Un beso al aire 53
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Gabriela habla con un cliente por el teléfono de diadema y apunta lo que le dice.

Al parecer estuvo el día anterior en la clínica, en el horario de su compañero Massimo, y olvidaron darle la receta de la medicación de su gato.

Hoy está ella de turno de tarde haciéndole un favor a su compañero.

Queda con el cliente en que, en cuanto se la dé el veterinario, la escaneará y se la enviará por e-mail .

Cuelga y se va en busca del veterinario pertinente. Le cuenta lo que pasa y él se lo soluciona. Al volver a su puesto de trabajo, ve a Keira en la calle fumando y hablando por teléfono. Ella la saluda y le hace un gesto para darle a entender que en cuanto termine, entra.

Gabriela se sienta en recepción, escanea la receta y, tal y como ha prometido, la envía por correo. La pantalla de su móvil se ilumina, es un mensaje de Adrián. Uno de tantos. Hace semanas de San Valentín y ambos se pasan el día buscando cualquier excusa para mensajearse y verse.

—¿Qué tal está mi amiguitaaa? —la saluda Keira.

Las amigas se abrazan, se alegran de verse. Últimamente, con el trabajo y los horarios de cada una, se ha vuelto un poco más complicado. Eso, y que cuando tienes pareja, como es el caso de Keira y Azahara, tu tiempo se limita aún más.

Gabriela la anima a pasar detrás del mostrador y sentarse en el taburete donde, normalmente, se sienta su compañera. Keira lo hace, no sin antes asegurarse de que Azahara está trabajando.

—Perdona, que estaba hablando con Miguel y no quería entrar hasta que no terminase —se excusa.

Gabriela niega con la cabeza. Por ella no hay problema.

—¿Y qué tal le va?

—Según dice cada vez que hablo con él, todo va bien —dice, dubitativa—. Pero, tía, algo me dice que no es así. Lo noto diferente.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé, Gabi. —Se desabrocha el abrigo—. Miguel y yo no somos gemelos ni nada de eso, pero tenemos una conexión muy profunda. Y esa conexión me dice que me está engañando. Mi hermano no está como siempre.

—Pero... ¿has probado a preguntarle directamente?

La pantalla del móvil de la morena se ilumina de nuevo. Lee el mensaje, pero vuelve rápidamente a mirar a Keira.

—¡Lo he hecho! —responde moviendo las manos—. Dice que está bien y que no me monte películas. Pero lo conozco demasiado... Me estoy planteando incluso ir a verlo.

—Bueno, hagas lo que hagas, seguro que es lo correcto —afirma Gabriela—. Lo conoces mejor que nadie.

Keira asiente con la cabeza. Tiene razón, aunque si escuchasen eso sus padres, lo pondrían en duda. Esta noche echará un ojo para ver a cuánto están los billetes de avión.

—No te pregunto por tu hermana porque mi madre, que habla diariamente con mis tías, dice que están encantadas con ella —dice ahora con guasa—. Ariadna se las ha metido en el bolsillo.

Aparte de hacerla reír, Gabriela se queda más tranquila aún al oírla decir eso. Cuando le pregunta a su hermana por el trabajo, simplemente le dice que va bien, no le cuenta nada más.

Las chicas se ponen al día. Parece ser que Keira está ahí porque salió antes de trabajar y decidió pasarse por allí de sorpresa a buscar a Azahara.

—O sea, que lo vuestro va genial, ¿no?

—¿No te ha contado Aza las novedades?

Gabriela la mira confusa. Azahara y ella han intercambiado mensajes y han podido hablar en persona hace un rato, pero ha sido algo rápido. No les ha dado tiempo a entrar en detalles sobre nada.

—¿Que os va de maravilla? Eso lo sé desde hace semanas.

—No, Gabi, eso no —dice bajando el tono—. Que el otro día, en San Valentín, le pedí oficialmente que fuese mi novia.

—¡Qué me dices! —exclama contenta—. Pero ¿eso se sigue haciendo?

—Yo lo hago —afirma Keira—. Tía, a mí me parece algo superromántico.

Gabriela asiente con la cabeza, feliz por sus dos amigas.

—Me alegro un montón por vosotras, ¡qué bonito es el amor!

Keira ríe al ver la reacción de su amiga, a la que le llega otro mensaje y no puede evitar que se le vayan los ojos hacia el móvil.

—¿Se puede saber quién te escribe para que cada vez que te llega un mensaje sonrías como una boba?

Aunque Keira se acerca para intentar leerlo, Gabriela es más rápida. Coge el móvil y se lo guarda en el bolsillo del pantalón. No permitirá que lea ni uno solo de los mensajes que intercambia con su primo. No por el contenido, sino por lo que implica.

—No es nadie.

—Para no ser nadie, qué rápido has escondido el móvil, ¿no?

—Tía, en serio. —Traga saliva—. Son cosas del trabajo.

Su amiga suelta una irónica carcajada.

—Gabi, permíteme que no me crea que un mensaje de trabajo ha hecho que prácticamente se te caiga la baba.

La susodicha suspira. Qué bien sabe mentir para unas cosas y qué mal para otras.

—Venga, cuéntamelo —insiste Keira—. ¿Estás con alguien?

—No.

—Vale, y ahora dime la verdad.

Las chicas se miran. Keira no tiene intención de parar hasta tener una respuesta. Gabriela lo sabe y, o le da algo para que, como bien dice Miguel, se monte películas, o lo acabará averiguando.

—Vale, sí, estoy con alguien.

Keira alza los brazos en señal de victoria para, a continuación, abrazar a su amiga.

—¡Qué bieeen! ¿Cómo se llama el afortunado?

—Keira, solo estamos tonteando —trata de decir con rotundidad para que no se ponga pesada con el tema—. Si veo que va en serio, te contaré más cosas de él.

La amiga hace un puchero, aunque no le dura mucho. Azahara termina de trabajar y entrega a su dueño el perro que acaba de cepillar.

—Huelo a perro mojado —murmura uniéndose a ellas.

Keira, sin dudarlo, se levanta y se acerca a ella para darle un beso en los labios. Azahara lo recibe encantada.

—Un poco sí que hueles... —bromea.

Azahara se ríe y va a la sala de personal para cambiarse y coger sus cosas. Un par de minutos después, Keira y ella salen de la clínica diciéndole adiós a Gabriela. A ella aún le queda un rato para poder irse a casa.