52
Tras ponerse algo de ropa para estar por casa, Adrián sale de la habitación. Conecta el móvil al altavoz que tienen en el salón y se prepara algo para desayunar. Canta y se mueve al ritmo de La Boca , de Álvaro de Luna, mientras espera que el café salga de la máquina.
—Vaya, vaya... —dice su madre entrando en la cocina—. Veo que alguien se ha levantado animado hoy.
Adrián mira a su madre y asiente.
—¿Quieres un café?
—Vale.
Saca otra taza y otra cápsula y se lo prepara. Salma coge unas magdalenas y las lleva a la mesa del comedor. Al momento aparece su hijo por allí y se sienta junto a ella.
—Mamá —llama su atención—, ¿no dijisteis que ibais a pasar el finde en la casa de Tomás, en Benicàssim?
Ella asiente. Su amigo Tomás tiene una segunda residencia allí y más de una vez han ido con él, e incluso el matrimonio solo.
—Sí, cariño, ese era el plan. Pero al ver el mal tiempo que hacía, y que nos iba a hacer allí, al final decidimos quedarnos en Madrid.
—Entonces, ¿qué hicisteis por San Valentín? —pregunta mojando una magdalena en su café con leche.
—Anoche tu padre y yo cenamos en un italiano y después fuimos a tomar unas copas con tus tíos Carlos y Zulema, Tomás y su mujer...
Ya sabe por qué han acabado sus padres durmiendo en casa. Respira aliviado por haber llegado antes que ellos y no habérselos encontrado, habría sido un momento demasiado incómodo.
—Vamos, que os lo pasasteis bien —balbucea con la boca llena.
La mujer asiente, aunque con un rápido gesto le indica que no hable con la boca llena.
—Y tú ¿qué tal ayer?
—Ya sabes, mamá, lo normal.
Salma se queda callada mientras toma un bocado de su desayuno. Espera un momento para ver si su hijo sigue hablando o tiene que tirarle de la lengua. Tras unos segundos tiene claro que tendrá que decantarse por la segunda opción.
—He visto la bolsa del McDonald’s en la cocina. ¿Con quién viniste a cenar?
—Una amiga.
—¿Y la conozco?
—No, mamá, no la conoces —responde intuyendo que quiere información.
Ella se lo queda mirando. Cuando César y ella llegaron anoche a casa lo primero que vieron fueron dos abrigos, así que comprendieron que su hijo estaba acompañado. El bolso negro en la silla y los restos de la cena en la cocina les confirmaron lo que ya sabían.
—¿Es simpática?
—Muy simpática —dice, y se limpia la boca con una servilleta.
—¿Lleváis mucho juntos?
Divertido por el interrogatorio, la mira mientras ella bebe su café.
—Mamá, no estamos juntos —le aclara—. Nos conocimos hace relativamente poco y de momento solo nos hemos visto unas pocas veces.
—Hombre, cariño, si pasasteis el día de San Valentín juntos, entiendo que estáis bien, ¿no?
—Lo pasamos muy bien. —No puede evitar sonreír—. Yo al menos disfruto mucho de cada momento que paso con ella. Además, no lo voy a negar, esta chica es algo especial.
—¡Míralo qué romántico!
—Mamá...
Salma da otro trago a su café y sonríe. Conoce a su hijo y sabe perfectamente que lo que les ha dicho antes de que el día anterior no sacó a Trasto era mentira.
—Bueno, cariño, sea tu novia, tu amiga especial o lo que sea, me alegro de verte... así. —Él la mira extrañado—. Tienes una luz diferente en la cara.
—Sí, mamá, es que ella es... —hace una pequeña pausa para buscar la palabra adecuada— diferente. No me pone las cosas fáciles, y eso me gusta.
—Consigue que valores aún más cada momento que te permite pasar con ella —murmura Salma.
—¡Exacto! —exclama él.
Parece que su madre le ha leído la mente. Ha expresado lo que él no sabía ni cómo decir.
—Al principio sentía que tenía que esforzarme mucho por conseguir que me hiciese caso, que me diese una oportunidad —le explica Adrián—. Pero una vez que lo he conseguido y nos hemos visto un par de veces, siento que la gran muralla que ella había levantado se va desvaneciendo y me gusta.
Salma se alegra de oír eso. Comprende que su hijo no quiere darle muchos más detalles, aunque como madre solo con ver el brillo de sus ojos al hablarle de ella le es más que suficiente.
—Adrián, me alegra verte así de implicado. —Se acerca a su hijo para abrazarlo—. Solo espero una cosa. —Él, correspondiendo el abrazo, la escucha—. Que te estés comportando como un verdadero caballero con Gabriela.
Adrián, al oírla decir su nombre, rápidamente se aparta de ella para mirarla con la misma cara que ponía de pequeño cuando llegaba la Navidad y se encontraba el árbol rodeado de regalos.
—Hijo, por favor, que te he parido.
Los dos se echan a reír.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Porque soy tu madre y te conozco mucho mejor de lo que tú te crees.
Él la mira completamente alucinado. Si algo tenía claro es que lo que hay entre Gabriela y él lo llevaba con la máxima discreción. No le ha contado nada a nadie, ni siquiera a sus colegas.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Un mago nunca revela sus trucos —dice ella con guasa.
Adrián menea la cabeza, divertido. Eso sí que no se lo esperaba.
—Vale, pero no puedes decirle ni una palabra de esto a la prima Keira.
—Cariño, has oído lo que te he dicho, ¿verdad?
—Sí, mamá —afirma—. Y no te preocupes, con ella me comporto como un caballero, tal y como papá y tú me habéis enseñado.
Salma abraza a su hijo con ternura y le acaricia el pelo despeinado. En ese momento aparecen César y Trasto en la puerta.
—¿Qué me he perdido? —pregunta al ver la escena.
—¡Que nuestro hijo se ha enamorado! —exclama Salma para horror de Adrián.