Un beso al aire 78
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Gabriela, sentada desde hace horas tras la mesa de recepción, es consciente de que no le queda mucho tiempo. Supone que, en la próxima cita con Ginés, le dará la baja médica. Y, aunque quiera verse capaz de todo, conoce su cuerpo y sabe que no debe forzar la máquina. Mucho menos ahora.

Queda solo un rato para que el día termine y los últimos clientes salen de las consultas. Ella, que está pendiente de unas clientas en concreto, se levanta al verlas salir.

—¿Cómo ha ido?

Carmen y Sandra la miran. Gabriela conoció a madre e hija en enero, cuando aparecieron con el cachorro de pastor alemán. Ahora Drako tiene siete meses y va caminando tan feliz. Llevarlo ahora en brazos con sus veintidós kilos sería complicado.

—Bueno..., nos han dicho que tiene displasia de cadera —dice la niña.

Cuando llegaron para su cita, la madre le comentó que llevaban una semana viéndolo cojear. No era algo excesivo, pero preferían estar seguras. Ahora ya saben el motivo.

—Nos han informado de que es una de las enfermedades más comunes en esta raza —comenta la madre—.

El veterinario nos ha comentado que lo mejor es que comencemos con un tratamiento conservador, dándole condroprotectores y manteniendo una dieta hipocalórica.

Y, según vayamos viendo la evolución que tiene, tendrá o no que pasar por cirugía.

—Entonces son buenas noticias —dice Gabriela, agachándose para acariciar al perro—. Te van a tener supermimado, Drako.

—Muchísimo —dice Sandra.

La niña y ella se miran y sonríen. Gabriela vuelve a su puesto de trabajo. Mientras le cobra la consulta y las pruebas, Carmen se interesa por ella.

—Y tú ¿cómo vas?

—¡Muy bien! —responde de buen ánimo—. Aunque puede que la próxima vez que vengáis por aquí, no me veáis.

—¿Por qué?

—Porque el médico me ha dicho lo mismo que a Drako —dice mirando a la niña—. Que tengo que hacer un tratamiento conservador, lo que en mi caso es darme la baja para evitar esfuerzos.

Carmen paga y, cuando recoge los papeles, se acerca a Gabriela para darle un abrazo y le susurra al oído:

—Todo va a ir fenomenal.

Las chicas se despiden y, al cabo de unos minutos, el turno llega a su fin. Gabriela coge sus cosas de la sala del personal y sale de la clínica para llevarse una sorpresa.

—¡¿Y tú qué haces aquí?!

Adrián, que ha estado esperándola apoyado en la moto, sonríe al verla.

—¿Qué pasa? —pregunta caminando hacia ella—. ¿No puedo venir a recoger a mi princesita?

Ella va a su encuentro y se dan un beso en los labios.

—¿No tenías hoy una cena con tus amigos?

—Y la tengo, pero me da tiempo a todo —responde con gracia.

Caminan hacia la moto y él saca un casco del cajón para dárselo. Ella, mirando a su alrededor, lo rechaza.

—No, gracias, tiene pinta de que en cualquier momento se va a poner a llover.

—¿Y qué pasa?

—Que si llueve y voy en moto, me voy a calar —se justifica—. Y no me apetece, así de fácil.

Pero Adrián no está dispuesto a darse por vencido.

—Venga, aprovechemos mientras no llueve.

—Que no quiero —se niega.

No sería la primera vez que él la lleva en su moto, ya tienen algo de experiencia.

—Amor, hoy no nos hemos visto en todo el día —trata de convencerla—, y como tengo la cena con mis amigos, ya no nos veríamos hasta mañana.

—Ah, ¿no? —señala Gabriela—. ¿Y esto qué es?

Él se echa a reír por cómo le lleva la contraria.

—¿Me dejas acercarte a casa?

—No.

—¿Y qué pasa si llueve?

—Que cogería el metro. —Como él pretende seguir con el tema, Gabriela insiste—: Adrián, va a durar más esta absurda discusión que los diez minutos que tardaré si voy andando.

—Al ver su cara de decepción, se acerca para abrazarlo—.

¿No ves del todo ridículo venir hasta aquí para hacer un viaje en moto que va a durar cinco minutos?

—Pasar cinco minutos contigo es más que suficiente para mí.

A Gabriela se le derrite el corazón. No puede hacer otra cosa que hundirse en su pecho y aceptar. Finalmente, Adrián se ha salido con la suya: irá en moto.

Tras ponerse el casco y subir, se agarra con fuerza a él. Bajo su casco, Adrián sonríe al notar los brazos de ella abrazando su cuerpo. Arranca la moto y recorren unas cuantas calles juntos. Pocos minutos después, llegan a su destino.

Nada más bajar y quitarse el casco, Gabriela le dice que se espere un momento. Sale corriendo y la pierde de vista en el portal.

Cuando la ve aparecer de nuevo, lleva algo en las manos.

—Sé que tu cumpleaños no es hasta agosto, pero necesito dártelo ya.

Él, sin saber bien qué decir, coge el regalo. Rompe el papel y cuál es su sorpresa al ver que es el vinilo de La Jauría , de Dani Fernández, su cantante favorito, y nada menos que firmado por el artista.

Gabriela disfruta al ver su cara de sorprendido.

—¡¿Cómo?! —exclama, volviéndola a mirar.

—Ha sido gracias a un amigo de un amigo de Massimo, mi compañero de trabajo —le explica con entusiasmo—. Es una historia larga, ya te la contaré. Y como te vas de cena, había pensado que puedes dejar el vinilo aquí —sigue hablando—. Así será tu primera cosa en nuestra casa.

Adrián nota cómo se le acelera el corazón: «nuestra casa». Deja el vinilo sobre la moto, y la abraza con cariño. Tras unos segundos, baja la mirada a sus labios y besa a su novia. Lo hace de forma suave y sutil, como esa lluvia contenida en las nubes que hay sobre ellos.

—Se me están quitando las ganas de ir...

—Ah, no... Tú te vas, que has quedado.

—Te quiero mucho, Gabriela.

—Yo también te quiero, Adrián —murmura a pocos centímetros de él.

—Por cada vez que me dices que me quieres, yo te quiero el doble.

Ella ríe moviendo la cabeza.

—Eres increíble.

—Lo sé —dice, consiguiendo que ella vuelva a reírse.

Cuando por fin se despiden, Adrián espera a ver cómo ella entra en el portal. Al hacerlo se vuelve para mirarlo, momento que él aprovecha para lanzar un beso al aire y desaparecer calle abajo.