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Pasada la Semana Santa, en la que Adrián y Gabriela han seguido pasando tiempo juntos, y tras más de dos meses con el sofá deshilachado por las mordeduras de Trasto, ha decidido comprarse uno nuevo.
A fin de cuentas, es algo que entraba en sus planes de este año.
Gabriela recuerda haberlo apuntado en aquellos papelitos de la tradición navideña de la familia de Keira.
Llega a la tienda de muebles acompañada por Adrián. En cuanto ella se lo comentó, se empeñó en ir. A él le da igual si es comprar un sofá, renovar el pasaporte o ir a la peluquería, lo que quiere es pasar tiempo con ella.
—¿Has hecho esto alguna vez?
—Recuerdo haber acompañado a mis padres a comprar muebles —responde él—. Pero no un sofá.
Entran en el establecimiento. Miran a su alrededor algo dubitativos sobre por dónde empezar.
—¡Buenos días, chicos! —les sonríe un hombre—. ¿Os puedo ayudar en algo?
—Hola —dice ella—. Sí, estoy pensando en cambiar de sofá.
—Entonces habéis venido al sitio indicado. Aquí tenemos una gran variedad de sofás y sillones —les indica—. ¿Tenéis ya una idea de lo que estáis buscando?
Al ver la duda en el gesto de Gabriela, es Adrián el que habla.
—Creo que primero vamos a echar un ojo por la tienda —señala.
—¡Perfecto! Me llamo Mauricio, cualquier cosa que necesitéis no dudéis en preguntarme.
Los dos asienten y empiezan a caminar entre los muebles. Observan los sofás, tocan las telas, miran los colores...
—Hay demasiadas opciones, ¿cómo sé cuál es el idóneo?
Al instante se fijan en una pareja mayor que hay al otro lado de la tienda. Los ven sentarse en varios sofás.
—Quizá probarlos todos es la clave —sugiere Adrián.
Dicho y hecho. Gabriela y él dedican el rato a sentarse en todos los sofás que se encuentran, unos más duros, otros menos; algunos con respaldo recto, otros con un respaldo demasiado corto.
No pueden contener la risa cuando Adrián prueba uno y se queda hundido en él.
—Definitivamente, este no es —balbucea, pues se levanta con dificultad.
Gabriela oye pitar su móvil e inmediatamente lo saca para ver que le ha llegado un mensaje de su hermana.
Ariadna Hermanita, voy a hacer la compra. Aparte de lo que hay apuntado en la lista, ¿necesitas algo más?
En lo que ella se lo piensa, Adrián consigue nuevamente colocarse a su lado.
—Es mi hermana —murmura escribiendo el mensaje de vuelta.
—¿Qué tal van las cosas con ella?
Gabriela da a enviar y se guarda el móvil. Desde que se supo lo que hay entre ellos, Ariadna y Adrián han coincidido en más de una ocasión. A veces en casa de Gabriela, otras recogiéndola con el coche...
—Bastante bien —comenta—. Entre el trabajo y salir con sus amigos, casi no coincidimos. Pero la veo bien..., distinta. El cambio le ha venido bien, se ha dado cuenta de sus errores del pasado.
—Me alegra oírlo.
—Yo más. —Sonríe.
Tras un buen rato dando vueltas, terminan por sentarse agotados en uno de tantos sofás.
—Estoy abrumada.
—Con esto me pasa lo mismo que cuando voy a comprar ropa —comenta él, consiguiendo que ella lo mire—. Cuando llevo un rato viendo tiendas, me parece que todo es más de lo mismo.
—Yo a eso lo llamo emborracharme de opciones.
—Me gusta. —Parece divertido—. Me he emborrachado de sofás.
Gabriela se mueve para probar la comodidad del sofá en el que están sentados ahora.
—¿Quieres que sea parecido al que tienes o buscas algo diferente?
—Hay una parte de mí que quiere algo nuevo, y otra que no.
—¿Y por qué no?
Suspira.
—Porque el sofá verde de mi casa me recuerda a mi tío —explica—. Cada vez que lo veo no puedo evitar recordar los miles de veces que hemos estado él y yo ahí viendo una peli o hablando de cualquier cosa.
—No tiene que ser fácil.
—No, no lo es.
Al ver el dolor en sus ojos, Adrián se acerca para posar la mano en su pierna. Quiere dejarle claro que está ahí con ella.
—¿Qué crees que diría tu tío en este momento?
—Que la vida está llena de cambios. —Sonríe.
—Pues ahí tienes la solución.
Se quedan callados. Adrián la observa, parece que está en su propio mundo. Supone que estará pensando en su tío.
—Entiendo que estabas muy unida a él, ¿no?
—Sí, muchísimo. No te he hablado de mi tío, ¿verdad?
—No, aunque me has dejado conocer algunas cosas de él. —Ella lo mira con interés, por lo que él sigue hablando—: Por ejemplo, que le encantaban la música y las películas, que se pasaba horas tocando el piano o que no le importaba nada lo que los demás opinaran de él.
Gabriela sonríe al recordar la de tardes que, mientras ella leía o estudiaba, él se pasaba horas al piano.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Lo he imaginado al ver la foto que tienes colgada en la habitación, esa en la que salís los dos juntos y él lleva el pelo amarillo pollo.
Recordar la foto a la que él se refiere la hace reír.
—Él lo llamaba «amarillo radiactivo». —Adrián también ríe—. Ya sabes más cosas de él que muchas personas.
Gabriela no puede evitar pensar en su familia. Tanto sus padres como su hermana se perdieron muchísimas cosas de su tío Juanjo. No porque él no los dejase conocerlos, sino porque ellos no quisieron. La primera, su madre. A ella no le gustaba lo diferente que era su hermano, no le hacía gracia.
Si algo aprendió Gabriela de su tío es que en esta vida no estamos para mendigar el amor. Él no lo hizo, simplemente se limitó a aceptar el tipo de relación que quería su hermana con él. Eso mismo ha hecho Gabriela con su familia, aceptar el tipo de relación que quieren tener con ella.
—Mi tío Juanjo era el mejor —le explica—. Era una persona tan... ecléctica. Nunca sabías por dónde iba a salir, y eso era lo divertido. Siempre conseguía sorprenderte. Tenía un carácter fácil, daba igual a quién tuviese delante porque siempre conseguía llevarse bien con prácticamente todo el mundo.
—Qué bonito que hables así de él.
—¿Sabes que de pequeña casi ni le conocía?
—Ah, ¿no?
—No, digamos que mi madre no aceptaba la forma de ser de su hermano.
Sabíamos que teníamos un tío llamado Juanjo al que solo habíamos visto un par de veces.
Pero todo eso cambió cuando crecí. —Adrián la escucha con atención—.
Uno de los días en los que estaba discutiendo con mis padres por haber dejado el doble grado de ADE y Finanzas y Contabilidad, me fui de casa dando un portazo.
Me pasé toda la tarde caminando sin rumbo, no quería volver.
En un momento dado, me vino mi tío a la mente y lo llamé.
Tampoco es que tuviera muchas más opciones —añade con humor—.
Él me abrió las puertas de su casa y a partir de ahí nos volvimos inseparables.
—Menos mal que le tenías a él.
Gabriela asiente.
—Pocos meses después, con diecinueve años, me fui a vivir con él.
La situación en casa de mis padres era insostenible —continúa—.
No fueron muchos los años que estuvimos juntos porque falleció de cáncer en 2022.
Pero fue tiempo más que suficiente para que lo quisiese muchísimo y se convirtiera en alguien indispensable para mí.
—Al final el valor de una conexión no se mide por la cantidad de tiempo que alguien lleva en tu vida, sino por las experiencias que se comparten.
—Y que lo digas...—A Gabriela se le escapa un suspiro al pensar en su tío—.
Cuando se fue, lo pasé tan mal... —murmura sin poder evitar que se le llenen los ojos de lágrimas—.
Quedarme sin él era lo peor que podía pasarme y, desgraciadamente, pasó.
Verlo sufrir e ir apagándose poco a poco por la enfermedad fue lo más duro.
—Siente cómo se le encoge el corazón al recordarlo—.
No poder hacer nada me generó una inmensa sensación de impotencia.
—Gabriela, estoy seguro de que hiciste por él mucho más de lo que crees —dice Adrián, acercándose a ella—.
El mero hecho de estar a su lado a lo largo de todo ese proceso significa mucho.
Por muy dura o difícil que fuese la situación, no te fuiste.
Te quedaste y estuviste con él hasta el final.
—Ella lo mira justo cuando una lágrima le recorre la mejilla.
Él le acaricia la cara levemente para secársela—.
Os ayudasteis mutuamente —afirma—. Estar solo en esos momentos es una mierda, y eso es justo lo que no permitiste.
Estuvisteis siempre ahí el uno para el otro.
Gabriela se mueve para pegarse a él, que la abraza.
—No me puedo creer que en un par de semanas vaya a hacer cuatro años desde que ya no está.
.. —Él asiente levemente y la abraza con fuerza.
No sabe qué decirle para consolarla—. Significa que también hará cuatro años desde que no veo a mis padres —murmura—.
Pensé que los vería por última vez en el funeral.
Pero no, bien que se interesaron por el testamento de mi tío, a pesar de no querer saber nada de él en vida.
—Siempre se ha dicho que el dinero saca lo peor de la gente.
—Y tanto —responde ella—. Mira que mi tío solo tenía unos pocos ahorros, pero ahí que fue mi madre. Lo que daría por haber grabado su cara cuando se enteró de que tanto el dinero como el piso me lo había dejado solamente a mí.
—Se lo tomó mal...
—Peor que mal. Puso el grito en el cielo —recalca ella—. Ese día es de las pocas veces que la oí referirse a mi tío como su hermano. Ariadna tampoco entendió que el tío Juanjo no le dejase nada. No comprendía que, siendo ambas sus sobrinas, a una le dejase todo y a la otra nada.
Adrián no deja de abrazarla. En su familia con ese tema han tenido suerte, nunca ha habido problemas ni discusiones al respecto. Pero sabe que otras, por temas de herencias, dejan de hablarse para siempre.
—Lo importante es que tu tío se fue teniendo muy claro quién estaba a su lado —dice él con rotundidad.
—Sí, eso sí.
Se quedan un momento ahí. Abrazados. En silencio. Ella incluso cierra los ojos disfrutando del calor que emana del cuerpo de Adrián.
—¿Qué opinas de este sofá?
—Creo que me gusta... —susurra—. Pero tendré que preguntar si lo tienen con una tela a prueba de animales.
Él no puede evitar mover ligeramente el mentón para mirarla. Ella, al verlo sonreír, añade:
—Para cuando Trasto vuelva por casa.