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Mientras ella no da crédito al verlo entrar, los niños salen corriendo hacia él gritando su nombre. Él se arrodilla para abrazarlos fuerte. Gabriela lo mira, va en chándal y no lleva las famosas gafas de sol de las resacas.
Keira no tarda en acercarse a él con el ceño fruncido.
—¿Tú no saliste anoche? —Él asiente con la cabeza—. ¿Y qué haces aquí?
—Me he enterado de que te ha tocado quedarte cuidando a los enanos —explica despeinándolos—, y he pensado en pasarme a echarte una mano.
—¡¿TÚ?! —Keira se cruza de brazos—. Te recuerdo que los he cuidado más veces y nunca has venido a ayudarme, ni siquiera cuando te lo he pedido.
Él no la hace ni caso y se acerca a Gabriela. Ella se levanta y se saludan con dos besos. Ante Keira tienen que disimular.
—Sería porque estaba Miguel —termina por decir él.
—No, Adri, porque la última vez yo...
Pero como no quiere que su prima siga con el tema y acabe tirando del hilo, él decide interrumpirla.
—Bueno, ¿qué os contáis por aquí?
Gabriela vuelve al sofá mientras él se sienta en el suelo con los gemelos. Sonríe al ver que ellos buscan estar todo lo cerca que puedan de él.
—La prima Keira tiene novia.
—Sí, se llama Azahara y es una chica muy guapa —afirma él.
—Y su amiga está conociendo a un chico —recalca el niño.
—Ah, ¿sí? —Adrián, divertido, mira a Gabriela, quien rápidamente esquiva la mirada. Sin percatarse de nada, Keira vuelve al sofá y se sienta de nuevo junto a ella.
—¿Tú tienes novia, primo?
—¿Yo? —dice haciendo un gesto para hacer reír a los pequeños—. ¡Qué va!
—Normal... —murmura Keira, que, volviendo a mirar a su amiga, añade—. Bueno, no cambiéis de tema que estoy deseando que Gabi nos hable de ese tal Alonso.
La chica aprieta los dientes. Esperaba que a Keira le fuese suficiente con tener un nombre, pero no. Se mueve nerviosa en el sofá.
—Eso, ¡cuéntanos! —la anima con guasa Adrián.
Dedicándole una mirada asesina, Gabi murmura:
—¿Qué queréis saber de él?
—¡Todo! —exclama su amiga—. Cómo le conociste, hace cuánto, dónde vive, en qué trabaja...
—Madre mía, a ver...
La mente de Gabriela va a mil por hora. Tiene que inventarse a un chico de la nada y con la presión de tener gente mirándola y esperando que hable.
—Alonso y yo nos conocimos en la clínica veterinaria —suelta al momento—. Viene a traer pedidos de pienso y... uno de esos días me pidió mi número de teléfono.
—Un chico lanzado, eso está bien —afirma la rubia.
—¿Qué tipo de sacos os lleva? —pregunta él.
—Pienso para gatos.
Él sonríe mientras que ella se contiene, sabe que Keira es lista y no quiere darle pistas.
—¿Cuántos años tiene?
Piensa en que Adrián es mayor que ella un año y decide decir lo contrario.
—Tiene veintitrés años.
—O sea, que te van jovencitos —murmura él con gracia—. Toda una sugar mommy .
—¿Qué es eso, primo?
Adrián estalla en una carcajada. Los niños miran a su prima en busca de respuestas, pero ella les da largas.
—Que os lo cuenten luego vuestros padres.
—¿Pasa algo porque me gusten más pequeños que yo?
—Tranquila, princesita, no pasa nada —comenta Adrián con su habitual chulería—. A cada uno le gusta lo que le gusta.
Keira, dándose cuenta de cómo se miran, maldice el maldito momento en el que a él se le ha ocurrido subir a ayudarla. ¿Desde cuándo hace eso?
—¿Tiene hermanos?
—Sí, son cuatro —suelta al azar, enrollándose el pelo en el dedo—. Alonso es el pequeño.
—Eso es bueno —vuelve a meterse Adrián—. Porque ya sabes lo que dicen de los hijos únicos, que si son egocéntricos, egoístas, inmaduros...
Ahora es Keira la que se ríe con ganas.
—Adrián, te estás describiendo.
—Lo que tú digas, primita.
Hace un gesto para hacerle entender que a ella le da igual lo que él diga, y vuelve a lo que verdaderamente le importa.
—¿Qué es lo que más te gusta de Alonso?
—Me encantó la primera impresión que me dio —murmura mirando directamente a Adrián—. Consiguió llamar mi atención y me dio la sensación de que era un chico educado, amable...
—Es que la primera impresión es tan importante...
—Madre mía, lo que hay que oír —bromea Adrián haciendo reír a los pequeños Naim y Laila.
Sin parar de hacerse rulitos en el pelo, Gabriela no puede evitar que en más de una ocasión se le escape la mirada de manera involuntaria hacia Adrián.
—¿Y cómo es?
—Es... —duda un segundo— rubio, con melenita. Un poco más alto que yo, pero no demasiado. Es el típico chico que suele ir arreglado, pero sin pasarse.
—Ah, ya entiendo ¿vistiendo es rollo... pijito? —Gabriela asiente manteniendo la mentira—. Te pega, aunque no es que seas superpija, tienes cositas.
Adrián, agobiado por tener a sus primos encima de él, decide ponerse de pie. Necesita estirarse. Anoche salió y no hace más de media hora que se ha levantado, pero cuando se ha enterado de que Gabriela iría a ayudar a su prima, no ha podido evitar pasarse por allí.
—Y tú eres la que decías que no querías tener una relación —bromea Adrián—. Aquí el que no corre vuela.
Los niños se colocan de pie a su lado y lo imitan. Al darse cuenta, él empieza a hacer movimientos exagerados para que los copien. Gabriela sonríe al verlos.
—Tía, enséñame una foto de Alonso.
Adrián, colocándose a la pata coja, mira a Gabriela. Se pregunta cómo saldrá de esa. ¿Tendrá que ayudarla?
—Es que no tengo ninguna —balbucea como puede.
—Anda ya —insiste sin creerla—, ¿cómo no vas a tener una foto?
Y justo cuando Keira va a seguir insistiendo, le suena el móvil. Al ver que es su hermano Miguel, no duda en cogerlo y alejarse unos metros para poder hablar con él. Gabriela y Adrián se miran y tragan saliva.
—¡¿Qué dices?! —oyen decir a su prima—. No, tú no te preocupes, voy ahora mismo.
La chica cuelga el móvil y sin darles opción a decir nada, abre la puerta para irse.
—Cuidad de los primos, ahora cuando vuelva os cuento.
Y así, sin más, deja a Gabriela y Adrián a cargo de los pequeños.