57
Al abrir la puerta, Keira se encuentra con una tranquilidad sorprendente.
Conoce a sus primos y sabe que, en cuanto sus padres llevan más de una hora fuera de casa, suelen volverse algo.
.. inquietos. Pero están viendo Elemental , de Disney, con Gabriela sentados en el sofá, mientras que Adrián está tumbado en la alfombra jugueteando con Olaya. Keira no está sola.
—¡Primo Migueeel!
Naim y Laila gritan y salen corriendo para lanzarse a sus brazos. Él los recibe con cariño, pero cuando se separan y le ven la cara, los niños se preocupan.
—¿Estás llorando?
—¿Estás triste, primo?
Con la cara roja de llorar y sin poder casi articular palabra, Miguel mira a su hermana en busca de ayuda.
—Se ha caído y se ha hecho daño en la pierna —intenta salir del paso Keira—, pero no os preocupéis porque está bien. Ya casi no te duele, ¿verdad, Miguel?
—Sí.
Laila le acaricia la pierna mientras que Naim, a quien se le han llenado los ojos de lágrimas, vuelve a abrazarlo. Keira decide que lo mejor es que, para no preocupar a los gemelos, se lleve a Miguel a su casa. Con un poco de suerte, sus padres estarán allí y podrán hablar con él.
—Avísame cuando lleguen los tíos —le dice a Adrián.
Él asiente y los hermanos se van. Tras algo más de una hora, llegan los padres de los tres niños. Se sorprenden al ver allí a Adrián y a Gabriela, pero, una vez que se lo explican, todo cobra sentido.
Nada más salir, van a casa de Keira y, al ver el estado de Miguel, deciden llevárselo a tomar algo.
Está claro que necesita que le dé el aire.
Deciden ir a la cafetería de sus tías, les pilla cerca y así estarán en un entorno conocido.
De camino, Gabriela le ha preguntado a Adrián si no sería mejor que los dejara a ellos tres solos, pero Adrián, con una rápida caricia en la mejilla, le ha pedido que se quede.
Toman asiento en una mesa libre y apartada. Gabriela les pregunta qué quieren beber y se acerca a la barra a pedirlo. Ni se le había pasado por la cabeza que Ariadna podía estar allí, trabajando.
—¡Hermanita! —exclama ella al verla—. ¿Y tú qué haces por aquí?
—He venido a tomar algo con unos amigos —dice igual de sorprendida—. ¿Y tú?
—Mírala qué graciosa —murmura con guasa—. ¿Qué voy a estar haciendo, tía? Trabajar. Te dije que empezaría a trabajar algunos findes para ganar más dinero.
Ella asiente. Tiene razón, hace tan solo unos días que se lo comentó. Lo que no esperaba es que fuera tan pronto. Pero se alegra, es señal de que se lo está tomando en serio.
—¿No me vas a presentar a tus amigos?
Rápidamente la frena.
—Ari, no es el momento —murmura, y añade, tras haber leído entre líneas los gestos de Keira—: Uno de los chicos, Miguel, no está pasando un buen momento, creo que le acaban de romper el corazón.
Ariadna se lleva la mano a la boca.
—Pobre chico... —susurra—. Vale, dime qué queréis.
Gabriela pide y vuelve a la mesa. Miguel se seca las lágrimas con Adrián y Keira muy pendientes de él.
—Respira hondo y dinos cómo ha pasado —comenta Adrián.
—Quizá si nosotros te damos otro punto de vista, te des cuenta de que no es tan grave y tiene solución —sugiere Gabriela. Pero él niega con la cabeza.
—Es imposible..., no la tiene.
Miguel trata de respirar hondo para calmarse y contarles todo tal y como ha sucedido. Ariadna se acerca con la bebida y no puede evitar fijarse en el chico al que todos miran. Tiene la cara colorada e hinchada, está claro que lleva horas sin parar de llorar. Luego se va sin pronunciar palabra.
—Miguel, no te sientas obligado a contarnos algo que no te apetezca compartir —dice Gabriela, viendo lo difícil que está siendo para él.
Él asiente y, tomando una nueva bocanada de aire, empieza.
—Marcus y yo llevamos mal un tiempo.
—No me habías dicho nada —murmura Keira.
—Ya... Es que pensaba que solo era una mala racha... Pero hoy me ha quedado claro que no.
Todos lo miran con atención. Keira le coge una mano.
—Esta mañana me he levantado y he ido a trabajar. —Traga saliva—. Aún no sé por qué, pero mi jefe ha dejado que me fuera antes de tiempo y no he avisado a Marcus, así le daba una sorpresa.
—Y la sorpresa te la has llevado tú —susurra Adrián, entendiendo hacia dónde va el relato de su primo.
Miguel lo mira y hace un puchero. Su hermana trata de morderse la lengua. Keira ya sabe lo que le pasa, se ha enterado hace un rato al mismo tiempo que sus padres. Tras unos segundos, él sigue hablando.
—He entrado en casa y he dicho «hola» en alto para que supiese que había llegado, como hago siempre.
Él no ha respondido, cosa que me ha extrañado.
—Toma aire con algo de dificultad—. He dejado mis cosas en el salón y lo he buscado por casa.
El último sitio en el que he mirado ha sido en nuestra habitación. ..
—No...
Adrián, al oírla, comparte una fugaz mirada con Gabriela.
—No me lo puedo creer —dice Adrián—. ¡Menudo hijo de puta!
—Os lo podéis imaginar, ¿no? —balbucea Miguel—. Marcus estaba en nuestra cama con un chico.
En cuanto dice eso, se vuelve a echar a llorar. No puede sacarse la imagen de la cabeza. Ha sido solo un segundo, pero parece que su mente lo ha memorizado al detalle.
Después, salió corriendo. Sentía que su cuerpo se lo pedía.
Cogió el primer taxi que encontró y se fue directo al aeropuerto.
Una vez allí, compró un billete para el avión que saliese antes hacia Madrid.
El vuelo se le ha hecho eterno, incluso la señora que le tocó al lado ha sentido la necesidad de consolarlo.
En cuanto aterrizaron, Miguel llamó a su hermana.
Necesitaba decirle a alguien que estaba aquí, en Madrid.
Como bien han comprobado Adrián y Gabriela, Keira no ha dudado un segundo en salir a toda prisa a buscarlo. El pobre Miguel se ha pasado todo el viaje en el coche llorando e intentando respirar, tal y como le pedía su hermana.
—De ahí que prácticamente no pudieses hablar cuando te hemos visto antes —comenta Gabriela al escuchar el relato completo.
Keira abraza a su hermano con fuerza y no deja de hacerlo hasta que parece ligeramente recuperado. Miguel da un trago a su refresco y se prepara para lo que tengan que decir los otros tres.
—Sé que irme ha sido muy inmaduro por mi parte —trata de excusarse—. Tenía que haberme quedado y afrontarlo, pero no podía.
—Miguel, estás muy equivocado —le corrige su primo—. Has hecho justo lo que tenías que hacer.
—Exacto —lo apoya Gabriela—. Tu cuerpo te pedía estar con los tuyos.
El chico asiente.
—Has oído lo que han dicho, ¿verdad? —Keira llama su atención—.
Que te quede muy claro. No empieces ahora a machacarte, a llamarte cobarde, a echarte la culpa de alguna forma.
.. Ni se te ocurra, que nos conocemos. —Miguel sonríe levemente al escuchar a su hermana.
Si hay alguien que le conoce, son ella y sus padres—.
Además, que sepas que me has ahorrado trescientos euros —añade para intentar destensar el ambiente.
Él la mira, confuso—. ¿Qué te crees? ¿Que no te conozco lo suficiente como para llevar notándote raro desde Navidad?
—Hace una mueca—. Gabriela está de testigo, más de una y dos veces le he dicho que algo te pasaba.
—Te lo confirmo, Miguel —añade la morena—. Hace tan solo unos días Keira me dijo que estaba pensando en ir a verte a Londres.
—Pero como eres tú el que ha venido, ¡eso que me has ahorrado!
Adrián observa a las chicas divertido. No tiene claro si le da más rabia que su primo tenga que pasar por eso, o no haberse dado cuenta de nada las veces que ha hablado por teléfono con él.
Tras unos minutos de distensión, parece que Miguel está más tranquilo.
—Nunca habría imaginado que me haría algo así.
—Normal, primo, nadie espera que su pareja le vaya a ser infiel —comenta Adrián.
—¿De qué sirve confiar ciegamente en alguien? —farfulla Miguel—. No quiero volver a tener pareja nunca más.
Adrián lo mira con pena. No le gusta que piense así.
—Que yo sepa, nadie me ha sido infiel, pero debe de ser una mierda —murmura Keira.
—Lo es —afirma Adrián, y consigue que todos lo miren.
—Adri, ¿a ti te han puesto los cuernos? —murmura Miguel, dubitativo.