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No hace mucho que ha desayunado cuando Gabriela oye el timbre y abre la puerta de casa. Sus amigos van cargados, la saludan y entran con confianza. Adrián le da un beso y le desea buenos días antes de seguirlos.
Los días pasan y tienen que preparar la habitación del bebé. Escaleras arriba, sueltan las cajas que traían en el segundo dormitorio, el que ocupaba Ariadna. Ahora ese cuarto tendrá una mejor dueña.
—He traído la caja de herramientas de mi padre —murmura Miguel, cansado.
A medida que pasa el tiempo, la familia de Adrián ha comprado cosas para regalar a los futuros padres, con la participación de Azahara también.
Y, viendo el volumen de cajas que se estaban acumulando, decidieron quedar un fin de semana con Keira, Miguel y Azahara, y que fueran a ayudarlos a montar los muebles.
Emplean toda la mañana del sábado en montar una cómoda, un cambiador, un armario y una mecedora. Desde el principio, Adrián le ha dejado claro a Gabriela que no hiciera nada y, por mucho que ella intentara rebatirlo, su respuesta ha sido: «Son órdenes del médico».
Así que, viendo que no podía ser útil para coger y montar cosas, se ha dedicado a conectar su móvil al altavoz que ha llevado Adrián para poner música. Los ha deleitado con una gran variedad de canciones.
Horas después, y tras pelearse con las instrucciones de cada uno de los muebles, dan por finalizado el trabajo.
Adrián se quita la gorra para secarse el sudor.
Gabriela tan solo tiene que echar la vista atrás seis meses para recordar lo diferente que era su vida.
Ahora está aquí montando una habitación para su hija.
En momentos como este no puede evitar sentir que la situación le viene ligeramente grande.
Azahara parece intuirlo.
—¿Qué tal estás? —pregunta, colocándose a su lado.
—Un poco... abrumada, pero bien.
—Lo raro sería que me dijeras lo contrario —responde la amiga, cómplice.
Ambas sonríen.
Es hora de comer. Adrián y Keira se ponen mano a mano en la cocina para preparar pasta a la boloñesa mientras el resto pone la mesa. Un rato después, comen todos juntos.
—Gabs, ¿llegamos a contarte que, cuando te pasó lo del desmayo y demás, Aza y yo habíamos roto? —le dice Keira.
—No sé de qué me hablas, pero quiero saberlo todo —responde, llevándose unos espaguetis a la boca.
—Un par de semanas antes de organizar el día en el spa , discutimos —explica Azahara—. Ni siquiera recuerdo por qué fue. Pero, vamos, el resumen es que decidimos terminar con lo nuestro.
La chica las mira anonadada. Miguel y Adrián sí que lo sabían. Keira se lo contó a su hermano y a su primo. Aquel día, al pasar tantas horas con ellas en el hospital, fue inevitable que se enteraran.
—Pero, como estábamos en el hospital y no podíamos hacer otra cosa que esperar, tuvimos tiempo de hablar y aclarar las cosas.
—O sea, que volvisteis a estar juntas gracias a mí —comenta Gabriela.
—Podríamos decir que sí —responde Keira mirando a su novia. Todos ríen.
—¿Y cuándo os vais a vivir juntas? —pregunta ahora Miguel—. Porque las chicas tenéis fama de compartir piso al día siguiente de empezar la relación.
—Déjate de tonterías —se queja su hermana—. No nos presiones. Si quieres presionar a alguien, hazlo con estos dos, que van a ser padres.
Al ser señalados, Adrián y Gabriela se miran.
Aún no viven juntos, aunque él pasa mucho tiempo en esa casa.
Ni siquiera ha querido sacar el tema, entiende que es el piso de Gabriela y es ella quien tiene que decidir algo así, aunque espera que lo invite pronto.
Desea estar en todo momento junto a ella.
El hecho de vivir juntos es algo en lo que Gabriela ha pensado mucho, sabe que es lo más lógico.
Y, aunque no tiene por qué volver a salirle mal como con su hermana, le da cierto reparo.
Sin embargo, es plenamente consciente de que Ariadna y Adrián no se parecen en nada.
Lo único que tienen ambos en común es que sus nombres empiezan por la letra a .
—Cuando pase, seréis los primeros en saberlo —dice Gabriela esperando dar el tema por zanjado.
—¿Y qué me decís del nombre?
—¿Esto se ha convertido en un interrogatorio o qué? —bromea Adrián.
Gabriela lo mira. No tienen una respuesta. Aún no se han tomado el tiempo para hablarlo y decidir.
—Yo tengo una lista con algunos nombres que me gustan.
Su novio la mira sorprendido.
—Ah, ¿sí?
—Lo raro es que tú no la tengas, primo —bromea Miguel.
Está claro que Gabriela le lleva la delantera, deberá ponerse las pilas cuanto antes.
—Azahara es un nombre muy bonito —sugiere, y provoca una mueca en su amiga.
—Precioso, pero con una en nuestras vidas tenemos más que suficiente —le dice Gabriela, y todos se ríen.
Adrián, dándole la mano por debajo de la mesa a la chica que adora, acaba diciendo:
—Cuando tenga que llegar el nombre, llegará.