Un beso al aire 66
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Entre las paradas que tuvieron que hacer y el viaje, al final anoche llegaron tarde al piso de Benicàssim. Lo único que hicieron fue pedir algo de cena e irse a dormir. Entre el trabajo y el viaje, Adrián estaba agotado de tanto conducir.

Es sábado por la mañana y se han levantado a buena hora. Cuando Gabriela ha abierto los ojos, le ha costado unos segundos saber dónde estaba. Los brazos de Adrián rodeándola la han ayudado rápidamente a ubicarse.

Tras desayunar juntos en una cafetería cercana, él echa un ojo a la aplicación del tiempo. Parece que esa tarde va a llover, por lo que propone algo.

—¿Y si vamos a la playa?

Gabriela se muestra de acuerdo y vuelven al piso para cambiarse de ropa. Ella se decanta por un vestido ligero y azulado mientras que él se pone un pantalón de lino blanco y una camiseta rosa.

—¿Dónde vas tan guapo?

—Es que he quedado con la chica que me gusta.

—No me digas, a ver cuándo me la presentas. —Ríe ella—. Te dije que el rosa te quedaba bien.

Él sonríe y le da un rápido beso; por eso se ha comprado esa camiseta.

Se acercan a la puerta para salir y, mientras ella se mira en el espejo, Adrián engancha a Trasto a la correa. Cuando Gabriela abre la puerta para salir, se gira para mirarlo. Él, que se ha fijado en un sombrero de paja que hay en el perchero, lo coge y se lo pone a ella murmurando:

—Gabi, estás guapísima.

La chica sonríe tímidamente.

No están lejos de la playa, pueden ir dando un paseo.

Una vez allí, dejan los zapatos junto a los de otras personas que hay en la zona y Adrián suelta a Trasto, que se pone a correr sin parar.

—¿No está fría? —señala Gabi viendo que el perro juguetea en la orilla.

Él, aprovechando el despiste de ella, la coge en volandas.

—Podemos ir a comprobarlo.

Cuando sus pies dejan de tocar el suelo, Gabriela patalea. Intenta zafarse de sus brazos. No quiere meterse en el agua.

—¡Adrián, para! ¡PARAAA! —grita.

Pero él no le hace caso hasta que llegan a la orilla y la suelta, provocando que se moje los pies. Ella, al notar el agua fría, pega un brinco hacia atrás.

—¡Está congelada!

Él se echa a reír al ver su gesto. Tiene razón, la temperatura del agua aún no invita a meterse. Aunque parece que a Trasto sí.

Hace buen día, así que aprovechan la mañana para pasear por la playa sin prisa y cogidos de la mano mientras Trasto corre delante de ellos.

Van charlando tranquilamente hasta que Adrián ve a su perro correr directo hacia otro que juega en el agua con su dueña y una pelota.

Sin dudarlo, echa a correr detrás de él.

Gabriela observa la escena desde lejos. Es del todo cómico ver cómo Adrián se mueve intentando que su perro le devuelva la pelota a la chica.

Tras varios intentos, lo consigue. Regaña al perro y señala a Gabriela para que se vaya con ella.

Trasto obedece. Él, que está agotado de tanto perseguirlo, lo sigue.

Y en ese momento, Gabi oye la voz de su tío casi como si fuera real: «Ten cuidado, que a veces los sueños se hacen realidad».

Mira la escena casi sin poder creérselo.

Por primera vez siente que de verdad está viviendo eso con lo que tantas veces ha soñado.

Esa imagen en la que un perro y un chico van hacia ella.

Cuando por fin llega, Adrián le quita el sombrero de paja para ponérselo él y sentarse en la arena. Ella, aún sin poder creerse lo que acaba de vivir, se sienta a su lado. Ambos miran el mar.

—Muchas gracias —susurra casi de manera inaudible.

—¿Por qué? —dice Adrián, mirándola.

—Por... esto —murmura Gabriela tratando de encontrar las palabras—.

Por acordarte de que no era una buena semana para mí.

Por haberme traído aquí para que despeje la mente.

—Trasto se tumba junto a las piernas de Adrián—.

Por haber conseguido que la que suele ser mi peor semana del año sea la menos mala.

Adrián le dedica una preciosa sonrisa.

—Gabi, yo también quería darte las gracias —murmura ahora él quitándose el sombrero para ponérselo de nuevo a ella—.

Quería agradecerte que me hayas permitido entrar en tu vida.

—Ella se recoloca el sombrero y le acaricia la mejilla con cariño—.

Llevaba mucho tiempo sin pareja y me asustaba volver a ilusionarme con alguien.

Pero fue llegar tú y, no sé cómo lo hiciste, princesita —Adrián sonríe—, pero caí rendido.

Nada más decirlo, se dejar caer para tumbarse. Aunque duda, ella lo imita. Esa confesión ha hecho que el corazón se le acelere. ¿Es porque le gusta saberlo o porque le da miedo?

Esa tarde, como bien vaticinaba el móvil, llueve.

No demasiado, pero lo justo como para que decidan quedarse en casa haciendo tiempo y después salir a cenar.

Él sale de la ducha y del baño con una toalla blanca sujeta a la cintura.

Se da cuenta de que Gabi está en la terraza.

Parece que ha dejado de llover y ha salido el sol.

En el rato que Adrián ha empleado en la ducha, y antes de salir a la terraza, Gabriela ha escrito a su hermana para saber qué tal está. Ariadna le ha dicho que todo va bien.

Adrián se acerca sin hacer ruido y ve a Gabriela con la espalda apoyada en la pared y los ojos cerrados. Parece disfrutar del sol del atardecer, que le da justo de frente. Trasto está dormido a su lado.

Como si hubiera notado su presencia, Gabriela abre los ojos y sonríe al encontrárselo apoyado en la puerta y solo vestido con la toalla.

—¿Qué haces?

—Mirarte —admite—. ¿Y tú?

—Tomar el sol.

Adrián parece recordar algo. Gabriela lo ve desaparecer por el salón. Mientras se coloca el pelo, él ha vuelto y le da algo. Ella alucina.

—¡No me lo puedo creer! —exclama.

Lo que tiene en la mano es el papelito que perdió en Nochevieja, ese en el que había escrito el propósito de ese año. No puede evitar sonreír al leerlo: «Tomar el sol».

Gabriela mira a Adrián, ahí plantado con una sonrisa. No puede creer que haya guardado ese trocito de papel desde hace casi cuatro meses, pero sí. Así es Adrián.

Se lanza a sus brazos para besarlo. Él la recibe encantado. Un beso lleva a otro... y a otro... y acaban yendo a trompicones hacia la habitación. Adrián pierde la toalla a medio camino, pero le da igual. Sus cuerpos se conocen bien.