Un beso al aire 69
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Los días pasan y en lo único en lo que puede pensar Adrián es en ella. No puede sacarse de la cabeza ese fin de semana juntos, como tampoco olvida lo preocupado que se quedó cuando, prácticamente, le ordenó que se fuese de su casa tras conocer la huida de Ariadna.

Todo eso le tiene la mente tan nublada que está empezando a repercutir en el trabajo. Él lo sabe, incluso su padre le ha preguntado qué le pasa. Ha optado por contárselo por encima, sin entrar en detalles.

Por más que llama a Gabriela y le manda mensajes, ella no contesta a nada. Tras recibir su negativa durante días, y sin querer perseguirla para no agobiarla más, le preguntó a sus primos, sobre todo a Keira. No ha tenido suerte, tampoco sabía mucho de su amiga.

Como último recurso, habló con Azahara, al fin y al cabo, tiene contacto directo con Gabriela.

Esta, aparte de asegurarle que hablará con él, también le pidió que no la agobiara, que necesita su tiempo.

Y eso es justo lo que está haciendo: conteniéndose día tras día para no aparecer en la clínica veterinaria a esperar a que su turno termine para hablar con ella.

Por su lado, Gabriela está hecha un lío.

Lleva semanas sin saber qué hacer ni qué decir.

Lo de Ariadna ha sido un duro golpe, confiaba en ella.

Lo que menos esperaba es que se la fuese a jugar así, pero lo hizo.

Tras tantos días le ha quedado claro que su hermana se ha ido para no volver.

Y, en caso de volver, sería para tratar de hacerle lo mismo de nuevo.

Lo único positivo que saca de todo esto es que ha aprendido una lección.

Todo lo contrario que con Adrián. En este caso es ella la que no le da a él señales de vida.

Cada vez que le suena el móvil y ve su nombre en la pantalla, siente un extraño hormigueo en el cuerpo.

Y aunque se muere de ganas de hablar con él, no sabe cómo afrontarlo, aunque de momento parece haberse decantado por dejar pasar el tiempo y que todo se vaya asentando poco a poco.

Cada día, al ver a Azahara en el trabajo, ella le pregunta por el tema. Su amiga quiere saber si ha hablado con él, pero su respuesta siempre es la misma: «Cuando esté preparada».

Gabriela miente. No tiene pensado hablar con él, al menos no de momento. Por más que lo piensa, no sabría qué decirle. Pero darle esa respuesta es lo más fácil y cómodo para que Azahara no la agobie en exceso.

Uno de esos días, Keira llega a casa de trabajar. Se ducha y se prepara, tienen una cena familiar. Es el cumpleaños de su tío Youssef y, aunque ha pillado entre semana, la familia entera ha quedado en ir a su casa a cenar. Es lo bueno de que todos vivan en el mismo edificio.

Tras saludar a todos, Keira se da de bruces con su primo Adrián, que prácticamente no despega los ojos del móvil.

—Anda, prima, has llegado —murmura al verla.

—Hola a ti también, Adri.

Todos charlan animadamente durante la cena. Todos menos uno: Adrián se dedica a observar al resto, siempre con el móvil a la vista. Miguel y Keira no necesitan comentarlo, se entienden con la mirada.

En un momento dado, harta de su actitud, Keira le da un golpe por debajo de la mesa. Al segundo su primo la mira con gesto de enfado. Ella consigue justo lo que quería: llamar su atención.

—¿A qué coño viene eso? —susurra él de malos modos.

Ella lo mira y, cogiendo la jarra de agua, la vacía en los vasos que tienen alrededor.

—¡VAMOS A POR MÁS AGUA! —exclama.

Sin darle tiempo, Keira se pone en pie y engancha a su primo del brazo para que la siga. Una vez en la cocina, pregunta dejando la jarra en la encimera.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Que me duele la pierna, eso me pasa —se queja él molesto—. ¿A qué ha venido eso?

Ya de por sí, Adrián no tenía muchas ganas de ir a la cena, pero que su prima lo haya golpeado ha terminado por ponerlo de mal humor.

—No digas tonterías, ¿estás así por lo de Gabriela?

Él suspira profundamente.

—Paso.

Keira no lo sabe todo, pero conoce más o menos lo que ha pasado.

Lo último que supo es que se iban de fin de semana romántico los dos solos.

Luego fue lo de Ariadna y desde entonces Gabriela ha estado más ausente de lo normal.

Entiende que esté agobiada y que quizá le haya pedido a su primo algo de espacio. Pero ya son muchos días. Demasiados.

—Vamos a ver, Adrián, ¿por qué no vas a hablar con ella?

—Sí, hombre, claro —farfulla—. Ojalá fuese tan fácil.

—Es tan sencillo como presentarte en su casa y decirle que tenéis que hablar —sugiere—. No creo que Gabi te vaya a cerrar la puerta en las narices.

Instintivamente le saldría corregirla y decirle que no le gusta que la llamen Gabi, pero no lo hace. Lo único que quiere es terminar con esa conversación cuanto antes.

—Me estoy limitando a respetar sus tiempos —responde cogiendo la jarra y yendo al grifo para llenarla—. Cuando Gabriela esté preparada, me avisará.

Pero Keira, observando cada uno de sus movimientos, murmura:

—Y si eso no llega, ¿qué pasa? ¿Pretendes quedarte así para siempre?

Adrián no responde. Durante unos segundos se dedica a ver caer el agua y cómo la jarra se llena. Cierra el grifo antes de que rebose y, al girarse, ahí sigue ella, cruzada de brazos.

—Keira, déjame en paz.

Y así, sin mediar más palabra, Adrián vuelve al salón, dejándola sola.

Esa misma noche, un par de horas más tarde, Keira está en la cama dando vueltas sin poder dormir, hasta que tiene una idea. Coge el móvil y, aunque sabe que es tarde, escribe a Azahara.

Sé que no son horas, pero he tenido una idea. Estoy harta de ver a mi primo mal, así que he pensado en que este sábado podemos organizar un día de chicas y pasar el día con Gabi. Así podemos hablar con ella y que nos cuente qué les pasa. ¿Te parece? Ya lo hablamos mañana, buenas noches, guapa.

Vuelve a dejar el móvil en la mesilla y cierra los ojos con la esperanza de que su novia la apoye. Si ellos no hacen algo, ellas lo harán.