47
Adrián es el primero en despertarse. Anoche le costó mucho quedarse dormido. Aunque no lo mostrara, dormir junto a Gabriela le puso nervioso. No podía creer que al final se hubiera quedado a dormir en su casa. No era para nada como se había imaginado su noche de viernes.
Sale de la cama y de la habitación con cuidado. Nada más llegar a la planta baja, Trasto llega corriendo a darle los buenos días. Se agacha y lo acaricia con ganas. Echa un rápido vistazo a su alrededor y, a simple vista, no ha roto nada.
El chico llega a la cocina dispuesto a preparar el desayuno. Abre la nevera y ve un poco de todo. Entonces le asalta una duda: ¿prefiere dulce o salado? Mira también los armarios de la cocina, pero no encuentra una respuesta convincente.
Un ruido lo hace girarse. Busca a Trasto y lo ve junto al sofá. Lo llama y, cuando el perro se mueve, se lleva las manos a la cabeza: «¿Qué ha hecho?». Apurado, se acerca a toda prisa al sofá: su querido perro ha dedicado parte de la noche a morder y babear una de las esquinas.
—Te voy a matar —murmura mirándolo.
Trasto lo mira feliz, como si nada hubiera pasado. Adrián se lamenta: conociendo a su perro, sabía que era demasiado raro que se hubiera portado tan bien.
«¿Cómo se lo voy a decir a Gabriela?», se dice, pero, sin tiempo para pensar nada, la escucha bajar las escaleras. Corre a su encuentro. Ella, al verlo, sonríe, y él, interceptándola, la hace girar sobre sí misma para que solo pueda mirarlo a él.
—¡Buenos días! —exclama sorprendida ante su entusiasmo.
—Buenos días —la saluda, agobiado por lo que le tiene que decir—. ¿Qué tal te encuentras hoy?
—Ya estoy perfecta.
Adrián, que la tiene sujeta por los hombros, se acerca a ella para abrazarla. Sin entender del todo su actitud tan efusiva, ella le da unas palmaditas en la espalda. Al separarse, pregunta curiosa:
—Y tú ¿te encuentras bien?
—Sí, claro —responde tragando saliva—. Pero tengo que contarte una cosa.
—Vale. Ya sabía yo que te pasaba algo. ¡Cuenta!
Pero cuando va a echar a andar, él la frena en seco.
—Verás, es que ha pasado algo y, bueno..., no sé cómo contártelo...
—Adrián, me estás asustando —murmura, mirando a su alrededor. Él le sujeta la cara para que se centre en él.
—No, no te asustes, Gabi —balbucea.
—Cada vez me asustas más, que lo sepas.
—Al final las cosas materiales se pueden reparar, e incluso reemplazar.
Eso y el nerviosismo de él hacen que salten todas las alarmas de la morena, que le clava la mirada y, cruzándose de brazos, pregunta:
—¿Qué has hecho?
—No, yo no. En realidad, ha sido Trasto... —se excusa—. No sé cómo decírtelo porque imagino que todo aquí tiene mucho valor sentimental, pero...
Gabi se zafa de Adrián y empieza a caminar por el piso en busca de algo roto.
El balbuceo de él la está poniendo de los nervios.
Adrián la sigue sin saber qué decir. Ella se fija en el piano, está intacto.
El tocadiscos igual. La estantería de vinilos y películas sigue tal y como la dejó anoche.
Entonces, ve el sofá y da con el problema.
Parece ser que una de las esquinas ha sido víctima de Trasto.
A Adrián el corazón le late cada vez más rápido ante el silencio de ella. Esto era lo último que se esperaba que ocurriera.
—Lo siento, Gabriela, fue un error traerme a Trasto —empieza a decir de carrerilla—. No dudes de que iré contigo a un tapicero, o a una tienda de muebles para que elijas un sofá nuevo. Correré con todos los gastos, el transporte, el...
—No pasa nada.
La mira con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo que no pasa nada?
—Pues eso, Adrián, que no pasa nada. —Se da media vuelta y ve su cara de circunstancias. Así que termina por decir—: Tenía en mente comprarme uno nuevo.
El chico, a quien le sudan las manos y siente la garganta seca, dice con un hilo de voz:
—¿Lo dices en serio?
—¡Claro! —exclama quitándole hierro al asunto—. Uno de mis propósitos para este año era cambiarlo. Este ya tiene demasiados años.
Después de unos minutos de sufrimiento, Adrián vuelve a respirar tranquilo. No puede creer la suerte que han tenido Trasto y él. En su mente ya se habían creado mil escenarios distintos y en todos ellos acababa con Gabriela echándole de su casa y de su vida para siempre.
—No sé qué ha sido más gracioso —dice ella con guasa—, si que no pudieras hablar por lo nervioso que estabas o el hecho de que me lo hayas contado únicamente vestido con mi camiseta rosa y en calzoncillos.
Adrián mira hacia abajo y se percata de su indumentaria. Además de no ser nada sexi, en esa situación es cuanto menos humillante. Gabriela se ríe a carcajadas y él también se ríe. Es justo lo que necesitaba para destensarse.
Camina detrás de ella hasta la cocina. Gabriela saca unas cápsulas de café y le ofrece una. Él asiente con la cabeza.
—Oye, Gabi, ¿prefieres desayunar algo dulce o eres más de salado?
Por fin hace la pregunta que lo estaba atormentando justo antes del desastre.
—Dulce siempre.
Preparan algo de desayunar y lo degustan sentados a la mesa de comedor. Hablan de anoche, de películas...
—¿Cuáles son tu confort movies? —le pregunta ella.
—¿A qué te refieres? —murmura y le da un trago a su café.
—Esas películas a las que acudes cuando te encuentras mal, has tenido un mal día, no te apetece ver nada nuevo...
Adrián se toma un momento para pensar la respuesta.
— Piratas del Caribe , por supuesto —responde—. Y también las películas de Rocky, Scooby Doo, High School Musical ...
—¿Has dicho High School Musical?
—Sí —afirma, y viendo la sorpresa en su rostro, continúa—: ¿Qué pasa? ¿No me pega?
—Para nada.
Él se ríe.
—Cuando era pequeño, mi primo Miguel estaba obsesionado con esas películas y a Keira y a mí nos hizo verlas miles de veces. Ahora, cuando veo cualquiera de ellas, me dan paz porque me recuerdan a esa época.
La chica lo mira boquiabierta, solo cierra la boca para darle un mordisco a una de las galletas que él llevó el día anterior.
—¿Qué? No te lo esperabas, ¿eh? —Ella niega con la cabeza—. Me sé todas las canciones, más te vale no ponerme a prueba.
—No se me ocurriría —le sigue la broma.
—También había una que veía muchísimo de pequeño, tanto que la tenía en DVD, pero se terminó rompiendo.
—Gabriela lo mira con atención—. Creo que era una de un robot azul y una ciudad.
.. No sé, no me acuerdo. Ya te diré cuál es.
¿Y las tuyas? —le pregunta justo antes de darle un mordisco a una de las galletas con trocitos de chocolate blanco.
Ella, que está de espaldas a la estantería de su tío, se gira para mirarla.
—Muchas de las que ves ahí —señala—. Desde Notting Hill hasta Madagascar 1 , Princesa por sorpresa , Step Up ...
—O sea, princesita, que eres toda una romántica...
—Nunca he dicho lo contrario.
Adrián y Gabriela acaban de desayunar y recogen las cosas. Él sube a vestirse mientras ella juguetea con Trasto un rato. Al bajar, engancha al perro a la correa, tiene que sacarlo a que haga sus necesidades antes de que siga liándola.
—A pesar de haberte roto el sofá —bromea Adrián tras ponerse el abrigo—, ha sido todo un placer pasar la noche contigo.
—Espera, Adri, toma.
Al ver que le tiende los DVD de las películas que no vieron, responde:
—Quédatelos, así me los das el próximo día que nos veamos.
Gabriela no puede evitar que se le escape una sonrisa al ver la picardía con la que ha dicho eso. Adrián abre la puerta para salir, pero algo lo frena. Gabriela lo ha cogido del brazo y lo hace girar. Sin pensárselo demasiado, le coge la cara y lo besa, lentamente.
Él, ante todo sorprendido, se deja llevar y posa la mano en la cintura de Gabi. Le alegra que haya decidido dar el paso. Tras unos segundos, se separan y se miran, él con una gran sonrisa; ella pensando en que ese chico le encanta y no sabe aún si puede permitírselo.
Adrián se despide y, antes de meterse en el ascensor, cruza una última mirada con ella y le lanza un beso.