Un beso al aire 68
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Sabe que lo que acaba de hacer puede que no haya sido la decisión más acertada que ha tomado en su vida, pero lo necesitaba. Nada más cerrar la puerta, Gabriela se deja caer sobre ella. Entonces pasa lo que tanto intentaba ocultar: las lágrimas empiezan a recorrer su rostro.

Cuando Azahara llega al piso, su amiga está destrozada. Gabriela le abre la puerta escondida bajo una sudadera y con la cara enrojecida. Aza no pronuncia palabra, simplemente se limita a acercarse y abrazarla. Gabriela se aferra a ella para seguir llorando.

Minutos más tarde, ya sentadas en el sofá, Azahara percibe que Gabriela comienza a relajarse un poco.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha ido —dice con un hilo de voz—. Así, sin más. Sin hablar conmigo. Ariadna se ha ido.

Azahara escucha con atención el relato y deja que se desahogue sin intervenir, Gabriela lo necesita.

—Y encima esa mierda de nota dejándome claro que solo he sido un lugar de paso —dice molesta—. ¡Ah! Y no contenta con eso, también se ha llevado ropa de mi armario y, lo más doloroso para mí, el piano de mi tío.

A medida que lo dice, Azahara dirige la vista hacia donde solía estar el instrumento. Desde que ha llegado ha estado tan centrada en ella que ni se había dado cuenta. Suspira levemente: lo que le ha hecho Ariadna a su amiga y, sobre todo, a su propia hermana no tiene nombre.

—Confié en ella y la metí en mi casa sin tener la obligación de hacerlo —se lamenta—. Le he dado todo lo que ha necesitado, le he dejado dinero, le conseguí un trabajo... La he ayudado en todo lo que he podido. ¿Y así me lo paga? —Deja de hablar al notar que se le quiebra la voz.

—Es a lo que te enfrentas cuando confías en la gente —murmura Azahara—, que a veces puede salir bien y otras no tanto.

—Pero ¿qué he hecho yo para que me haga esto, Aza? Si es que soy imbécil.

—No has hecho nada, Gabriela, absolutamente nada.

Gabriela se recoloca en el sofá para mirar a Azahara de frente.

—Lo que pasa es que soy tonta —afirma—. He vuelto a ser una ingenua y me he creído todo lo que me ha contado sin darme cuenta de que, una vez más, me estaba utilizando.

Me revienta sentirme así de utilizada. —Azahara no puede hacer otra cosa que negar con la cabeza—.

¿Y sabes cuál es la peor parte? —sigue quejándose—.

Que todavía hay una parte dentro de mí que se cuestiona si es culpa mía por habérselo puesto todo en bandeja.

—No, eso sí que no —dice Azahara con firmeza, cogiendo su mano—. No te permitas pensar ni por un solo segundo que algo de lo que ha hecho tu hermana es culpa tuya porque no lo es.

—¿Cómo que no? —Azahara quiere volver a intervenir, pero Gabriela no la deja—.

Fui yo quien le ofreció entrar de nuevo en mi vida.

No conforme con eso, le facilité la vida dejándole dinero, dándole un techo bajo el que cobijarse, buscándole un trabajo cómodo para ella.

.. Yo la metí en nuestras vidas. —Y recordando algo, se tapa la cara con las manos—: ¡Madre mía, las tías de Keira me van a odiar!

Se lamenta. Intuye que, igual que Ariadna no se ha despedido de ella, tampoco las habrá avisado. Encima tendrá que dar ella la cara.

—Gabriela, mírame —dice Azahara, apartándole las manos de la cara—.

No eres responsable de las decisiones que Ariadna toma sobre cómo quiere vivir su vida.

Aquí ya somos todas mayorcitas. —Ella la mira, no muy convencida—.

Y deja de preocuparte por lo que dirán los demás.

Como buena manipuladora, Ariadna ha conseguido engañarnos a todos —dice, mirándola directamente a los ojos—.

Tú solo eres culpable de creer a una persona que, simplemente, venía con malas intenciones.

Nada más. —Gabriela se queda en silencio y una lágrima que recorre su mejilla la delata.

Se la limpia rápidamente con la manga de la sudadera—.

Vale, y ahora, para respirar un poco, vamos a cambiar de tema —sugiere su amiga—.

Cuéntame qué tal ha ido el fin de semana con Adrián.

Al oír su nombre Gabriela vuelve a taparse la cara para llorar. Le ha hablado mal. Lo ha tratado mal y lo sabe. Azahara la mira sin entender qué le pasa ahora; según los mensajes que intercambiaron el sábado por la mañana, todo iba bien.

—¿Tan mal ha ido? —susurra con cuidado.

—No.

—¡¿Entonces?!

—No sé ni qué decirte —se lamenta.

—¿Lo dices en plan catastrofista por lo que te ha pasado hoy o va en serio?

Entonces Gabriela se quita las manos de la cara y mira a su amiga.

—Ha sido muy bonito —explica incómoda—. Me llevó a Benicàssim y parecía que lo tenía todo programado. Incluso que tenía planeada la lluvia de ayer por la tarde. —Azahara sonríe—. Cada vez que me miraba sentía que le importaba de verdad.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—¡Todo! —exclama poniéndose en pie de un bote—. Me he dejado llevar como me dijiste. Me he permitido unas licencias que en otros momentos de mi vida ni se me hubieran pasado por la cabeza.

Azahara la ve moverse nerviosa por el salón.

—Gabriela, te has permitido ser feliz.

—Y eso es justo lo que no me gusta. Me enfada incluso —replica—. No tenía que haber bajado la guardia. Si no lo hubiera hecho, ni lo de Ariadna, ni lo que sucede ahora con él estaría pasando. ¿En qué estaba pensando?

Sin poder evitarlo, sonríe: Azahara recuerda a la perfección el día en que hablaron de Adrián. No olvidará nunca lo reticente que era Gabriela a siquiera ofrecerle su amistad a ese chico.

—Si no me hubieras insistido en que le diera una oportunidad...

—La decisión final fue tuya. —Sonríe Azahara.

Aunque su sonrisa le pique, Gabriela sabe que tiene razón. Nadie la obligó a aceptar aquella primera cena. Como tampoco a seguir quedando, ni siquiera a irse de fin de semana los dos solos.

—Aza —murmura volviendo a sentarse—, no sabes cómo me miraba estos días... De una manera... diferente. No sé cómo explicártelo, el brillo de sus ojos era distinto. Como si pudiera verle corazones en las pupilas, te lo prometo.

Gabriela consigue que su amiga suelte una carcajada.

—Y eso ¿qué tiene de malo?

—Que no quiero ser la historia triste de nadie.

Que Gabriela diga eso consigue ponerle el vello de punta. Sin poder evitarlo, se acerca a ella para abrazarla. Las dos se quedan un momento en silencio.

—Gabriela, no puedes pensar así —comenta con cariño al separarse.

—¿Cómo que no?

Las amigas se miran, cogidas de la mano.

—Adrián ha elegido estar conmigo sin tener toda la información. Sin saber lo que tú y yo sabemos... Quizá ha llegado el momento de que habléis y te permitas por fin abrirte y ser vulnerable.

—Pero me da miedo.

Azahara la entiende y, apretándole la mano con cariño, responde:

—Para perder el miedo tendrás que dejar de alimentarlo.

Gabriela cierra los ojos y aprieta la mandíbula. Sabe muy bien que su amiga tiene razón, y cuanto antes se enfrente a sus miedos, mejor. «Ojalá fuese tan fácil», piensa, sin embargo.

—Recuerdo que cuando dudaba en si cenar con él por primera vez me preguntaste qué era lo peor que podía pasar por aceptar su invitación. Ya tengo la respuesta. —Azahara asiente al recordarlo—. Que me enamorara de él.