Un beso al aire 46
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Lo que menos quiere hacer ahora es irse, pero entiende que ante todo ha de respetar los tiempos de Gabriela.

Al menos ha conseguido lo que quería. Ha podido verla, darle lo que ha comprado gracias a la ayuda de Azahara y, lo más importante, pasar un rato con ella, aunque solo hayan sido cinco minutos.

Mientras espera al ascensor, siente la mirada de Trasto. El perro lo observa con atención.

—Trasto, ¿tú crees que ha ido bien? —murmura. El perro, moviendo la cabeza de manera exagerada, estornuda—. Me lo tomaré como un sí.

De pronto suena una voz a su espalda.

—Chicos, ¿tenéis algo que hacer ahora?

No duda en darse la vuelta y, con una pícara sonrisa, responde:

—Ver una película contigo.

Gabriela abre la puerta de par en par para que vuelvan a entrar en su casa. Adrián, ahora sí, se quita la mochila y el abrigo para dejarlos apoyados en el respaldo de una de las sillas.

Abre la caja azul y saca un paquete de palomitas para meterlo en el microondas. Gabriela sirve un par de refrescos y, percatándose de que él mira a su alrededor en busca de algo, abre un armario y saca un cuenco. Al ofrecérselo sonríe, es justo lo que estaba buscando para poder echar las palomitas.

—Por cierto, Gabi —llama su atención—, no os he presentado oficialmente, pero este es Trasto.

—Me lo había imaginado.

La chica se agacha para acariciar al perrillo, que la mira con sus redondos ojos bien abiertos.

—Que no te engañen esos ojitos —puntualiza Adrián—, como te descuides se convierte en un salvaje. Todo lo muerde. Todo lo rompe.

—¿En serio?

—¡Y tanto! —exclama con gracia—. Pregúntale a mis padres cuántas veces han tenido que comprar un mando de la tele nuevo.

Ese comentario hace reír a Gabriela, que se incorpora.

Durante un par de minutos se mueven por el espacio como si lo hicieran a menudo.

Mientras Adrián se encarga de las palomitas, Gabriela coge las películas y mete una de ellas en el reproductor conectado a la televisión.

Ha elegido Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra .

Igual que él ha querido entrar en su mundo, ahora es ella la que quiere entrar en el suyo.

Al volver al sofá, lo ve mirándose en la puerta del microondas para recolocarse el despeinado pelo y tocarse la barbilla.

—Adrián. —Él se vuelve y la mira—. ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres hacer un viernes por la tarde?

—Por supuesto —responde de inmediato—. Era ir al gimnasio o venir a verte, y no había ninguna duda.

—Pero si casi ni me conoces...

Él asiente, Gabriela tiene razón. Prácticamente no sabe nada de ella, pero se muere por averiguarlo todo.

—Bueno, ya te conozco un poco —murmura moviéndose por la cocina—.

Tienes veinticinco años, como mi prima, y vives sola, aunque ahora está tu hermana contigo.

Este piso era de tu tío Juanjo. A él le gustaban la música y las películas, y quiero creer que a ti también.

—La ve asentir—. Te gustan las galletas con pepitas de chocolate con leche, ver películas con palomitas recién hechas, el helado de pistacho y ponerte la capucha cuando sientes que necesitas un abrazo.

Gabriela lo mira incrédula. Está tan sorprendida que no sabe ni qué decir. Incluso se siente mal porque ella no sabe tantas cosas de él. Adrián sonríe victorioso.

—Aunque ahora que lo dices, me acaba de asaltar una duda.

—¿Cuál?

—Yo soy Adrián Castillo Manzur, pero tú, aunque podría haberlo mirado en el buzón de abajo, no sé cómo te apellidas.

—Gabriela Suárez Murillo.

El pitido del microondas hace que él se dé media vuelta para sacar la bolsa y vaciarla en el cuenco que le ha dado hace un momento. Lo coge y camina hacia ella.

—Castillo Suárez... —susurra—. Suenan bien juntos.

Gabriela se echa ligeramente hacia un lado para que se siente junto a ella. Trasto no duda en adelantarlo y subirse al sofá de un salto.

—¡Trasto, baja de ahí! —le llama la atención su dueño.

—Tranquilo, Adri, no importa —sale Gabriela en su defensa—. Y mucho menos hoy, que está recién pasado por la pelu.

Adrián se acerca y toma asiento junto a ella, pero dejando algo de espacio entre sus cuerpos.

No quiere que se sienta invadida ni obligada a nada.

Gabriela se percata, le quita el cuenco de las manos y se acerca para que sus cuerpos se toquen ligeramente.

Coloca las palomitas entre ambos. Él sonríe, se alegra de que lo haya hecho.

Empieza la película y ambos disfrutan viéndola.

En ciertos momentos no pueden evitar mirarse de reojo.

Cuando el cuenco está vacío, Gabriela se echa hacia delante para dejarlo sobre la mesa.

Al mirar hacia atrás para colocarse donde estaba, se da cuenta de que él, en lugar mirar la pantalla, la mira a ella y le dedica una preciosa sonrisa.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Desde que ha llegado a su casa, Gabriela no deja de darle vueltas.

—Las que quieras.

—¿Por qué le has preguntado a Azahara por mí?

—Porque me importas.

Al mirar esos brillantes ojos marrones, Gabriela siente que se deshace por dentro.

Él, sin dejar de mirarla tampoco, extiende el brazo a lo largo del sofá.

Prácticamente de manera instintiva, ella se echa hacia atrás y se acomoda pegando su cuerpo al de él.

Se quita la capucha y apoya la cabeza en su hombro.

Él tarda un segundo en asimilar lo que Gabriela acaba de hacer y la abraza.

—Muchas gracias por venir —dice ella entre susurros.

—Muchas gracias por dejarme.

Disfrutan de lo que les queda de película. Nada más terminar, Gabriela se despereza apartándose de él.

—¿Te has quedado dormida? —Ríe él.

—¡Qué va! —exclama con orgullo—. De hecho, me ha gustado mucho la película.

—Me alegro, lo bueno es que aún tienes otras dos para ver.

Gabriela se levanta y lo mira. Lo ve bostezar y estirarse en el sofá. También se fija en que Trasto está totalmente dormido. Es tarde. Un pensamiento fugaz cruza su mente y, casi sin querer, lo deja salir.

—¿Quieres quedarte a dormir?

Él se queda parado. ¿Ha oído bien?

—¿Que si quiero quedarme a dormir?

—Es justo lo que he dicho.

—Perdona, es que no estoy acostumbrado a que me pregunten eso —bromea.

—Eres de lo que no hay.

Riendo, va a la cocina a dejar el cuenco de palomitas vacío en el fregadero. Él no deja de mirarla ni un momento. Gabriela intuye que está sonriendo. Sabe que la pregunta lo ha pillado desprevenido. Hasta a ella misma la ha sorprendido.

—Vale —oye a su espalda.

—Pero solo a dormir —recalca.

—A ver... si lo dices así, menuda decepción, ¿no?

—Adri, no empieces —lo avisa dándose la vuelta.

Él, que se ha puesto de pie, se echa a reír y camina hacia ella ofreciéndole la mano.

Ella se la da y suben juntos al dormitorio.

Una vez allí, Gabriela se quita la sudadera para meterse en la cama.

Él también se desviste, no va a dormir con los vaqueros y la sudadera puestos.

Al verlo, ella se mueve para buscar en el cajón de su cómoda.

Se gira y se lo encuentra en calzoncillos. Él la mira y murmura de manera atropellada:

—¿Duermo aquí contigo o prefieres que me vaya al sofá? Por mí no hay problema si prefieres que...

Lo calla lanzándole una camiseta rosa que él se pone sin preguntar. A ella le queda ligeramente grande, mientras que a él le queda notablemente pegada al cuerpo.

—El rosa te favorece.

—A mí todo me queda bien —suelta dejando salir su parte más chulesca.

La chica suelta una carcajada. Adrián tiene salidas para todo.

—Podemos dormir juntos, pero con una condición.

—Lo que tú digas.

—Que no te enamores de mí.

Ahora el que se ríe es él.

—Haré todo lo posible por que eso no pase —responde mordiéndose el labio. Y, al verla sonreír y sin poder dejar su lado pícaro a un lado, añade—: Gabriela, ten cuidado, no te vayas a enamorar tú de mí.

Ella no puede evitar reír cuando ve que él se señala a sí mismo en calzoncillos y con su camiseta rosa y ajustada.