Un beso al aire 73
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«Has vuelto», se dice Gabriela.

En cuanto han visto entrar a Adrián, las chicas se han despedido. Prefieren irse a la cafetería y dejarlos a solas. Ya volverán en otro momento.

Adrián camina despacio hacia la cama. Cuando está a su lado, deja una botella de agua sobre la mesilla y le ofrece algo a Gabriela. Es un Kinder Bueno. Él tiene otro de chocolate blanco en la mano.

—Primero hablamos y luego voy a preguntar si te lo puedes comer. ¿Te parece? —sugiere él.

—Vale —susurra Gabriela.

Se sienta en el borde de la cama y le toma de nuevo la mano, coge aire y dice:

—No sé si empezar por hablar del embarazo o de tu enfermedad.

—Por lo que tú quieras.

—Es mío, ¿verdad? —Gabriela asiente con la cabeza—. No es que no me importe el embarazo —dice con seguridad—, pero me importa más tu enfermedad. ¿Desde cuándo tienes la mioca...?

—Miocardiopatía dilatada —dice, entendiendo que no lo sepa ni pronunciar—. Me la detectaron hace unos años, cuando ya vivía con mi tío Juanjo. Un día estábamos limpiando y de pronto me desmayé. Al despertarme en el hospital me lo contaron todo.

Él la escucha con gesto serio. No está enfadado, está confundido porque no se lo haya contado.

—¿Lo sabía alguien más, aparte de tu tío?

—Al poco tiempo de conocer a Azahara, se lo conté. No tenía a nadie y necesitaba que, si me desmayaba o me pasaba cualquier cosa, hubiese al menos una persona que pudiera informar a los médicos —le explica sin prisa—. Bueno, y mi jefe. Jacobo también lo sabe.

—Y a mí ¿por qué no me lo has contado?

Gabriela lo mira con cierta pena.

—Porque no es algo que le vaya contando a todo el mundo, Adri —intenta decir con humor—. Aunque a ti hacía tiempo que quería decírtelo. De verdad que quería hacerlo, pero... no encontraba el momento.

—Supongo que nunca hay un buen momento para contar algo así —dice él, provocándole una sonrisa.

Ambos se miran. Solo ellos son capaces de entender lo que sus ojos dicen sin necesidad de palabras.

—Otra de las razones para no contártelo es porque no quería que me miraras así —murmura Gabriela.

—Así, ¿cómo?

—Como si me estuviera muriendo.

A Adrián se le contraen todos los músculos del cuerpo.

—Gabriela, no digas tonterías. No te vas a morir.

Ella suspira. Odia la situación.

—No es mi intención. Pero mi corazón es el que es...

Adrián nota cómo se le acelera la respiración. Gabriela se da cuenta, por lo que, para intentar que él hable y no se quede nada dentro, le pregunta:

—¿Tú qué tal estás?

—No lo sé. Me asusta absolutamente todo lo que he escuchado, pero a la vez no entiendo nada.

Solo intento procesarlo... —Gabriela lo escucha con atención.

Es normal—. En cuestión de minutos, no solo me he enterado de que mi novia está enferma del corazón, sino de que también está embarazada y que, además, es un embarazo peligroso.

Se hace un silencio entre ellos. Gabriela aprieta los dientes al volver a escuchar que se refiere a ella como su novia. Es muy consciente de que lo que acaba de mencionar es, cuanto menos, complicado, y murmura:

—Sé que soy mucho.

Adrián, mirándola directamente a los ojos, le deja clara una cosa.

—Gabriela, eres la cantidad justa para mí.

A ella le gusta oír eso, la enternece, pero no quiere ser egoísta. No quiere atar a Adrián a todo aquello. No es justo para él.

—Adrián, seamos sinceros —dice, tratando de recolocarse en la cama—. Estoy enferma y es una putada.

—En eso tienes razón, es una mierda.

—El dolor de otras personas es incómodo. A nadie le gusta estar en un hospital ni tener que pasarse horas en una sala de espera. Por eso entiendo que...

—Me pasé horas en el hospital cuando mi tía Zulema tenía cáncer —la interrumpe—, tengo experiencia.

Ella respira hondo para continuar.

—Adri, lo que quería decir es que entiendo que quieras alej...

—No me voy a ir.

—Pero es lo más sensato.

—¿Sensato para quién?

—Para ti.

—Me da igual, prefiero quedarme —dice sin cambiar de opinión—. ¿Tú crees que soy el tipo de persona que abandona?

—No estoy diciendo eso.

—¿De verdad crees que sería fácil para mí alejarme de ti?

Ella, cansada, cierra los ojos un instante.

—Lo que intento decir es que a lo mejor ahora piensas así porque estás en caliente, pero en un par de días, cuando lo veas con perspectiva, te darás cuenta de que es lo más lógico.

—Él la mira conmovido. No solo la quiere, sino que Gabriela está esperando un bebé suyo—.

Si te vas, prometo no odiarte, Adri; esta situación supera a cualquiera —insiste ella con gesto serio—.

Y en cuanto al bebé, no sé qué va a pasar. No sé si lo podré tener y...

—Permíteme que decida yo si esto es demasiado para mí o no —la interrumpe de nuevo—. No puedes controlar el dolor ajeno a base de aislarte de los demás.

—No sabes lo que implica...

A Gabriela se le humedecen los ojos. La situación le recuerda a su tío, a todo lo que vivió con él. A la soledad que sintió. Aunque no fue fácil, decidió quedarse con él. Pero no quiere que Adrián sufra de la misma manera que ella, y mucho menos que sienta esa soledad.

—Escúchame, sé que habrá días mejores y días peores —comenta él al ver sus ojos—. Entiendo que habrá momentos en los que no será fácil, pero quiero estar contigo.

—Pero yo no puedo ofrecerte un futuro idílico y perfecto. —Solloza—. No puedo darte una historia romántica, como esas de las películas que hemos visto.

—¿Cómo que no? —Él suelta una risa—. En esas películas solo nos cuentan cómo se enamoran, no suelen permitirnos ver la evolución de ese amor.

Las partes menos bonitas, las más... imperfectas.

Gabriela, te conozco un poco y sé que te preocupa no darme ese futuro perfecto con el que todos soñamos, pero ¡me da igual!

Si todo fuese perfecto, qué aburrido, ¿no?

—Pero, Adri...

—Mi futuro idílico y perfecto eres tú, ¿todavía no te has dado cuenta?

—¿Y si te acabas arrepintiendo?

—Nunca me arrepiento de nada. Jamás —suelta con gracia, recordando una frase de Jack Sparrow—. Y mucho menos de ti.

Ella no dice nada, por lo que él, apretando aún más su mano, murmura:

—Sé que esto va a sonar muy cursi, y fuera de aquí negaré haberlo dicho, pero quiero vivirlo todo contigo. —Sonríe—. No me prives de ello, por favor.

—Efectivamente, es muy cursi.

—Lo sé. Pero el efecto al escucharlo es bueno, ¿verdad?

—Muy bueno —dice ella, consiguiendo sonreír. Adrián respira aliviado al ver esa diminuta sonrisa.

—¿Qué pasa si decido no tener el bebé?

—Aceptaré lo que decidas, y más si tu vida corre riesgo —responde él con seguridad.

La mente de Gabriela va a mil por hora. La doctora le ha dicho que volverá más tarde y le contará sus opciones. Intuye que quizá esa sea una de ellas, ya que sabe que, a partir de la semana catorce, el aborto está permitido bajo diagnóstico de un médico.

Adrián se acerca aún más y rodea el rostro de Gabriela con las manos.

—No te dejaré sola. Estoy aquí y de aquí no me voy a mover.

—Pero, Adri... Solo tienes veintiséis años y no puedo hacerte cargar con... con tanta responsabilidad.

—Gabriela, a mí me importas tú. Y puedo cargar con todo lo que me proponga. Lo demás es secundario.

—¿Y si decido seguir adelante con el bebé y sale mal?

—Lloraremos juntos. —Adrián responde sin dudar.

—¿Qué pasará cuando mi corazón empeore?

—Le pondré una tirita.

Sin poder aguantar más, y emocionada por su manera de responder y de buscar una solución a todo, Gabriela comienza a llorar. Adrián nota que sus manos se humedecen y le seca las lágrimas con sumo cuidado.

—Gabi... Gabriela —vuelve a hablar—. No me voy a ir a ningún lado, como mucho, hasta la máquina expendedora de ahí fuera a por un café, y volveré. Te lo prometo. Y en cuanto al bebé, ya lo hablaremos. Pero que te quede claro que tú tienes la última palabra. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Ella lo mira conmovida cuando él decide, por fin, preguntarle algo que le intriga desde hace tiempo, así destensará un poco el ambiente.

—Oye, ¿por qué no te gusta que te llame Gabi?

—Porque la primera persona que empezó a llamarme así fue mi hermana e, inevitablemente, cada vez que alguien utiliza el diminutivo me acuerdo de ella.

—De acuerdo —asiente—, entonces tendré que llamarte de otra forma... —sugiere, tomándose un segundo para pensar opciones—. ¿Qué te parecen amor, Ela, princesita, cari, Gabs, algodoncito...?

Ambos sueltan una carcajada. Ríen a pesar de que la situación no es la más favorable. Pero si algo tiene él claro es que ella necesita reír. Necesita positividad. Adrián baja las manos mientras ella lo mira.

—No quiero que te quedes conmigo por pena.

Pero Adrián, clavando sus ojos en ella, responde:

—Gabriela, lo hago porque te quiero y porque quedarme contigo es lo único que tiene sentido.