51
Ella es la primera en despertarse, y al ver que Adrián sigue completamente dormido, sale de la cama con cuidado y abandona la habitación. Le da los buenos días a Trasto y se pasea lentamente por la casa observándolo todo, fijándose en cada fotografía y cuadro colgados.
Llega al salón y se queda mirando la puerta de la calle.
¿Debería irse? Él lo hizo la noche que estuvieron en su piso.
Pero algo le dice que se quede, su relación no ha cambiado tanto como para salir huyendo.
Eso que ha cambiado y que no sabe expresar le dice que coja lo que ha ido a buscar al salón y vuelva a la habitación de Adrián. Bolso en mano regresa al cuarto.
—Esto sí que son buenos días.
Al oírlo murmurar con la voz ronca de estar recién despierto, Gabriela termina de cerrar la puerta y lo mira. Sigue metido en la cama, pero ahora con una sonrisa y los ojos marrones clavados en ella.
—Por un momento he pensado que te habías ido.
—No has tenido esa suerte —bromea ella acercándose—. He ido a buscar una cosa.
Adrián la observa sentarse junto a él y abrir el bolso. Saca algo envuelto con papel azul y se lo da.
—¿Es un regalo?
No necesita responder, simplemente sonríe, mientras él la mira contrariado. Quitándose el edredón de encima y dejando su torso desnudo al descubierto, se sienta en la cama.
—Más te vale que sea una broma —dice aclarándose la voz.
—Tendrás que descubrirlo. —Ríe Gabriela. Pero él no la acompaña.
—Gabi, dijiste que no podíamos celebrar San Valentín —refunfuña como un niño pequeño, rascándose la cabeza—. Me dejaste muy claro que nada de gestos románticos, cursiladas ni nada por el estilo.
—¿Te parece poco romántica la tarde que habías organizado ayer? Además, te recuerdo que hoy ya no es 14 de febrero.
Al oírla, el chico pone los ojos en blanco. Le da rabia. Como no esperaba pasar la noche con ella, no tiene ningún detalle preparado. No puede creer que haya sido tan tonto. Resignado ante lo mal, y poco detallista, que va a quedar con ella, abre el regalo. Al romper el papel, no se lo puede creer.
—¡Es la peli de la que te hablé el otro día! —exclama, muy sorprendido.
En sus manos tiene el DVD de la película Robots . Mira a la chica alucinado. No solo se ha acordado de lo que le contó, sino que ha dedicado tiempo a buscarla sin prácticamente tener información. No se lo puede creer.
—Pero si no te dije el título... —Una sonrisa de satisfacción aparece en el rostro de Gabriela. Ha conseguido lo que quería: sorprenderlo—. Gabriela, muchísimas gracias.
—No me las des —intenta restarle importancia—, solo es un detalle.
—Gabi, no es solo un detalle —la corrige—.
Es... mucho más. —Adrián apoya una mano en la pierna de ella y, mirándola a los ojos, añade—: Esto me dice mucho de ti.
Me da a entender que me escuchaste, me prestaste la atención suficiente como para acordarte.
—No deja de mirarla a los ojos—. Esto quiere decir que has dedicado tiempo, aunque solo hayan sido unos minutos, a pensar en mí y a buscar la película hasta encontrarla.
—No tienes que darme las gracias, solo tuve...
—¡Claro que sí! —Se mueve hacia ella.
Gabriela apoya un brazo en los hombros de Adrián y le da un rápido beso en los labios.
—¿Siempre te pones así de intenso por las mañanas?
Adrián se ríe y, atrayéndola hacia sí, la tumba en la cama y se coloca encima de ella para hacerle cosquillas.
Ella suelta una gran carcajada moviéndose, intentando escapar de él.
Tras unos segundos de lucha, Adrián escucha un ruido que le hace parar de inmediato.
Se pone en pie de un salto y se acerca a la puerta.
La abre ligeramente para asomarse con cautela.
«¿Qué hacéis en casa?», piensa alarmado.
Cierra la puerta con cuidado y mira a Gabriela con cara de circunstancias. Ella lo entiende al momento.
—¿No dijiste que se iban el fin de semana? —murmura bajando el tono.
Él se encoge de hombros, no sabe por qué están allí.
Poniéndose de pie, Gabriela empieza rápidamente a vestirse.
No quiere que los padres de él la vean, y mucho menos en ropa interior.
Aprieta los ojos al darse cuenta de que antes, cuando ha salido a por el bolso, podía haberse encontrado con ellos.
¿Han dormido allí? ¿Los habrán oído? Lo único que sabe es que se muere de vergüenza.
Viendo su apuro, Adrián la deja sola en su cuarto y sale a inventarse algo. Cuando la puerta vuelve a abrirse, Gabriela ya está totalmente vestida.
—Vale, les he dicho que anoche olvidé sacar a Trasto —susurra él caminando hacia ella—. Se han enfadado un poco, pero mi padre ha salido a pasearlo. Mi madre se ha metido en la ducha, así que puedes irte.
—Vale, me voy.
—Si me das un momento, me cambio y te acerco en la moto —murmura él cogiendo los pantalones del suelo.
—¡No, tranquilo! —lo frena y, señalando hacia la ventana, añade—. Me voy dando un paseo, así aprovecho el sol.
Adrián asiente y la morena lo sigue por el pasillo mirando a su alrededor con cuidado. Oye el agua correr, espera que sea verdad que Salma está en la ducha. Llegan a la puerta, se pone el abrigo y sale del piso.
—Gracias por lo de ayer —se despide—. Hacía años que no disfrutaba del día de... de un día como el de ayer.
Adrián sonríe al darse cuenta de que casi se le escapa la palabra prohibida.
—Feliz no San Valentín a ti también, Gabi.
Se acerca a ella y le da un beso en los labios. Ella le corresponde y, al separarse, sale corriendo escaleras abajo. Él se queda ahí hasta que la pierde de vista.
Al llegar al portal, abre la puerta sin prestar atención y se da de bruces con Luisa, la tía de Adrián.
—¡Anda, Gabriela! —exclama al verla.
Está claro que la mujer está sorprendida, tanto como ella. A juzgar por la bolsa que lleva en la mano, parece que viene de comprar churros para desayunar.
—¡Buenos días, Luisa!
—¿Qué haces por aquí tan pronto?
—Sí, bueno..., es que anoche salí con Keira —miente descaradamente— y me quedé a dormir en su casa.
La mujer asiente. Antes de tener a sus tres hijos, Youssef y ella también eran de salir y volver al día siguiente a casa.
—Por cierto, muchísimas gracias de nuevo por la oportunidad que le habéis dado a mi hermana en vuestra cafetería.
—No es nada, corazón; además, Ariadna es un encanto. —Sonríe—. Le cae bien a todo el mundo.
Gabriela también sonríe, le alegra saber que, al menos de momento, parece que su hermana está haciendo las cosas bien.
—Bueno, me voy para arriba antes de que se me enfríe el desayuno —dice la mujer con gracia—. Toma, llévate uno para el camino.
No tiene la opción de negarse. Antes de que pueda abrir la boca, Luisa saca un churro y se lo pone en las manos.
—Muchas gracias, Luisa, que tengáis buen día.
—¡Lo mismo digo, Gabriela!
Ya a solas, saca el móvil para ver qué hora es. Tiene mensajes de Ariadna de anoche. Los dos primeros son de alrededor de las tres de la mañana, mientras que el último es de algo más de una hora después.
Ariadna Hermanitaaa, ¿podrías pasarme algo de dinero, porfa? ¿Gabi? Vale, entiendo que estás ocupada. Le debo 48 euros a un amigo.
Se aleja del edificio, y está dando un mordisco al churro cuando escucha:
—¡MORENAAA!
Alza la vista y sonríe al ver a Adrián asomado en la que debe de ser la ventana de su habitación. Él, como empieza a ser costumbre entre ellos, le lanza un beso. Y, por primera vez, ella, con la mano que tiene libre, hace el movimiento de pillarlo al vuelo y llevárselo a los labios.