Un beso al aire 77
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Abre los ojos sin saber bien qué hora es. Lo que sí tiene claro es que es de madrugada.

No puede dormir y está harto de dar vueltas en la cama. Tiene a Gabriela durmiendo a su lado y por su respiración lenta sabe que lo hace profundamente. Se incorpora con cuidado e, intentando hacer el menor ruido posible, sale de la habitación.

De manera casi instintiva, acaba por subir y se mete en la que será la habitación de la bebé. Con la luz que entra por los pequeños huecos de la persiana, le es más que suficiente, hace rato que sus pupilas se han acostumbrado a la oscuridad.

Se acerca a la cómoda y pasa su mano por encima como si la acariciara. Aunque no dice nada, Adrián tiene muchas cosas en la cabeza. Pensamientos que vienen y van a lo largo de los días.

Recuerda a la perfección el miedo que sintió cuando su prima lo llamó para decirle que Gabriela estaba en el hospital.

Por mucho que quiera, es una sensación que nunca olvidará.

No cree haber corrido tanto en su vida. Desde ese día siente que el miedo no ha abandonado su cuerpo.

Saber que podría perderla fue un golpe muy duro.

Aunque no debería, porque lo único que hace es alarmarle en exceso, en varias ocasiones ha buscado cifras, estadísticas y vivencias relacionadas con la enfermedad en internet.

Algo que los médicos le han desaconsejado por la cantidad de mentiras que se difunden.

Y más cuando hace unos días tuvieron que ir a urgencias porque ella no se encontraba bien, aunque fue algo puntual.

Sus padres fueron los primeros en preguntarle si estaba seguro de lo que hacía, pero él lo ha tenido claro desde el principio. Nunca ha habido otra opción en su cabeza. Quiere a Gabriela. Le prometió que iba a estar y es lo que va a hacer, con o sin miedo.

Camina hacia el cambiador del bebé y lo mira con atención hasta que agacha la cabeza cerrando los ojos. Aún no puede creer que vaya a ser padre. Siempre ha querido serlo, pero no tan pronto. Era algo que se imaginaba pasados los treinta años.

En el fondo se alegra de que Gabriela haya decidido tener a la bebé. Sabe que a ella le hace la misma ilusión que a él y que va a ser una madre estupenda. La mejor. Solo espera que su chica haya tomado la decisión por los motivos correctos.

Abre los ojos y sonríe al imaginarse aprendiendo a cambiarle el pañal a su propia hija, o simplemente caminando por la casa con ella en brazos. De la misma manera que sonríe al imaginar esos momentos, le cae una lágrima que rápidamente se limpia.

En el fondo, aunque no diga nada, está asustado. Muy asustado, tanto por la enfermedad de Gabriela como por el hecho de ser padre.

Apartándose el pelo de la cara, se acerca a la mecedora y se sienta, dejándose llevar por el vaivén.

Apoya la cabeza y cierra los ojos con la esperanza de quedarse dormido.

Pero no es así. Su mente no lo deja en paz y comienza a imaginar cosas que hacen que apriete la mandíbula.

Cosas que no quiere pensar, pero que, inevitablemente, le vienen a la mente.

Tan solo unos instantes después, se levanta con los ojos abiertos.

Mira a su alrededor con las manos apoyadas en las caderas.

Cuando empezó lo suyo con Gabriela, intentaba disfrutar cada momento con ella porque no era alguien que se lo pusiese fácil.

Pero ahora siente que es aún más importante.

No quiere ni puede desperdiciar ni un solo segundo.

Tiene miedo. Le da miedo no ser capaz de cuidarlas bien. Le da miedo no ser suficiente para ella y cometer errores.

Le da miedo perderla.

—Vale ya... —se susurra volviendo a tocarse el pelo.

No quiere ser negativo. Se niega a continuar dándole vueltas a lo mismo. No quiere que le siga doliendo, lo único que quiere es dormir. Decidido a ello, vuelve a la habitación de Gabriela y con cuidado se mete de nuevo bajo las sábanas.

Ella, al notar el calor de su cuerpo, lo abraza.

—¿Dónde estabas? —murmura medio dormida y sin abrir los ojos.

—He ido a beber agua.

—Mientes fatal...

Adrián no dice nada, simplemente mueve el cuerpo para poder abrazarla hasta quedarse dormido, mientras su calor y su presencia le dan tranquilidad.