Un beso al aire 45
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En el sofá, donde lleva tumbada desde que terminó de comer, Gabriela se ha quedado dormida viendo una serie en Netflix. Hoy no tiene fuerzas para mucho más.

Cuando esta mañana sonó el despertador, se levantó y se mareó.

Fue algo ligero, por lo que, como ya ha aprendido de otras ocasiones, se sentó de nuevo en la cama.

Al momento sintió una fatiga desproporcionada, como si hubiera acabado en ese mismo momento de correr una maratón.

Se quedó ahí sentada un rato intentando respirar hondo y que el cuerpo se le asentara, como otras veces.

—Vaya... Hoy es uno de esos días —murmuró tras darse un rato y ver que la cosa no mejoraba.

Cogió el móvil para llamar a su jefe y explicarle lo que pasaba.

Jacobo, que ya conoce sus circunstancias, le dijo que no se preocupase, que Massimo la cubriría.

También escribió a Azahara: tenía claro que cuando llegase a trabajar y no la viese allí, la llamaría asustada.

Hecho esto, volvió a meterse en la cama y, tras unos minutos, consiguió quedarse dormida de nuevo.

Se ha tomado el día con calma, sin hacer grandes esfuerzos.

Ariadna, al verla en casa, le ha preguntado qué le pasaba y ella le ha contado que no se encontraba muy bien, que seguramente estaría incubando algo.

Su hermana la ha ayudado a hacer la comida y, mientras ella ha subido a dormir la siesta porque esta noche había planeado salir, Gabriela ha preferido no volver a encerrarse en su habitación y quedarse en el sofá.

Sobre las nueve de la noche, Ariadna baja por la escalera. Por cómo va vestida no hay duda de que se va de fiesta. Tras volver a pedirle por favor que le preste algo de dinero, se pone el abrigo para irse.

—¿Te encuentras mejor?

—Sí, no te preocupes —responde al ver cierta duda en su rostro.

—Vale, seguramente no venga a dormir —le explica Ariadna—, pero si te encuentras mal o necesitas algo, llámame.

Gabriela asiente con gesto amable. Su hermana se despide moviendo la mano y cierra la puerta.

Ella respira hondo y decide levantarse por fin del sofá.

Va al baño y, tras ponerse una sudadera y esconderse bajo la capucha, baja y se acerca a echar un ojo a la estantería de los DVD y los vinilos.

No tiene hambre, por lo que ojea las carátulas de las películas para elegir la que más le apetezca ver.

En días en los que no se encuentra bien, suele tirar de las que le gustan y transmiten tranquilidad. Son su lugar seguro.

No le ha dado tiempo a pasar de estante cuando unos nudillos golpean la puerta. Como no espera a nadie, imagina que debe de ser Ariadna. Abre la puerta resoplando.

—¿Ya te has dejado las llaves?

Pero cierra la boca de inmediato. Ahí está él, con su bonita sonrisa y un perro a su lado. Tiene que parpadear un par de veces para creer lo que está viendo.

—Adrián... ¿Qué haces aquí?

—Vengo a ver qué tal estás —afirma—. Y a traerte provisiones.

—¿Quién te lo ha...?

Se calla a mitad de frase, sabe quién se lo ha dicho: Azahara, pues recuerda que tenía cita en la peluquería esa mañana. Gabriela se echa a un lado y él no duda en entrar e ir directo a la cocina.

—Antes de que te enfades con Azahara —dice como si acabase de leerle la mente—, he sido yo quien le ha preguntado por ti.

—Estoy bien, no es nada —murmura cerrando la puerta.

Absolutamente desubicada por su visita, se acerca a él con cuidado de no pisar al perro y se fija en cómo posa la mochila sobre la encimera.

—De verdad que estoy bien —repite, poniendo su mano sobre la de él antes de que abra la cremallera de la mochila.

—Gabriela —dice su nombre mirándola directamente a los ojos—, llevas la capucha puesta dentro de casa.

—¿Y qué pasa? —se defiende, cruzándose de brazos—. Cuando estoy... así, hace que me sienta abrazada.

Él hace una mueca. Si por él fuera, lo haría ahora mismo: la rodearía con sus brazos y la atraería hacia su cuerpo sin dudarlo.

Gabriela se siente atravesada por su mirada y aparta la vista.

—¿Está tu hermana en casa?

—No, Ari ha salido con amigos —le explica—. De hecho, seguramente no venga a dormir.

Adrián asiente y empieza a sacar cosas de la mochila. Ella las mira con curiosidad.

—Te he traído palomitas —dice sacando una caja azul— porque, con esa estantería repleta de películas, intuyo que eres de las que se hace un gran bol para sentarse en el sofá a verlas.

—La chica asiente sorprendida, él la conoce mejor de lo que creía.

No recuerda haber mencionado eso en aquella cena—.

También he comprado helado de pistacho. Toma, deberías meterlo en el congelador.

—Gabriela lo coge y obedece sin entender nada.

¿Cuándo le ha dicho específicamente que le gusta el de pistacho?

—. Como no sé el que te gusta y había dos por uno en el súper —comenta sacando dos paquetes—, he pillado galletas de pepitas de chocolate con leche y de chocolate blanco.

—Adrián, de verdad, no hacía falta que vinieras ni que trajeras...

—Te dije que la próxima vez invitaba yo —responde bromeando.

Ella no puede evitar reírse. Está claro que no habrá manera de hacerle cambiar de opinión.

—Soy más de chocolate con leche... —murmura.

—Perfecto, entonces las de choco blanco para mí.

Gabriela coge el paquete de galletas que él le pone en las manos y ve cómo vuelve a guardar las otras en la mochila.

—Y, por último, pero no menos importante, he traído tres películas.

—¿Perdona?

—Sí, no tenía claro qué género te apetecería ver, así que he buscado un poco de todo —le explica sacando la primera—. Por aquí tenemos Tres metros sobre el cielo .

Al ver la carátula Gabriela se echa a reír. Adrián no ha olvidado el día en el que ella comparó su carácter con la actitud chulesca del protagonista.

—He tenido que llamar a mi primo Miguel para pedírsela. —Sonríe—. Pero, tranquila, que no le he dicho nada de lo nuestro, sino que me la había pedido un colega. Aunque ya he comprobado que tú sí que le has contado algo a Azahara...

—Sí, bueno, lo siento... —balbucea—. Es que necesitaba hablarlo con alguien y ella es...

—Tranquila, Trasto también me ha oído hablar de ti —bromea él señalando al perro.

Ambos lo miran. Se ha tumbado a los pies de Adrián, que saca otra película de la mochila.

A Gabriela un escalofrío le recorre el cuerpo: acaba de darse cuenta de que él es de esos chicos que se fija en los detalles.

Que se acuerdan de las cosas. Que ha pensado en ella y se ha molestado en traer DVD, algo que puede interpretar como un nuevo intento por su parte de entrar en su mundo.

—Luego le he pedido Del revés a mis tíos. Recuerdo que me gustó mucho cuando la vi con Laila y Naim.

—Es preciosa.

—Mucho —responde con gesto amable—. Como tercera opción te he traído una de mis películas favoritas, de pequeño estuve totalmente obsesionado con ella.

La saca y se la enseña:

— Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra . —Gabriela lee el título en voz alta.

—Peliculón —afirma Adrián.

—Si tú lo dices...

Esas cuatro palabras hacen que la mire sin poder dar crédito.

—¿No la has visto? —Ella niega con la cabeza—. ¿Ninguna de ellas?

—Ah, ¿que son muchas?

—De momento solo cinco —comenta, moviendo el DVD que tiene en las manos.

—¿Te parecen pocas? —Él ríe al ver su gesto.

—Me encantan estas películas y por mí cuantas más allá, ¡mejor! —admite—. Aunque si tengo que elegir, me quedo con la primera, por supuesto.

Ella lo observa mientras habla.

—¿Eres de los que piensa que segundas partes nunca fueron buenas?

—¡Qué va! —niega frunciendo el ceño—. Aunque es como todo, hay segundas partes buenas... y malas. Si hablamos de esta saga en concreto, no hay ni una mala.

Gabriela y Adrián se miran directamente a los ojos.

Parece que el tiempo se congela a su alrededor.

Solo están ellos y Trasto dormido a sus pies.

Ella piensa en el gran detalle que ha tenido.

No solo se ha presentado en su casa para ver cómo está, sino que se ha interesado lo suficiente por ella como para llevarle cosas que le gustan y que se sienta mejor.

Le viene a la mente algo que solía decirle su tío: «Solo las personas que se preocupan por ti pueden escucharte cuando estás callada». Y eso es justo lo que ha hecho Adrián.

Él está perdido en los ojos marrones de Gabriela. En cómo ha entrado de lleno en su vida y no sabe qué hacer para poder entrar en la de ella. Pero tiene clara una cosa, y es que no piensa dejar de intentarlo.

Adrián interrumpe la conexión, cierra la mochila y se la cuelga al hombro. Trasto, al notar que se mueve, lo sigue al final de la correa. Gabriela lo ve moverse por su piso con sorprendente naturalidad. Lo sigue a la puerta, es él quien la abre.

—Bueno, como ya hemos comprobado que estás viva, nos vamos —bromea, incluyendo al perro, aunque la verdad es que le encantaría quedarse—. Así te dejamos tranquila para que descanses y repongas energía.

—Sí, claro..., muchas gracias —murmura ella.

Le dedica una última sonrisa y Adrián, dándose media vuelta, camina hacia el ascensor. Gabriela lo mira desde la puerta preguntándose: «¿Quiero que se quede?».