Un beso al aire 79
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Sábado por la mañana y el supermercado está a reventar. Adrián empuja el carrito de la compra mientras Gabriela mete los alimentos e ingredientes que necesitan para esa semana.

Ella odia ir a hacer la compra cuando hay tanta gente. No le gusta estar en lugares tan abarrotados, en ambientes así de cargados siente que le falta el aire. Si por ella fuese, habría ido entre semana, pero Adrián quería ir también. Lo entiende.

Va mirando la lista de la compra que lleva en el móvil. Cuando se acerca a coger unos cartones de leche, Adrián se le adelanta.

—Justo iba a cogerlos.

—Ya lo hago yo, que pesan —dice él, metiéndolos en el carro.

Ella asiente y sigue a lo suyo. Él no tarda en seguirla.

Recorren unos cuantos pasillos más hasta ponerse en la interminable cola de la caja. Una vez que llega su turno y el cajero va pasando los alimentos por el escáner, Gabriela los mete en las bolsas, pero Adrián se encarga de ponerlas en el carro.

Dándose cuenta de que, prácticamente, le quita las bolsas antes de poder terminar de llenarlas, Gabriela lo mira. Incluso el cajero se fija en la situación, pero Adrián sigue a lo suyo sin enterarse de nada.

Al rato, cuando llegan a casa, él carga con todas las bolsas.

—Trae, dame alguna.

—No hace falta, amor, yo puedo —responde cerrando el coche.

—Adri, pesan mucho.

Pero, haciéndole caso omiso, comienza a caminar. Tomándose un segundo para respirar hondo, Gabi lo sigue.

Ya en casa, y mientras él mete todas las bolsas de la compra, Gabriela abre el frigorífico. Coge el brik de leche y le da un trago.

—Amor..., eso no se hace.

—Mira, principito... —dice sin mirarlo—. ¡Déjame!

Cuando Gabriela va a coger dos briks de leche, Adrián se los quita de las manos. Se lo queda mirando estupefacta, pues los deja donde ella iba a hacerlo.

—Vale ya, ¿no?

Al escucharla, Adrián se gira para mirarla.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que quizá no puedo subir seis pisos por las escaleras, pero no estoy incapacitada como para no poder colocar la compra en mi propia casa.

—Lo sé.

—¿Y por qué me tratas como si no pudiera?

Al ver su rostro serio, Adri decide que lo que hay en la encimera aún por colocar puede esperar.

—Amor, no te estoy tratando de ninguna manera.

—Ah, ¿no? —responde ella de mal humor—. ¿Por qué no me has dejado que subiese alguna de las bolsas? O, por ejemplo, ¿qué tiene de malo que coja la leche?

Pasándose la mano por el pelo, él rodea la encimera para acercarse a ella.

—Solo intentaba que no hicieras sobreesfuerzos.

—Lo entiendo, Adri, pero necesito que pares.

Aunque asiente, Adrián mira a su alrededor sin comprender que se haya puesto así por unas cuantas bolsas. Y ella, como si pudiera leerle la mente, se lo explica.

—El otro día, cuando fui a poner la lavadora, corriste para coger tú el cesto de la ropa —comienza a enumerar—.

No me dejas hacer la cama ni fregar el suelo porque el cubo lleno de agua pesa demasiado.

¡Ayer ni siquiera pude llevar la olla de las lentejas de la encimera a la mesa a la hora de comer!

—Te recuerdo que tu miocardiopatía dilatada no es cualquier cosa —farfulla Adrián.

—Soy muy consciente de ello —resopla molesta—, llevo conviviendo yo sola con esta enfermedad varios años. Y mira..., ¡sigo viva! —Adrián se cruza de brazos—. Ginés dijo que podía hacer vida normal.

—Dijo que podías hacer vida normal con ciertas precauciones —la corrige.

La pareja se mira directamente a los ojos. Aunque Adrián no se dé cuenta, Gabriela lleva muchos días viéndolo actuar así. No quería decirle nada porque siente que podría llegar a ofenderlo, pero hoy ya no ha podido más.

—Te dije que no quería que me mirases con pena —le recrimina—, y siento que eso es justo lo que estás haciendo.

—Amor, no digas eso.

—¡Claro que lo digo!

—¿Y qué quieres que haga?

—Que admitas que no sabes lo que estás haciendo y me escuches —le sugiere. Pero él no parece estar de acuerdo.

—Vale, ¿y qué es lo que necesitas?

—Necesito que pares, Adrián —afirma sin contemplaciones—. Necesito que dejes de tratarme como si fuese una figurita de cristal. No puedo vivir así.

Pero él no entiende qué es lo que hace mal si solo se preocupa por ella. Sus palabras lo hieren.

—Es muy egoísta que digas eso —replica—. Si lo hago es por ti, porque necesito que estés bien. ¡Quiero cuidarte!

—Y yo te lo agradezco, pero necesito que frenes. No sabes lo que necesito, ni siquiera me lo has preguntado —dice manteniendo el gesto serio—. Necesito seguir haciendo cosas del día a día.

Él, herido y sin querer seguir con la conversación, decide callar. Prefiere no seguir alimentando ese vaivén de reproches en el que se han metido. Coge las llaves que hay en la encimera y sale del piso diciendo:

—Me voy a hacer algo que sí sepa hacer.