Un beso al aire 71
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Pi... Pi... Pi...

Lo primero que escucha Gabriela al despertar es un sonido rítmico y constante. Poco a poco abre sus pesados párpados. Entreabre ligeramente la boca y nota lo seca que tiene la garganta; también le duele la cabeza.

Cuando consigue por fin abrir los ojos, ve sobre ella un techo blanco y un pensamiento recorre su mente: «Huele a hospital».

Los cierra de nuevo e intenta centrarse en lo último que recuerda.

Más allá del spa , no consigue ver nada nítido, pero le vienen distintas sensaciones.

Sobre todo, recuerda sentir frío, oír a alguien gritar su nombre y una sirena estridente.

Todas esas sensaciones e imágenes borrosas le producen cierta inquietud al conseguir que llegue a cuestionarse si realmente lo ha vivido o solo ha sido un sueño. Aunque si está tumbada en una cama de hospital, lo más factible es que lo haya vivido.

Se lleva la mano izquierda a la cabeza. Tiene un pequeño vendaje sobre la ceja y le duele. Imagina que de alguna forma debió golpearse.

Mueve lentamente la cabeza para ver el resto de la habitación... y lo ve. Adrián está ahí con ella, sentado en una silla con los brazos sobre la cama y la cabeza ladeada y apoyada encima. Tiene los ojos cerrados, debe de estar dormido. Gabriela lo mira y piensa: «¿Qué hace aquí?».

El ruido de la puerta al abrirse hace que mire hacia el otro lado. Entran Azahara y Keira, café en mano. Adrián, que tarda un momento en entender dónde está, también se despierta y estira los brazos con cierta dificultad por haberse quedado dormido en una posición incómoda.

La primera en acercarse a ella es Azahara.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien... —murmura Gabriela.

Keira le da un café a Adrián y se dirige a ella:

—¡Vaya susto nos diste ayer! —exclama de buen humor—. ¿Te duele algo?

Gabriela intenta centrarse en lo que dice, pero el cerebro aún le va a cámara lenta.

—La cabeza, el orgullo...

—¿Quieres que vaya a avisar para que...?

Tres sutiles golpes en la puerta hacen que Keira se calle. Es la médica. En lo poco que tarda en acercarse a la cama, Gabriela y Adrián se miran, y él, con su bonita sonrisa, susurra:

—Hola...

La médica, una mujer morena con pelo largo y bata, se acerca a la cama. Gabriela se fija en la carpeta que lleva en la mano. Adrián, al verla entrar, se pone de pie pasándose una mano por el pelo.

—Buenos días —saluda mirando a los acompañantes—. ¿Familiares directos?

Mientras que Azahara y Keira se miran entre sí, Adrián responde sin dudar.

—Soy su novio.

Gabriela lo mira sorprendida. No se lo esperaba.

—Nosotras, sus mejores amigas —lo sigue Azahara.

La mujer asiente y se centra en Gabriela.

—Buenos días, soy la doctora Tania Medina. —Le sonríe—. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele un poco la cabeza.

—Ayer te golpeaste al caer y tuvimos que darte tres puntos.

Gabriela la escucha sin decir nada. Le asusta un poco oír eso, aunque al menos ya sabe de qué le duele.

—¿Me quedará marca?

—No te preocupes por eso ahora —dice la mujer, divertida porque su mayor preocupación sea esa.

Baja la mirada para echar un vistazo a los papeles y vuelve a mirarla. Aunque no se conocen, Gabriela entiende que ahora viene la parte seria de la conversación.

—¿Prefieres que hablemos en privado?

Todavía algo aturdida, mira a Adrián y a las chicas. No tiene sentido que siga escondiéndolo. No puede más.

—Pueden quedarse.

—El episodio de ayer no fue un simple desmayo —comienza a explicarle—. Como ya podrás imaginar, fue una descompensación relacionada con tu miocardiopatía dilatada.

Azahara mira a su amiga, mientras que Adrián y Keira fruncen el ceño, sorprendidos.

—La enfermedad provoca que el músculo cardíaco pierda fuerza. Y eso, a su vez, conlleva una limitación de tu tolerancia al esfuerzo —continúa al verla asentir—. Imagino que no te estoy contando nada nuevo.

Gabriela asiente. Conoce la información más que de sobra.

—¿Descompensación...? —pregunta Adrián, casi en un suspiro.

—En otras palabras, que su corazón está trabajando al límite —responde con calma la doctora—. Lo que en situaciones de sobrecarga puede provocarle síncopes como el de hace tan solo unas horas.

Él asiente, tratando de aparentar tranquilidad y de entender lo que pasa. Gabriela se halla en el hospital y, por lo que parece, está enferma. Echa un rápido vistazo a la cama y, dando un ligero paso hacia atrás, se acerca para darle la mano.

—Pero has respondido bien al tratamiento —afirma la médica.

—Llevo años así, con revisiones semestrales —responde Gabriela de manera pausada—. Lo tengo controlado.

Adrián la mira confundido y ella lo evita.

—Justamente de eso quería hablar contigo —señala la doctora volviendo a la carpeta—. Quería preguntarte si el hecho de que los últimos cambios no estén en el informe se debe a que no has avisado a tu médico o a que tenemos el informe desactualizado.

La doctora no le dice que, gracias a que su amiga Azahara les facilitó el nombre de Ginés Expósito, ella ya ha hablado esa misma mañana con el doctor que lleva el seguimiento de su caso.

—¿Qué cambios?

—El embarazo.

El silencio vuelve a reinar.

Esa palabra cae como un jarro de agua fría. Azahara no puede evitar llevarse la mano a la boca mientras Keira se pega a ella. Y Adrián, cada vez más confuso, parpadea: «Además de estar enferma, ¿Gabriela está embarazada?».

Ninguno dice nada, aunque todos la miran en busca de explicaciones. Ella pestañea sin dar crédito a la información que acaba de escuchar: «¿Estoy embarazada?».

Necesita un segundo.

Aunque no le ha venido la regla desde diciembre, no es algo que le preocupara.

No es la primera vez. Tener períodos irregulares es algo completamente normal en muchas mujeres, aún más si tienen cardiopatías como ella.

Está claro que haber alojado a su hermana y la historia con Adrián han sido dos distracciones que han hecho que esté más despistada.

Mirando a la doctora, totalmente alucinada, susurra con un hilo de voz:

—¿Qué? ¿Embarazada? Eso no... Eso no puede ser, yo no...

El monitor percibe que sus pulsaciones aumentan y así se lo hace saber a todos acelerando los estridentes pitidos.

—¿No lo sabías? —Ella niega, algo pálida—. De acuerdo. Gabriela, tranquila. Hemos confirmado una gestación de unas dieciséis semanas. Todo indica que el bebé evoluciona bien.

Gabriela la escucha con toda la atención que puede prestarle en ese momento, que tampoco es mucha.

«Dieciséis semanas... ¿Cuatro meses?», piensa. Mira a Adrián. Solo con ver su gesto sabe que está totalmente desconcertado.

Es la doctora quien vuelve a hablar.

—En tu situación, supone un riesgo añadido para el corazón —le explica.

Adrián menea la cabeza. Intenta centrarse en lo que dice la médica, pero no puede. Mira a las chicas y ve que Azahara y su prima se miran con preocupación. Trata de centrarse y le pregunta a la doctora:

—¿Eso qué quiere decir?

—Que el embarazo supone un riesgo para la madre —responde con claridad. Él asiente asustado y Tania Medina vuelve a dirigirse a la paciente.

—Ginés Expósito, tu médico, te espera en los próximos días para reajustar la medicación —afirma—. De igual manera, valoramos hacerte más pruebas adicionales, además de que, a partir de ahora, deberás tener un control mucho más estrecho.

La cara de Gabriela es un poema. Siente que todo le viene grande. La doctora es consciente y no quiere darle demasiada información de golpe. Por lo que, tras echar un nuevo vistazo al monitor, decide que es el momento de irse.

—Volveré más tarde para comentarte con calma las opciones con las que cuentas —le dice antes de despedirse—. Hasta entonces, descansa.

—Gracias —murmura.

La doctora se marcha y el silencio invade la habitación.