero no tiene claro que sea suficiente. Él percibe sus dudas.
—Creo que encontrarían la manera de quitártela —afirma, muy a su pesar.
—Lo dudo.
Los ojos de ella parecen querer decirle algo.
—¿A ti se te ocurre alguna solución?
—Sí.
—Pues dímela.
Gabriela se aparta el pelo del rostro y, con cierta timidez, dice:
—Hay algo que, bueno..., no hemos pensado porque sinceramente es una locura, pero que creo que nos facilitaría mucho las cosas.
Él espera que siga hablando, hasta que algo hace clic en su cabeza.
—¡¿Estás hablando de casarnos?!
—Me muero de vergüenza, pero sí.
—¿En serio hablas de boda? —Ríe.
—Sí, pero no quiero que te sientas presionado.
Adrián sonríe, está claro que Gabriela no deja de sorprenderlo. Él lo ha pensado en más de una ocasión, pero nunca se ha atrevido a proponérselo.
—Sé que todo va extremadamente rápido entre nosotros y que estamos teniendo experiencias que de normal las viviríamos a lo largo de los años, pero.
.. pero es la única solución que se me ha ocurrido.
—En silencio, Adrián ordena todo en su cabeza: «¿Gabriela y yo casados?
»—. Solo quería comentarlo contigo porque es algo que me preocupa de cara al futuro de nuestra hija.
No quiere decir que estemos obligados ni nada parecido, es solo que el mero hecho de estar casados. ..
—... nos facilitaría todos los tema administrativos, burocráticos y jurídicos para que no hubiera cabos sueltos y tus padres nunca la pudieran reclamar —termina diciendo él mientras se levanta del suelo.
Gabriela asiente algo angustiada. No sabe si es así como quería hablar de esto con él, pero tampoco sabe cuál era la forma correcta de hacerlo.
Tomándose un momento para pensar, Adrián se mueve por la habitación del bebé sin decir nada. Parece estar meditando lo que ella acaba de exponer. En un momento dado, se acerca a la cómoda, coge algo y vuelve a sentarse con Gabriela.
Ambos se miran en silencio hasta que él, apartándose el pelo de la cara, le muestra el chupete naranja que tiene en la mano y pregunta:
—Gabriela, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Cómo? —susurra confundida—. ¡No te lo he dicho para que me lo pidas ahora!
Pero él no se mueve y repite:
—Gabriela, ¿te quieres casar conmigo?
—Adrián, ¿pero lo has pensado?
—Sí.
—¿Quieres que nos casemos ya?
—¿Qué más nos da hacerlo ahora que dentro de un tiempo?
—responde sonriendo—. Sé que no hace ni un año que nos conocemos, pero estoy muy seguro de lo que siento por ti y por Roma, y de que por nada del mundo quiero separarme de vosotras.
—Ella no sabe qué decir. Él siempre le facilita la vida—.
Gabriela, eres el gran amor de mi vida —dice haciéndola sonreír—.
Y, por mucho que pase el tiempo, estoy seguro de que eso no va a cambiar porque eres irrepetible y sería un idiota si te dejara escapar.
Visiblemente emocionada, Gabriela le da la mano que tiene libre.
—Adrián, desde que llegaste a mi vida has hecho algo que yo creía imposible: has conseguido cambiar mi forma de ver el amor —dice mirándolo a los ojos.
Con una gran sonrisa en la cara, él decide repetir la pregunta:
—Gabriela, ¿te quieres casar conmigo?
—Sí.
—¿Segura?
—Segurísima.
Atraídos como un imán, se besan. Cuando el beso termina, Adrián coge la arandela del chupete naranja y la mete en su dedo meñique, murmurando:
—El dedo anular lo reservo para cuando compre el anillo que te mereces.
—Cariño, contigo ya tengo más de lo que merezco.