62
Adrián y Gabriela salen del metro cogidos de la mano. Tras un corto paseo, llegan a casa de ella. Aunque él ha insistido en pedir un coche, no lo ha conseguido. Ella prefería caminar.
Entran en su casa y Adrián la sigue con la mirada mientras se quita el abrigo.
Se llena un vaso de agua y se lo bebe sin prisa.
Tras dejarlo en el fregadero, lo mira. Sabe que no se va a ir hasta que vea que está bien.
Va escaleras arriba y se cambia de ropa.
Pocos minutos después, Adrián, sentado en el sofá, la ve bajar en pijama.
Se fija en que lleva una sudadera y la capucha puesta.
—Adri, has visto que he llegado sana y salva —dice—. Ya puedes volver a la fiesta.
—Qué va, me quedo.
No duda en ponerse de pie mientras ella mueve la cabeza hacia los lados, no tiene fuerzas para hablar con él y convencerlo de lo contrario. Aun así, lo va a intentar.
—No digas tonterías.
—No las digo.
—Habíamos salido para animar a tu primo, tienes que estar allí con él.
—Miguel estará bien —responde acercándose a ella—. Prefiero estar aquí.
—Pero no quiero cortarte el rollo. Estoy bien, será que algo de lo que cené antes de unirme a vosotros me sentó mal. Ahora me meto en la cama y mañana me levantaré como nueva.
Pero Adrián no tiene intención de cesar en su empeño. La rodea con sus brazos. Gabriela no puede evitar sonreír al notar el abrazo.
—De hecho, llevo un par de días con dolor de garganta —intenta bromear él—. Seguro que dormir me vendrá bien.
Nada más escucharlo, ella alza la vista. Él también la mira.
—No hace falta...
—Para mí sí.
Sin decir una palabra más, disfrutan hasta que ella, sin soltar su mano, lo lleva escaleras arriba y, dejándole de nuevo la famosa camiseta rosa, se meten juntos bajo las sábanas. No buscan nada, solo dormir abrazados.
A la mañana siguiente, se despiertan tarde y juntos. Gabriela ya se encuentra mejor. Desayunan sin prisa en la intimidad de su casa, ya que Ariadna ha pasado la noche fuera. Después, Adrián se cambia de ropa y se despide abrazándola. Cerrando los ojos, Gabriela susurra lo que su mente esconde:
—Ojalá esto durase para siempre.
Sus cuerpos se despegan. Él es consciente de lo que ha dicho, la ha oído.
—¿Hoy tienes planes?
—No pienso moverme del sofá en todo el día. —Se miran—. ¿Y tú?
—Algo parecido.
Gabriela se acerca de nuevo a él para darle un último abrazo antes de que se vaya. Cuando por fin sale del edificio, Adrián corre. Quiere darse toda la prisa del mundo.
Llega a su casa y, tras saludar a sus padres, va a su habitación y se cambia de ropa. Un par de minutos después vuelve a salir.
Sin tiempo que perder, pasa por un súper para hacerse con un par de cosas y, en cuanto sale de allí, echa a correr y vuelve al mismo sitio en el que ha empezado el día. Aprovecha que un vecino sale para entrar y subir de nuevo a la sexta planta.
Tan solo ver la cara que pone Gabriela cuando lo ve allí de nuevo, le ha valido la pena las carreras que se ha pegado. Ella no solo lo invita a pasar, sino que, nada más cerrar la puerta, se une a él con un beso.
—¿No decías que tenías planes hoy? —murmura ella cuando se separan.
—Sí, no moverme de ese sofá en todo el día.
Echando la cabeza hacia atrás, suelta una carcajada.
Tras compartir la intimidad de la cama durante un rato, bajan de nuevo al salón. Gabriela prepara palomitas y juntos se acurrucan abrazados en el sofá. Ponen Marte , elegida por él de la estantería.
Hacia la mitad de la película, Adrián se tumba apoyando la cabeza sobre las piernas de ella. No puede evitar que se le cierren los ojos mientras Gabriela lo acaricia con delicadeza. En un momento dado, le aparta el pelo y se queda mirándolo.
No quiere admitirlo. Incluso se prometieron que no lo harían. Pero sí, Adrián lo está consiguiendo. Se está enamorando de él.