Un beso al aire 70
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Es sábado y las chicas van a recoger a Gabriela. Solo hace un par de días que le dijeron que pasaría el día con ellas, algo de lo que intentó escaquearse, pero finalmente le fue imposible. Aunque a ella lo único que le apetece es estar en su casa, no le queda opción.

Sus amigas la saludan con buen ánimo mientras ella sube al coche a regañadientes. Tras unos pocos minutos llegan al restaurante italiano en el que Azahara ha reservado mesa. Toman asiento y, tras pedir, Keira mira a las otras dos y pregunta:

—Bueno, chicas, ¿cómo ha ido la semana?

Gabriela, que da un trago a su vaso de agua, mira a Azahara. Por su gesto entiende que debe empezar ella.

—Para mí ha sido una semana con más estrés en casa que en el trabajo —dice Azahara—. Mi familia está empezando a hablar sobre dónde iremos de vacaciones este verano y todo vuelve a ser un caos.

Dejando el vaso sobre la mesa, Gabriela asiente. Recuerda cuando en Navidad le contó el debate que tenían para elegir destino.

—Como os podréis imaginar, cada uno quiere ir a un sitio distinto —continúa—. Así que yo prefiero abstenerme. Con tal de viajar iré donde ellos quieran.

Ahora cambian las tornas y es Azahara quien mira a Gabriela para que hable.

—Mi semana bien, llena de trabajo. Sin más —murmura—. ¿Tú qué tal, Keira?

—¡La mía muy bien! —exclama con alegría.

—¿Y esa efusividad?

Azahara y ella se miran. Lo suyo no está pasando por su mejor momento, hace pocos días discutieron y decidieron, al menos de momento, poner su relación en pausa.

Pero, al ver la situación de su amiga con Adrián, decidieron cumplir su palabra y no dejar que lo suyo interfiera en su amistad con la morena. Por eso están las dos hoy ahí.

—La semana pasada acompañé a mi madre a la revisión de los seis meses —les explica con una gran sonrisa—, y ayer la llamaron para decirle que está todo perfecto.

—Revisión... ¿de qué?

—Mi madre tuvo cáncer de mama, ¿no os lo había contado?

—Las otras dos niegan con la cabeza—. Tampoco es algo de lo que hable mucho, no es una época me que guste recordar —dice con sinceridad—.

Pero agradezco mucho tener una familia tan unida como la mía.

.. Sin ellos no sé cómo lo habríamos conseguido.

Mientras escucha lo que les cuenta su amiga, en un momento dado Gabriela mira a Azahara. No dicen nada, pero parecen entenderse.

—Pero ¿ya está bien? —se interesa Gabriela.

—Sí, lo superó hace ya tres años —afirma feliz—. Cada seis meses tiene que hacerse una revisión y confirmar que todo va como tiene que ir.

Tras hablar de ese tema y de alguno más, las chicas terminan de comer. A continuación, avisan a Gabriela de que irán a un spa , de manera que le quede claro que sus amigas tienen el día totalmente organizado. Incluso le han comprado un biquini para la ocasión.

Sonríe, le apetece el plan. Hace años que no va a uno de esos lugares de autocuidado y tratamientos de relajación.

Nada más llegar, las recibe un chico para darles un albornoz a cada una, así como unas zapatillas antideslizantes y un gorrito para recogerse el pelo. Además, les da unas llaves para que dejen sus pertenencias en las taquillas.

Las tres se cambian en el vestuario para ponerse los bañadores.

Tras explicarles el orden que deberían seguir para la experiencia de relajación, las chicas empiezan.

Prueban varias y diversas salas. En unas hace calor y en otras, frío.

Una está oscura y llena de sal, y también dan con una pequeña piscina de flotabilidad.

En una de esas salas, según las instrucciones que leen en la puerta, tendrán que estar quince minutos. Keira aprovecha para sacar el tema, necesita salir de allí con respuestas.

—Tía, ¿te puedo hacer una pregunta?

Gabriela, al ver que la rubia la mira, asiente. Imagina por dónde van los tiros.

—¿Qué os ha pasado a Adrián y a ti? —Al ver que ella la mira con gesto extraño, sigue indagando—: No entiendo cómo habéis pasado de ser una pareja idílica a no ser... nada.

Tras respirar hondo, Gabriela responde:

—No sé qué quieres que te diga, Keira. Desde lo de mi hermana no estoy pasando por mi mejor momento.

—No debe de ser sencillo —añade Azahara.

—Sé que tengo muchas cosas que decir, pero no termino de tener del todo claro cómo expresarlas.

Keira asiente, quiere entenderla. De igual manera que trata de entender a su primo.

—A veces lo peor que puedes hacer es pensar demasiado las cosas, así nunca encontrarás el momento adecuado —sugiere Azahara—. Cuanto más rápido y ágil sea, mejor. Como cuando te quitas una tirita.

—Ojalá fuese así de fácil.

Esas últimas cinco palabras resuenan en la mente de Keira, ya las ha escuchado antes.

—Eso es justo lo que dijo el otro día Adrián cuando hablábamos de ti.

—¿En serio? —murmura una sorprendida Gabriela.

No duda de que Adrián aún piense en ella, igual que ella no puede dejar de pensar en él. Lo que no esperaba es que hablase de ello con Keira.

—¿Que si habla de ti? —Se miran—. A ver, no te voy a negar que cuesta un poco sacarle las palabras. Vamos, no sé qué le habrás hecho, pero que sepas que mi primo está completamente enamorado de ti, tía.

Azahara no puede evitar taparse la boca. Por su parte, Gabriela pestañea, notando cómo su respiración se vuelve algo más pesada por momentos. No quería oír eso, ¿o sí?

—Nunca lo había visto así por nadie, ni siquiera con Triana —sigue hablando Keira—. Te lo prometo, lo has cambiado.

Las palabras de Keira solo consiguen que Gabriela se lamente aún más.

En el fondo deseaba que le contase que Adrián no habla ni piensa en ella.

Que ya la ha olvidado y rehecho su vida.

Pero lo que le acaba de decir es justo todo lo contrario.

Gabriela siente que se le acelera el corazón y, mientras las otras dos lo siguen comentando, ella trata de controlar la respiración para que su cuerpo se temple.

Pocos minutos después salen de esa estancia y se dirigen al último circuito antes de acabar en la gran piscina.

En la zona que les toca ahora deben pasar por una pequeña piscina de agua muy fría y otra de agua muy caliente.

Keira y Azahara van delante de Gabriela.

Cuando llega su turno, trata de hacerlo lo más rápido posible.

No le gusta el contraste del frío con el calor, le provoca picores.

—No sé qué es peor, si una u otra —intenta bromear al salir.

Se ponen los albornoces y se encaminan a la piscina grande. Allí podrán bañarse, disfrutar de los chorros de hidromasaje, tumbarse a descansar...

De camino, Azahara y Keira se adelantan charlando, parece que ya no están tan incómodas como cuando empezó el día.

A medida que han ido avanzando las horas, el ambiente entre la pareja se ha relajado.

Gabriela camina detrás de ellas; desde hace un rato no se encuentra bien.

Cree que los contrastes de temperatura de la última fase le han sentado mal.

Al darse la vuelta para decirle algo, Azahara ve que a su amiga se le cierran los ojos y se desploma.

—¡GAbrIELAAA!