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Aunque es sábado, Adrián se ha pasado toda la mañana con su padre y sus tíos cerrando cosas relacionadas con el trabajo. Es lo que tiene contar con un negocio familiar, que los horarios son de lo más flexibles.
Sin siquiera darse cuenta, Gabriela sonríe al recibir un mensaje. Acto seguido, se asoma por la terraza y ve que hay un coche parado abajo. Es Adrián. Ariadna no fue a dormir anoche, por lo que no tiene que despedirse de nadie al salir de casa.
Llega al coche, Adrián se ha bajado y la recibe abriéndole la puerta del copiloto. Ella se lo agradece, lo saluda con dos besos y se sienta.
—¿Qué ha sido eso?
Adrián, que aún no ha arrancado, se gira para mirarla.
—Un gesto amable y educado, pero para nada romántico —trata de decir con seriedad. Ella asiente con una mueca.
—¿Cuál es el plan?
—Te cuento —dice él frotándose las manos—. Esta semana me has dejado claro que hoy es un día prácticamente innombrable, ¿cierto?
Han hablado por WhatsApp intercambiando cientos de mensajes.
En uno de ellos él sacó el tema de que el sábado coincidía con San Valentín, y ella no tardó en dejarle claro que le daba igual.
Si decidían quedar, tenía que ser de manera informal, sin nada de gestos románticos ni bombones con forma de corazón por ser 14 de febrero.
Él, obviamente, aceptó. Pasar tiempo con ella, sea de la manera que sea, le gusta.
—Hace unos días vi el tráiler de Cumbres Borrascosas en Instagram y me salía que le habías dado a «me gusta». —Ella asiente—. Por eso he comprado un par de entradas para que vayamos a verla.
—¿En serio?
—De una manera absolutamente nada romántica, por supuesto —dice Adrián con ironía—.
De hecho, si quieres que compremos palomitas, tendrá que ser un cubo para cada uno, no vaya a ser que compartamos y nuestras manos se rocen en algún momento.
—No puede evitar morderse el labio para no reírse, este chico siempre sabe cómo dar en el clavo—.
Después he pensado que, si el tiempo nos lo permite —comenta señalando el tono gris del cielo—, podemos dar un paseo y te invito a cenar en algún local de comida rápida.
Esos que todos conocemos y que claramente no son el sitio al que te llevaría si el día de hoy no estuviera vetado por tu parte.
—Me parece un buen plan —murmura ella.
—Y luego...
—Donde nos lleve la noche —termina diciendo ella, recordando las palabras de Azahara.
Él asiente con una sonrisa. Le parece perfecto. Adrián arranca el coche y la música empieza a sonar. Él canta con ganas Mi nena , de Walls, bajo la atenta y sorprendida mirada de Gabriela. Cuando la canción dice la palabra morena , Adrián aprovecha para mirarla y guiñarle un ojo.
Aunque él se lo pone difícil, consigue convencerlo para que compre solo un cubo de palomitas. Entran en la sala, buscan sus butacas y toman asiento. Disfrutan de la película y, cuando sus manos se rozan al coger palomitas, él la mira y le dedica una mueca, haciéndola reír.
—Si llego a saber que íbamos a llorar —comenta él caminando a su lado tras salir de la sala—, te hubiera invitado a, no sé..., un minigolf, por ejemplo.
—Ah, ¿que tú también has llorado? —pregunta ella secándose los ojos.
—Aunque no lo parezca, tengo corazón, ¿sabes?
Gabriela asiente con la cabeza y se mete las manos en los bolsillos. Él, aún pensando en lo que acaban de ver, continúa:
—Qué triste que la película termine así.
—A veces querer mucho no es suficiente. —Y viendo cómo la mira Adrián, añade—: No me mires así, solo soy realista.
—Y muy negativa —murmura él frunciendo el ceño—. Aunque sí que es cierto que en su caso la relación es un pelín tóxica.
—Sí, eso sí.
Adrián la mira esperando que continúe hablando, pero Gabriela se pierde en su mente, en los pensamientos que van y vienen en su cabeza. No se lo esperaba, pero la película le ha removido muchos sentimientos.
Siguen caminando hacia la calle y, cuando las puertas del cine se abren, se dan cuenta del mal tiempo que hace fuera. Adrián sale: empieza a chispear.
—¡Genial! —Mueve los brazos consiguiendo que ella vuelva en sí y lo mire.
—Está empezando a llover —comenta Gabriela.
—¡Exacto! —Sonríe—. Y no hay nada menos romántico que la combinación de frío, aire y lluvia.
Mirando al chico que tiene enfrente bajo las gotas de agua que empiezan a caer del cielo no puede hacer otra cosa que sonreír.
—Si estuviésemos en su época —señala, refiriéndose a la película—, ahora tendríamos que irnos juntos a caballo bajo la lluvia; eso sí que es romántico.
—Uf, qué cursilada. —Adrián pone una cara de asco exagerada—. Menos mal que tenemos coche, así ni nos tocamos.
Él, volviendo a sonreír, le tiende la mano para que baje los escalones y lo acompañe al coche. Una vez dentro, empieza a llover con fuerza. Adrián se apoya en el volante y echa un vistazo al cielo. No tiene pinta de que vaya a clarear pronto.
Gabriela lo mira, está claro que se le han truncado los planes. En otro momento de su vida sería la excusa perfecta para despedirse de él e irse, pero hoy no. Le apetece seguir junto a él, aunque llueva y truene.
—¿Quieres que vayamos a mi pi...?
—¿Y si vamos a mi casa? —la interrumpe.