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La semana siguiente transcurre con normalidad. Salvo por el hecho de que cada vez que Gabriela recibe un mensaje de Adrián se le instala una sonrisa en el rostro.
Ariadna ha empezado a trabajar en la cafetería de Luisa y Salma. De momento parece que todo va bien. Solo lleva un par de días, pero está contenta y Gabriela no ha recibido ningún mensaje de las dueñas. Cruza los dedos para que siga así.
Azahara termina de trabajar y se va directa a la sala de personal.
Allí se cambia de ropa, coge sus cosas y sale a hacerle compañía a su amiga en la recepción.
Como Gabriela tiene turno de tarde, aún no habían coincidido y, aunque se han mensajeado, hay cosas que siempre es mejor contarlas de viva voz.
—¿Has terminado por hoy?
—Así es, reina —afirma Azahara con una gran sonrisa.
—¿Y no te apetece irte a casa o...?
Mira la hora en móvil, son las 19.07.
—Estoy esperando a que vengan a buscarme —responde con alegría.
—E intuyo que quien viene a buscarte es Keira, ¿no?
—Intuyes bien.
Gabriela sabe que lo que tienen las dos chicas sigue adelante. En esos días se ha mensajeado con las dos y ambas parecen contentas al respecto.
—¿Y qué tal va lo vuestro?
—Muy bien. Disfrutamos mucho cuando estamos juntas —dice—. Hacemos muchos planes y, sobre todo, es divertido.
—Eso es lo más importante —afirma Gabriela mientras comprueba que ha llegado un e-mail al ordenador de la clínica.
—De hecho, para San Valentín hemos quedado en que primero iremos a jugar a los bolos —le explica Azahara—, después cenaremos en un sushi bar, y luego ya... donde nos lleve la noche.
Gabriela asiente con la cabeza sin despegar la vista del ordenador. Se fija en el correo que ha llegado y no es más que un mensaje informativo sobre unos medicamentos que han de llegar.
—Lo que Keira no ha hecho aún es quedarse a dormir en casa.
Al decir eso, Azahara consigue lo que quería. Gabriela la mira y ve una pícara sonrisa en ella. A Azahara le encanta eso.
—Ya te conté que vino a casa —mueve la cabeza asintiendo—, me trajo cosas que me gustaban, que supongo que le chivaste tú, se quedó a ver una peli conmigo.
.., y a dormir. —Solo con ver el brillo de los ojos de Gabriela, Azahara sonríe.
Ya era hora de que su amiga se permitiese vivir algo así—.
Pero, Aza, no es lo mismo contártelo que vivirlo —añade—. Fue tan...
—¿Romántico? —sugiere ella—. ¿Bonito? ¿Excitante? ¿Inesperado?
—Todo eso.
Azahara le pone una mano en el muslo y se miran.
—Gabriela, es la primera vez que te veo así, y déjame decirte que me encanta. Aún no me habías dejado conocer esta faceta tuya.
—¿Qué faceta?
—La Gabriela enamorada.
Rápidamente, Gabi se echa hacia atrás en la silla.
—Aza, no estoy enamorada.
—¿Segura?
—Muy segura —afirma con rotundidad—. Tan solo estoy dejándome llevar por las cosas que me dijiste cuando me animabas a que fuese a cenar con él.
Azahara entiende que se ponga a la defensiva. No es alguien que deje entrar a cualquiera en su vida. Ella lo sabe mejor que nadie. Pero anhelaba que se diese la oportunidad de disfrutar sin preocuparse todo el rato por el futuro.
—Bueno, sea como sea, me alegra que te gustase la visita de Adrián —reconduce la conversación—. He de confesar que, cuando se le ocurrió, le dije que podía acabar de dos maneras: podía ir bien, o que directamente le cerrases la puerta en las narices.
—Pero, tía, ¡cómo le dices eso! —exclama la morena.
—¿Y qué querías? ¿Que le mintiera? —pregunta divertida Azahara—. Conociéndoos a ti y a tu carácter, podía pasar de todo. Solo quise que lo tuviese en mente.
Las chicas se callan al ver que una pareja sale de la consulta. La veterinaria se acerca a decirle algo y Gabriela les cobra las vacunas que le han puesto al perro que va con ellos. Luego se van dejando a las dos chicas a solas de nuevo.
—De verdad, cualquiera que te oiga va a pensar que soy un ogro —murmura Gabriela.
—Es que a veces...
Pero Azahara no necesita terminar la frase para que las dos se rían. Saben que no es cierto: Gabriela tiene carácter, pero no es un ogro ni nada parecido. Solo una chica que tiene las cosas claras. O que las tenía...
—Bueno, ¿y tú...? —Se calla un instante al darse cuenta de que no puede referirse a él como su novio, Gabriela pondría el grito en el cielo—. ¿Adrián y tú tenéis planes para San Valentín?
—Qué dices, tía —murmura Gabi echando un vistazo a la agenda del día siguiente—.
Me ha preguntado si nos vemos el sábado y le he dicho que vale, pero que da igual que coincida con San Valentín.
Simplemente, quiero que hagamos un plan normal, sin que esté relacionado con el romanticismo ni el consumismo de ese día.
Un coche se detiene junto a la clínica y Keira mira por la ventanilla. Se fija en la cristalera y ve a Azahara y a Gabriela charlando. Coge el móvil para escribirle.
—Me parece bien —asiente Azahara al escucharla—. Las prisas no son buenas.
El pitido de su móvil la hace mirar hacia fuera: Keira la espera. Gabriela la imita y la rubia y ella se saludan con la mano.
—¡Me voy! —exclama poniéndose en pie de un salto.
—Hablando de prisas... —bromea la recepcionista.
Azahara le da un veloz abrazo y sale sin mirar atrás. Keira y su amiga comparten una última sonrisa antes de que Azahara se suba al coche, le dé un beso en los labios a la rubia y se vayan.