58
Adrián se ha convertido en el centro de atención.
—¡¿Quién?! —exclaman sus primos al unísono.
—Mi exnovia.
—¡¿Triana?! —dicen a la vez.
Él asiente apretando los labios. Gabriela lo observa con atención. En el tiempo que llevan conociéndose, nunca le ha mencionado nada de esto. Tampoco es que ella le haya preguntado.
—No nos habías dicho nada.
—Preferí no decirle nada a nadie —admite—. Bastante duro era ya para mí como para que encima los demás estuvierais todo el día recordándomelo.
—Normal... —murmura Gabriela.
Adrián la mira e intercambian un momento, un suspiro. Él se da cuenta de que tiene que contarles lo que pasó con su expareja.
—Triana y yo llevábamos prácticamente dos años juntos. Una tarde estábamos discutiendo por algo, ni siquiera recuerdo por qué, pero ella, en un arrebato, me dijo que hacía meses me había sido infiel.
—Joder... —susurra Gabriela, sentada a su lado.
—¿Y qué pasó? —se interesa Miguel.
—Que la perdoné.
—Tú eres tonto.
Asiente, sabe que su prima tiene razón. Está claro que no fue la mejor decisión de su vida, pero estaba enamorado.
—Sí, y fui tan tonto e inmaduro que a las pocas semanas le hice lo mismo a ella.
—¿Le fuiste infiel? —pregunta una incrédula Gabriela.
—Sí... —Se miran—. No estoy para nada orgulloso, pero lo hice. —Se gira para mirar a sus primos—. La diferencia es que a mí me comía la culpa por dentro. No tardé ni tres días en confesárselo. Y ahí, por fin, rompimos.
Adrián parece sincero y Gabriela no puede evitar, con disimulo y por debajo de la mesa, posar la mano en su muslo. Al notarlo, él no duda en acercar la suya para acariciarla y así, sin necesidad de hablar, agradecérselo.
—Nos lo tenías que haber contado —murmura Keira tras unos segundos.
—¿Hubiera servido de algo? —No dicen nada—. Lo único que habríais hecho es mirarme así..., con pena y es justo lo que no quería. No me lo merecía, yo también lo había hecho mal.
—Actuaste por rabia, no porque realmente lo sintieras —comenta Gabriela.
—Puede ser, aun así, estuvo mal —responde él de forma clara. Y, mirando a su primo, añade—: Y con esto lo que quiero decir es que, aunque te la jueguen y pisoteen tu corazón y tu confianza, no puedes quedarte anclado en ese dolor.
Las chicas asienten.
—Adri tiene razón —lo apoya Keira—. Marcus es un gilipollas y no sabe a la gran persona que ha perdido. Pero que te haya pasado esto no puede ser la causa de que, a partir de ahora, pienses que cada persona que conozcas te hará lo mismo.
—Aún queda gente buena y que merece la pena por ahí fuera, ¿no crees? —añade Gabriela.
Tras abrirse con ellos de esa manera, Adrián respira hondo. No lo sabía nadie, al menos no por su parte, pero, tras ver así a su primo, ha sentido la necesidad de contarlo.
—Me arrepiento de haber estado con él —murmura Miguel refiriéndose a su ya exnovio—. Ha sido una pérdida de tiempo.
—No, no lo ha sido —dice Adrián con rotundidad—. No has perdido nada, Miguel, has ganado experiencia y aprendizaje.
—De todo en la vida se puede aprender algo —dice Gabriela, apoyando lo que él acaba de decir. Adrián se lo agradece con una sutil mirada.
—¿Tú qué aprendiste cuando te pasó? —le pregunta Miguel.
Él se toma un segundo para meditar la respuesta.
—Que nunca volveré a hacer lo que no me gusta que me hagan —afirma— y que odio que me oculten cosas.
—Gabriela coge su vaso para darle un trago, se le ha puesto un nudo en la garganta—.
Prefiero que, si pasa algo, me lo cuenten cuanto antes.
Doler va a doler igual, pero así al menos no me paso meses con cara de tonto, como con Triana.
Sus primos asienten. En eso tiene razón.
Keira busca algo en su bolso. Adrián aprovecha el momento para volver a mirar a Gabriela. Esta le dedica la mejor sonrisa que puede, aunque tiene sus palabras dándole vueltas en la cabeza.
Ariadna, que no les ha quitado el ojo, termina de limpiar unos platos y se acerca para dejarles un cuenco de patatas fritas.
Poniéndose de pie, Keira deja el paquete de tabaco sobre la mesa para ponerse el abrigo. Adrián, al verla, la imita.
—¿Me invitas a uno?
—Joder, Adrián, ¡te pasas la vida gorroneándome cigarros! —exclama.
Al oír ese nombre, la mirada de Ariadna se clava en el chico.
—¡No me digas que este es el famoso Adrián! —dice la chica apoyándose en el hombro de su hermana—. Vaya, o sea que tú eres ese novio del que mi hermanita nunca quiere hablar...
Gabriela y Adrián rápidamente se miran. «¡Joder!», piensan a la vez. Ella se gira para intentar parar a su hermana, pero es incapaz.
—¡Encantada, soy Ariadna!
Se acerca a darle dos besos y, al hacerlo, él se da cuenta de cómo lo mira su prima. Keira, nada más oír a la camarera, ha dejado de abrocharse el abrigo. Ha mirado a su primo, después a Gabriela.
Sus ganas de salir a fumar han desaparecido.