Un beso al aire 60
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Gabriela espera a que su hermana salga de trabajar para volver a casa juntas. Adrián, al darse cuenta, decide esperar con ella y así acercarlas en coche.

Llegan al edificio y Ariadna se despide al bajarse:

—Gracias por traernos, cuñado. ¡Adiós!

Cierra la puerta dejando a Adrián riendo y a Gabriela avergonzada por lo que acaba de oír. Cuando la ven entrar en el portal, ella lo mira.

—Ariadna es así de... espontánea. Perdona.

—No me pidas perdón, a mí me hace gracia. —Y estirando el brazo para acariciarle el pelo, murmura—: Te dije que era solo cuestión de tiempo que mi prima se enterase.

—Al menos ya nos hemos quitado ese peso de encima —responde con gracia. Él asiente, divertido.

—No tenía ni idea de lo de tu ex —dice ella con un hilo de voz.

—Normal, Gabi, no lo sabía nadie.

Adrián respira hondo. Cuando se ha sincerado delante de ella y de sus primos, lo ha hecho con la esperanza de que la opinión que tiene Gabriela sobre él no cambiara. Aunque ha hablado con ella mientras esperaban a que Ariadna saliese de trabajar, siente la necesidad de volver a decírselo.

—Lo que os he contado antes es algo que se ha quedado en el pasado.

—Coge su mano y juguetea entrelazando sus dedos—.

No soy el Adrián que le fue infiel a su novia.

Gabi, te prometo que ya no soy esa persona.

—La morena lo escucha asintiendo—. Soy muy consciente de que estar con alguien que ha sido infiel no te pone en una situación cómoda. Para mí tampoco es fácil, pero...

—Adri, tranquilo —dice interrumpiéndolo—. Confío en ti.

—¿Confías en mí? —Ella asiente con la cabeza y él, con una pícara sonrisa, murmura—: Gabriela Suárez, no te estarás enamorando de mí, ¿no?

—¡Qué más quisieras!

Ambos se ríen. En el fondo, él no quiere creerla. En el fondo, ella es plenamente consciente de lo que siente su corazón y tampoco cree lo que acaba de decir.

Gabriela se lo queda mirando. Hay tantas cosas en su cabeza que no sabe si lo mejor es compartirlas con él o salir ya del coche y marcharse.

—¿Quieres hablar de algo más? —pregunta él con curiosidad.

Por cómo lo mira, Adrián sabe que hay algo rondando su mente. Pero, tras un segundo, ella acaba diciendo:

—Gracias por traernos a casa.

Se acerca a él y le da un beso antes de salir del coche. Adrián se queda ahí, dispuesto a lanzarle un beso cuando ella se gire a mirarlo como siempre, pero Gabriela, simplemente, abre la puerta del portal y desaparece.

Se monta en el ascensor hecha un mar de dudas. Lo que ha dicho esta tarde Adrián de que odia que le mientan le pesa. No puede sacárselo de la cabeza.

No hay día que no se plantee hablar con él y contárselo, pero una parte de ella no quiere que sea real. Si lo comparte con él, confirmará que Adrián significa para ella algo más que una simple diversión, y no quiere tener novio.

Sale del ascensor con la convicción de acabar con aquello y no volver a quedar con él, pero, al verse reflejada en la puerta, se da cuenta de que no lo cumplirá.

«¿A quién quiero engañar?», se dice.

Desde que empezó a verse con él, han sido ya muchas noches las que se ha convencido de que al día siguiente no le hablaría. No contestaría a sus mensajes. No quedaría con él. Pero luego, a la hora de la verdad, es la primera que desea saber algo de él.

Lo único que tiene claro es que está llena de contradicciones.

Nada más entrar en casa, se encuentra a Ariadna paseando por el salón. Ella, al verla, se acerca.

—Gabi, te pido disculpas, de verdad —dice muy rápido—. No sabía que lo tuyo con ese chico era un secreto hasta para vuestros amigos. Debí haberte preguntado o, mejor dicho, debí haber cerrado la boca.

—Ari, no pasa nada.

—Sí, sí pasa —continúa sin hacerle caso—. ¡Soy una bocazas! Era tan fácil como limitarme a hacer mi trabajo llevándoos las patatas, pero no, no podía quedarme calladita. —Gabriela suelta el bolso encima de la mesa y la coge de las manos—. Hermanita, lo siento —murmura avergonzada.

—¿Tú ves que se haya acabado el mundo porque hayas dicho eso?

—No, Gabi, pero si tú no habías dicho nada, sería por algo, no para que llegase yo y lo soltara así, sin más.

Gabriela siente cierta ternura al ver a su hermana pequeña tan preocupada. Conociéndola, lo último que se esperaba es que fuese a pedirle perdón.

—Ari, yo no era capaz de decir que tengo algo con Adrián en alto por miedo.

—¿En serio? —murmura la otra, sorprendida.

—Sííí. Llevo tanto tiempo sin tener una relación que no me resulta fácil embarcarme ahora en una y confiar ciegamente en que va a salir bien. —Gabriela habla de manera pausada y tranquila para que su hermana se vaya relajando—. Me conoces bien y sabes que soy de tener las cosas controladas.

—Y esto no lo tienes.

—No, no lo tengo —afirma—. Cuando se trata del corazón, ¿hasta qué punto lo podemos controlar? —La hermana pequeña asiente. Entiende lo que le dice—. Quizá lo que has hecho es justo lo que necesitaba, que alguien lo soltase por mí.

Pero Ariadna la mira con dudas, ha hecho mal al acercarse a la mesa dando por hecho que todos sabían lo de su hermana con ese tal Adrián. La ha cagado a lo grande. Aunque el hecho de que Gabi reaccione así la ha sorprendido para bien.

—Mira, seguro que hasta me ha venido bien el empujoncito. —Se acerca para abrazarla—. Gracias, Ari.

—De nada, supongo...

Al separarse de ella, Gabriela se acerca a la mesa y algo llama su atención. Algo en lo que, cuando ha dejado el bolso, no se había fijado.

—¿Y este paquete de tabaco?

—Es mío —responde Ariadna.

—¿No habías dejado de fumar?

—Sí, hermanita —explica recolocándose el pelo—. Cuando me vine contigo, lo había dejado todo, pero... es que el trabajo es muy estresante. Un compañero me ofreció uno y he recaído. Pero solo en esto.

La mayor asiente. Decide creerla, no tiene motivos para no hacerlo. Coge el bolso de nuevo y, sacando la cartera, le muestra algo.

—Mira, Ari, como veo el esfuerzo que estás haciendo y que te estás tomando las cosas en serio, voy a confiar en ti.

Ariadna mira lo que le da con los ojos abiertos como platos. Gabriela es consciente de lo que está haciendo y quiere asegurarse de que su hermana la usará de la manera correcta.

—Es un duplicado de mi tarjeta del banco —le explica—.

Entiendo que, como no llevas mucho en ese trabajo, te va a costar unos cuantos meses ahorrar lo poco que vas cobrando para poder rehacer tu vida por completo.

—Parece que su hermana la escucha con mucha atención—.

Esta tarjeta es solo para que la utilices en dos ocasiones: cuando vayas a hacer la compra o tengas que comprar algo que necesitamos en casa.

—Señala el piso—. Y en caso de emergencia, cuando necesites dinero de manera urgente y yo no esté localizable. ¿Me has entendido?

—Sí... —murmura, aún alucinando.

Ariadna coge la tarjeta y la aprieta con fuerza. No se puede creer lo que acaba de pasar.

—¡Gracias, hermanita! —exclama prácticamente saltando sobre ella.