Es domingo y, aunque si por ellos fuese se quedarían ahí.
Es domingo y, aunque si por ellos fuese se quedarían ahí por lo menos una semana más, toca volver a casa. Ambos son adultos con obligaciones y al día siguiente deben ir a trabajar.
El viaje de vuelta siempre se hace más corto que el de ida, y Adrián y Gabriela disfrutan del tiempo que les queda juntos.
Al llegar a casa de Gabi, no les queda otra que dar por finalizado su fin de semana.
Aunque le ha dicho que no hace falta, Adrián y Trasto bajan del coche para acompañarla y ayudarla con la maleta.
—Si mi madre se entera de que no me he comportado como un caballero contigo, me mata —se burla.
Gabriela abre la puerta de su piso. Todo está en silencio, como suele ser normal. Pero, al avanzar unos pasos, Gabriela nota que algo no va bien. No todo está como siempre y sobre la encimera se encuentra el juego de llaves que le dio a Ariadna.
—Qué manía de dejarlo todo por medio —murmura.
Adrián entra tras ella, cierra la puerta y deja la maleta a un lado. Trasto camina junto a él. Gabriela se acerca a la escalera para avisar de que ya ha llegado.
—¡¿ARIII?!
Tras unos segundos, no recibe respuesta y, al darse la vuelta para volver con Adrián, se percata de algo: el piano digital no está. Gabriela traga con dificultad. La sensación de agobio empieza a apoderarse de ella, puede notar que su respiración se vuelve más agitada por momentos.
Por su gesto, Adrián intuye que algo no va bien.
—Gabi, ¿qué pasa?
Pero ella no dice nada, simplemente señala el lugar en el que debería estar el instrumento. Él, rápidamente, cae en la cuenta de a qué se refiere.
—Vale —dice al ver su cara—, seguro que hay una justificación totalmente lógica. Quizá lo ha subido a la habitación.
Ella, paralizada por el agobio, lo mira. Sin necesidad de que le diga nada, Adrián sube los escalones de dos en dos. Llama a la puerta y, al no recibir respuesta, entra. El cuarto en el que suele dormir Ariadna está vacío de ropa y objetos personales. Se pasa la mano por el pelo, algo nervioso.
Baja pensando en cómo decírselo a Gabriela, pero ni siquiera tiene que hacerlo. Ella está leyendo un papel junto al sofá. Cuando llega a su lado, le da el papel y saca el móvil para llamar a su hermana. Adrián lee la nota.
Lo siento, hermanita. Estoy segura de que saldrás adelante. Gracias por todo.
Te quiero. Ari.
Necesita leerla un par de veces para poder creérselo.
Mira a Gabriela, que ya va por la segunda llamada sin respuesta.
Al no conseguir localizarla, decide meterse en la aplicación del banco.
Abre la cuenta vinculada a la tarjeta que le dio, esperando no tener razón.
Pero sí: la cuenta está vacía. Mueve el móvil para enseñárselo.
—¿Esa es tu cuenta del banco? —pregunta, descolocado.
—Una de ellas —murmura la chica—. Es la de uso diario, tengo otra con todos los ahorros.
—Menos mal. —Traga saliva.
Desde que heredó el dinero de su tío, decidió tenerlo en dos cuentas: una, con la mayor parte, a la que Ariadna no tenía acceso, y otra en la que mete lo que necesita para el día a día.
Al principio, tras darle la tarjeta a su hermana entraba a diario en la aplicación del banco para revisar los cargos. Pero luego se le fue olvidando y dejó de hacerlo.
Su respiración cada vez va más rápido, y también su pecho.
—Ari se ha ido. Me la ha vuelto a jugar. —Adrián la mira sin saber muy bien qué decir—. No sabía lo de las dos cuentas. Se ha ido pensando que me ha dejado sin dinero —balbucea—. No me lo puedo creer...
Adrián la ve moverse por el salón para acercarse al lugar donde debería estar el piano.
—Y se ha llevado el piano... El piano del tío Juanjo.
Ariadna no sabe tocar. Conociendo su pasado, Gabriela tiene claro para qué lo quiere. Lo va a vender. Va a vender el piano de su tío.
—Gabi —Adrián se acerca—, ¿cómo puedo ayudarte?
Ella, percibiendo que trata de abrazarla, se mueve para alejarse.
—Ya te dije que no me gusta que me llamen Gabi.
Al ver el estado de shock en el que ella se encuentra, él se limita a asentir. Gabriela ni siquiera lo mira. Simplemente, está ahí de pie, sin moverse, y con la mirada fija en el espacio vacío del instrumento.
—Disculpa, tienes razón —responde él con suavidad—. ¿Quieres que nos sentemos?
—No.
—¿Y un vaso de agua?
Niega con la cabeza sin mirarlo.
—Sabía que no tenía que haberme ido, lo sabía...
—No creo que nuestro viaje tenga la culpa —sugiere él—. Si Ariadna ya tenía pensado irse, solo necesitaba dar con el momento en el que estuviera sola.
Cuando ella por fin lo mira, Adrián percibe la dureza en sus ojos. No conocía esa mirada de Gabriela.
—Ya la has llamado y no consigues localizarla —sigue buscando opciones—. ¿Quieres que llame a la policía?
—No —dice fríamente.
Acercándose a ella, le pone la mano en el hombro, pero no tarda en apartársela.
—Gabriela —no la entiende—, solo intento saber cómo puedo ayudarte.
—Es que no quiero que me ayudes, ¿no te das cuenta de que soy adulta como tú y puedo valerme por mí misma?
—Sí, claro...
Gabriela se aparta el pelo de la cara, la cabeza le va a mil. Oírla decir eso hace que Adrián recuerde aquella noche cuando aún no se llevaban bien, cuando lo único que quería era quitarle a un pesado de encima.
—Con ella siempre es lo mismo, siempre... —Aunque la escucha, decide no intervenir—. Aparece de la nada, la ayudo y se lo pongo todo en bandeja hasta que se gana mi confianza —murmura empezando a moverse por el espacio—. ¿Y qué hago yo? Justo lo que ella quería: irme y dejarla sola.
Para una vez que se permite ser feliz y le tiene que salir mal. En el fondo lo sabía, no debería haber confiado en su hermana. Igual que sabía que no debería haber empezado lo que sea esto que tiene con Adrián.
—No es culpa tuya.
Ella lo mira. Clava sus ojos en él y Adrián la ve abrir la boca. Va a decir algo, pero se arrepiente. Tener ahí a Adrián la incomoda, aunque sabe que él no se merece la rabia que le ha provocado su hermana. Por lo que se da un momento para cerrar los ojos y pensar. «Necesito pensar», se dice.
—Adrián, lo mejor es que te vayas.
—No.
—Adrián, por favor —masculla, aún más nerviosa—. No lo quiero pagar contigo.
Él da dos pasos hacia ella.
—Gabriela, no te voy a dejar sola con esto.
Al ver que se acerca, ella, molesta, camina hasta la puerta de su casa y la abre. Trasto, situado junto a la encimera, los observa.
—Adrián, te lo estoy pidiendo por favor —dice masticando cada palabra—. No sé cuánta paciencia me queda. ¡Vete!
Aunque entiende que no es una situación fácil, él no quiere dejarla sola.
Quiere estar ahí para ella. Mientras Gabriela está enfadada, no con él, sino con su hermana.
Pero que Adrián no haga lo que le está pidiendo está terminando de llevarla al límite.
Y se niega a derrumbarse delante de él. No quiere que la vea rabiosa, llorando y decepcionada, todo al mismo tiempo.
Adrián coge de nuevo la correa de Trasto y se acerca a la puerta.
—Gabriela, por favor, déjame...
—Voy a llamar a Azahara, por si eso te deja más tranquilo.
Aunque no quiere irse, se limita a asentir y a salir. Que llame a Azahara está bien, pero habría preferido mil veces quedarse, o que lo llamara a él.