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Días después del alta en el hospital, Gabriela regresa acompañada por Adrián. Entran en una sala de espera.
—Este sitio nunca cambia —comenta ella.
—Buenos días —les recibe el hombre con gesto amable.
Ya son tantos años viéndose que Gabriela lo saluda con un abrazo. Por su parte, Adrián le da la mano con firmeza, presentándose como su pareja. Ambos toman asiento frente a su gran mesa.
—¿Cómo te encuentras?
—Aún estoy procesando todo esto —afirma ella.
—No es para menos —responde el doctor.
Cuando Ginés se toma un momento para mirar los papeles que tiene encima de la mesa, Adrián saca un cuaderno y un bolígrafo para tomar notas de lo que les cuente. Al verlo, Gabriela sonríe.
—Recibí el informe —continúa el médico—.
He visto que tuviste un síncope y que, previamente al ingreso, no sabías que estabas embarazada.
—Ella asiente sin dejar de mirarlo—. Un embarazo supone una sobrecarga importante para tu corazón.
Conlleva una elevación de la frecuencia cardíaca, así como un aumento del volumen sanguíneo y de la demanda metabólica.
—Lo sé, Ginés —afirma—. Me gustaría que me informaras de los riesgos.
—Arritmias, descompensación cardíaca, repetidas hospitalizaciones...
—¿Y para el bebé? —lo interrumpe.
—Podrías tener un parto prematuro, crecimiento deficiente... Aunque, por lo que veo en tus informes ahora mismo, el crecimiento de tu bebé está en los valores normales.
Gabriela se toma un momento para calibrar la información mientras que Adrián está callado y atento a su lado.
—¿Qué pasa con mi medicación?
—Hay ciertos medicamente que no son compatibles con el embarazo, así que habrá que reajustar el tratamiento si decides continuar.
Gabriela traga saliva y hace la pregunta que tanto la martiriza.
—¿El bebé puede heredar mi enfermedad?
El doctor mira a la pareja, entendiendo su preocupación.
—Como en tu caso es una miocardiopatía dilatada idiopática, no hay mutación identificable —les explica—. Eso quiere decir que tu bebé no tendría más probabilidades que cualquier otro.
Gabriela cierra los ojos, aliviada. Se ha quitado un gran peso de encima. Adrián, dándose cuenta de lo importante que era saber eso, posa la mano en su muslo para hacerle saber que está ahí.
—Aun así, voy a ser claro —dice Ginés—. En casos como el tuyo, en muchas ocasiones se plantea la posibilidad de interrumpir el embarazo. Debes pensarlo.
—Me lo pensaré.
El hombre vuelve a mirar los papeles. Adrián y ella se miran y sonríen. Saber que el bebé no tiene por qué heredar la enfermedad es una buena noticia.
—Según las pruebas que te realizaron en el hospital, tu fracción de eyección se mantiene en un treinta y ocho por ciento, igual que la última vez que nos vimos.
—Eso me dijiste que era bueno, ¿verdad?
—Con una FEVI entre treinta y cinco y cuarenta por ciento, te encuentras en un rango de función moderadamente reducida —comenta en tecnicismos que sabe que Gabriela comprende—. Dentro de tu patología, un treinta y ocho es un dato parcialmente tranquilizador. Nos dice que sigues siendo funcional.
Gabriela mira a Adrián, que está centrado en tomar apuntes.
—¿Sigues en la clínica veterinaria?
—Sí, sigo de recepcionista —responde con gesto amable; Ginés lo apunta—. Tengo un turno rotativo, a veces trabajo de mañana y otras de tarde. Y me paso casi todo el rato sentada.
—Por tu cara, entiendo que te sigue gustando lo que haces.
Adrián alza la cabeza para ver cómo ella sonríe.
—Sí, me encanta.
—Teniendo en cuenta tu tipo de trabajo, de momento puedes seguir ahí —afirma el médico, para su alegría—.
Pero si sientes fatiga, mareo, disnea o cualquier cosa, paras.
Ninguno somos héroes. Y que ni se te pase por la cabeza doblar turnos.
—Mirándola de reojo, Adrián la ve asentir con decisión—.
Eso sí, a medida que avancen las semanas, si prosigues con el embarazo, deberemos replantearlo —la avisa—.
Hoy por hoy, puedes mantener una actividad moderada.
Puedes trabajar, caminar, tener una vida social normal.
.., pero siempre escuchando a tu cuerpo.
La línea es fina y no queremos cruzarla.
—Te lo prometo, Ginés.
El doctor y la paciente se miran y sonríen. Ginés no es un hombre excesivamente expresivo, pero lleva varios años tratando a Gabriela y le tiene cariño.
Al ver su reacción cuando hablaron del tema del bebé, puede intuir cuál va a ser su decisión, por lo que tiene que asegurarse de que se va de allí con toda la información que necesita.
—Eso sí, a partir de ahora tendremos que vernos más a menudo —la advierte—. Debes tener un seguimiento más estrecho.
Adrián, que hasta ahora los ha estado observando en silencio y tomando notas, decide intervenir:
—¿Cada cuánto?
—Si prosigue con el embarazo y se mantiene estable, nos veremos cada tres o cuatro semanas. —Se toma un momento al ver que Adrián lo apunta—. En el tercer trimestre, posiblemente pasaremos a vernos cada quince días. Y ante cualquier síntoma, venís para acá o vais al hospital.
Gabriela se fija en que su novio escribe todo lo rápido que puede y se plantea si debería haber sido ella quien tomase apuntes. Al fin y al cabo, es la enferma.
—Perfecto —dice Adrián—. Y, en caso de que Gabriela decida seguir adelante con el embarazo, ¿qué pasa con el parto?
—Sería cuestión de planificarlo con obstetricia de alto riesgo para no dejar nada a la improvisación —le aclara—. Pero eso lo hablaremos más adelante.